El 27 de febrero de 1989 sucedió en Venezuela una obra en dos actos

El primero de ellos, protagonizado por un pueblo en su conjunto, que espontáneamente explotó harto, en una demostración-reacción del desespero al cual el arrinconamiento abusivo lo había llevado. Tanto fue una reacción, que no hubo una planificación ni protagonistas. Los acontecimientos se fueron desarrollando al paso que se presentaban las circunstancias.

Comenzaron como una protesta local por el aumento del pasaje y culminaron como una toma de justicia social, en contra de esa clase pudiente, dominante que se burlaba y abusaba descaradamente de ese pueblo depauperado.

Después de lo que se denominó el “viernes negro”, que también fue en el mes de febrero, pero del año 1983, el país cayó en un desastre económico, que lo condujo inexorablemente, al empobrecimiento brutal de la gran mayoría del pueblo.

Esta terrible situación económica, estuvo “orlada” por un deterioro moral sorprendente. Se impusieron los contravalores. Descaradamente, la amante del Presidente de la República, mientras este se ahogaba en sus depresiones etílicas, mandaba y cometía todos los desafueros que se le ocurrían. La familia presidencial, siempre modelo a seguir, se había desintegrado de hecho ante todos nosotros, con una esposa oficial de adorno y la amante que realmente ejecutaba, con la consecuencia colectiva que eso producía.

Fuimos cayendo en una anomia, en una desidia en la cual el pueblo sobrevivía ensimismado con una abulia pasmosa, mientras, la dirigencia estaba desatada en su desenfreno. A tal grado llegó la sinvergüenzura, que Gonzalo Barrios un viejo político, a quien habían convertido en un ícono referencial los medios de comunicación, llegó a decir: “que en Venezuela no había motivos por los cuales no robar…”.

Aquí no políticamente, había ni derecha ni izquierda, cohabitaban alcahuetes y compinches de un lado y de otro, en las vagabunderías en contra del colectivo.

Llegado el año 88, en medio de este desastre, surge la candidatura de Carlos Andrés Pérez, quien ya había sido Presidente de la República en una oportunidad, y había salido de la misma, con una serie de investigaciones que fueron manipuladas para salvarlo, de su responsabilidad en hechos de corrupción administrativa.

Con su innegable carisma, logró captar la atención de un pueblo desesperanzado quien votó por él, esperando la repetición de la bonanza de su primer mandato.

Decía la conseja popular “los adecos roban y dejan robar”. Así, sobre la esperanza de “resolverse”, el pueblo volvió a elegir inexplicablemente Presidente de la República a Carlos Andrés Pérez.

He ahí la gran diferencia con el Comandante Chávez, quien despertó la esperanza en un pueblo desconsolado, que respiraba pero no vivía, y no lo ha defraudado. Ese es el origen de ese amor entre ambos.

Carlos Andrés Pérez, inicia su mandato con un acto que más pareció una coronación que una toma de posesión de un presidente democrático, de un país en las condiciones en que éste se hallaba.

Contradictoriamente, ésta primera bofetada a esa realidad del pueblo, al mismo tiempo representaba y alimentaba esa expectativa, de que sí repetiría otro gobierno botarate y desordenado donde poder “resolverse” como se esperaba.

Pocos días duró el entusiasmo y se cayó la farsa. El pueblo obnubilado y lleno de una esperanza materialista y vacía, pero esperanza al fin, fue despertado brutalmente, con el anuncio de un conjunto de medidas económicas de características neoliberales, que desenmascararon la realidad de lo que sería el gobierno de Carlos Andrés Pérez II.

Aplicando las recetas dictadas por el Fondo Monetario Internacional, se decretaron ajustes, que imponían y sometían de una manera criminal a un pueblo cuyo cinturón, no podía apretarse ya más.

De inmediato comenzaron los aumentos de la gasolina, los pasajes, alimentos, los servicios públicos, es decir, todo. Nuevamente, el más débil, no solo era la víctima de estos chacales, sino y peor aún, era burlado en su fe.

Es así como se inician las protestas del 27 de febrero de 1989. Se fue generando una espiral de violencia callejera, de un colectivo hastiado de tanto abuso. Comienzan saqueando abastos, bodegas, panaderías, supermercados, en todos los sitios donde tenían la comida y los bienes de primera necesidad, acaparados, esperando el aumento para remarcarlos e incrementar delincuencialmente, las ganancias a costillas de los de siempre. Algo como lo que se intentó hace pocos días, solo que ahora sí hay un Presidente a quien le duele su pueblo.

A los acontecimientos, se les permitió tomar cuerpo. No hubo una real actuación oficial ni el 27 ni la mañana del 28. La policía organizaba los saqueos.

Carlos Andrés Pérez, se encontraba en la ciudad de Barquisimeto capital del Estado centro-occidental de Lara.

¿Por qué no se detuvieron a tiempo las protestas? ¿Cuál era el siniestro plan que se tenía? No lo sabemos, pero evidentemente hubo un real vacío de poder durante el 27 y las primeras horas del 28.

Ya este último día, los ánimos sencillamente se habían desatado y no había manera de contenerlos.

Ese pueblo humillado, había comenzado no sólo a saciar su hambre orgánica, sino que intentaba equilibrar la desigualdad social acortando la inmensa brecha que había entre los que tenían y los que no. Esas cosas con las que lo bombardeaban todo el día los medios publicitarios y que le eran inalcanzables, sencillamente lo tomó. Satisfacían las necesidades creadas por el consumismo desaforado.

Ellos mismos habían creado un monstruo, que hoy se los estaba comiendo.

Innegablemente hubo aprovechamiento de algunos delincuentes, en todo este desorden callejero, pero fue un movimiento de total espontaneidad. Casi de inocencia.

Esto es tan cierto, que cuando bajaron los niveles de euforia y se decretó el toque de queda, hubo muchos muertos porque no entendían lo que eso significaba, ni qué era lo que estaba sucediendo. Fue como la reacción de un niño malcriado, que hace un berrinche y que luego se queda como que no sucedió nada.

Todo fue una explosión de adrenalina, de rabia acumulada, pero que cuando “pasó”, este bendito pueblo, volvió a su normalidad. Volvió a ser el bromista, el dicharachero de siempre y se encontró que había comenzado el segundo acto de esta opereta de muerte.

En esta segunda parte, sería igualmente protagonista, pero de una manera trágica.

En este momento entra en acción el aparato represivo-asesino de un Estado criminal.

Se suspenden las garantías constitucionales y se decreta el toque de queda. El país quedó bajo Ley y mando Militar. Se generaron órdenes de disparar vilmente contra el pueblo.

Durante los desordenes, se produjeron muchos heridos de cortaduras por las vidrieras rotas o por cualquiera otra circunstancia propia de la situación. Se habrá generado uno que otro muerto, quizás hasta producto de alguna individualidad.

Pero la “masacre”, el “genocidio” se ordenó una vez que ya habían finalizado los saqueos y desordenes, mismos que ellos no habían impedido. Es decir, se permitió que los ánimos se exacerbaran y una vez que ya había vuelto la calma, tomaron posición las hienas carroñeras. Aun hoy día se desconoce la cifra exacta de muertos. Insisto, los muertos se produjeron ya finalizados los saqueros. Fue la toma militar, en una situación de guerra unilateral, la que asesinó al pueblo venezolano.

Se ordenó disparar con armas y hasta tanques de guerra, contra un pueblo física y moralmente desarmado.

Ese era el escarmiento por haber reclamado. Ese era el castigo por la protesta.

Es imaginable la rabia de las clases políticas y económicas, al ver cómo estos miserables, estos marginales, le hacían esto.

¿Por qué protestaban? ¿Por qué robaban, si ellos saciaban todas las pequeñas necesidades de ese pueblo malagradecido?

Era necesario darnos una lección que no olvidáramos.

Y no se nos olvidó. Y aunque ninguno de los asesinos ha pagado; no se nos ha olvidado.

Quisiera que alguien me respondiera ¿cuál es la diferencia entre Carlos Andrés Pérez y Husseim, quien fuera ahorcado por la masacre contra los Kurdos? ¿Entre Carlos Andrés Pérez y Milosevich, condenado internacionalmente por la muerte de los Servios?

¿Será que cómo los muertos fuimos venezolanos, es decir, negros e indios marginales y sin apellidos impronunciables, no hay problema?

Para nosotros, Carlos Andrés Pérez y su equipo son tan genocidas como el que más.

Hacía allá deben estar enfocados nuestros esfuerzos de Justicia, en desenmascarar en la historia, a este criminal llamado Carlos Andrés Pérez.

Que no suceda como con Pinochet, a quien la muerte y las complicidades impidieron rendir cuentas de sus delitos.

No puede seguir respondiendo la República como entelequia jurídica, sin que los responsables paguen.

“La patria es el hombre” dice Alí Primera; quien también cantaba: “…hagamos la historia y que otros las escriban en un mundo mejor…”

Las Instituciones Revolucionarias tienen que responder y funcionar. No sólo puede indemnizarse a unos pocos, como hasta ahora. La Defensoría del Pueblo, en una iniciativa revolucionaria, está recibiendo a todas las víctimas para activar sus casos, muy bien, saldemos esa duda moral. Limpiemos esos procesos de los chocantes formalismos que impiden el paso a la Justicia. Pero la sanción es necesaria. Prohibido Olvidar… No a la impunidad… No a la complicidad…

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