Nadie habla en el cuartico

Sólo se oye el murmullo en inglés del televisor. CNN muestra un carro chocado mientras la rubia ancla pide al reportero detalles del accidente. Luego, la misma dinámica con un asesinato. Escena del crimen, fotos de la víctima y del victimario, full morbo. Casi nadie, empero, presta atención. El cuartico, al que tanto temen quienes viajan tras el sueño americano, es más bien una amplia sala, con unas 50 personas sentadas y 20 de pie, todas en silencio, con sus sueños a cuestas, el corazón en la boca por la incertidumbre y equipajes de mano a un lado.

Hay hombres, mujeres, ancianos y niños. Predominan rostros latinos, unos aindiados, otros menos, junto a asiáticos, morenos y gente del tipo Wasp (siglas en inglés de “blanco, anglo-sajón y protestante”).

De la altivez que algunos derrochan en consulados de sus países no se ve rastro. Allí, en el aeropuerto de Miami, el respeto a la autoridad es presuroso. Un cartel avisa que no está permitido el uso de celulares. Nadie lo desobedece.

Minutos antes, en la taquilla a la que se arriba tras lentísima cola, el funcionario me ha dicho que con mi visa tipo I sólo puedo entrar a EEUU para trabajar como periodista. Le aclaro que voy en tránsito hacia Canadá, adonde he de ir a presentar un libro mío. No saldré del aeropuerto. Tomaré la maleta, la entregaré en el mostrador, me subiré a otro avión y ya. Pero no, usted necesita una visa tipo B1 o B2 para poder entrar a EEUU, insiste. Pido hablar con alguien en español. Ese alguien, de apellido Bastidas, es tajante. “No puede entrar”. Insisto. Meten mi pasaporte en una carpeta roja y me hacen pasar, en fila india con otros rebotados, al famoso cuartico.

Está repleto. Al fondo, unas taquillas con uniformados. Tienes que esperar a que te llamen. Las caras tienen el dibujo común de la incógnita, el susto de terminar en un avión de vuelta, sin el objetivo cumplido. Un hombre con un lunar colorado en el rostro. Una viejita en silla de ruedas que parece no entender por qué la han depositado en aquel lugar tan raro. Ninguno puede irse ni tendría adónde. Inmigración analiza sus pasaportes.

En el gentío creo descubrir la cara de un político que cierta vez optó a la Presidencia. A su lado se libera un puesto. Allí me siento. En las manos del presunto excandidato distingo papeles con membrete de un registro o notaría venezolanos. Nada nos decimos.

Con los minutos, la molestia da paso al placer de observar una escena narrable. Tomo nota mental de los rostros alargados, de la ausencia de risas, de qué hace cada quién con la mirada y con las manos. En el peor de los casos regresaré con tremenda historia.

De pronto, escucho mi nombre. “Siga adelante”, dice el agente al entregar el pasaporte sellado. Salgo del cuartico apresurado para no perder la conexión. A mis espaldas quedan decenas de sueños en vilo. Y todo es silencio.

De regreso, cumplida la misión en las frías tierras del sargento Preston, debo hacer conexión inversa en suelo estadounidense. EEUU tiene puesto migratorio en el propio aeropuerto canadiense de Montreal. Allí, un agente muy amable sella el pasaporte de inmediato, sin objeción alguna por la visa. “Buen viaje”, dice sonreído en un español con acento anglosajón.

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COTUFAS

ABRIL EN CANADÁ

Con motivo de los 10 años del 13-A fui a Canadá a presentar mi libro Abril, golpe adentro. Invitado por la embajada venezolana y los consulados en Toronto y Montreal, asistí en esas ciudades a programas de radio, me reuní con comunidades latinoamericanas y ofrecí una charla en la Biblioteca y Archivos Nacionales de Québec. En Montreal me topé con una protesta estudiantil por el aumento de las matrículas y en demanda de gratuidad. Debo agradecer a las cónsules Francia Malvar y Martha Pardo, a Ana Maldonado, Nery Quintero, Manuel Pérez y demás compatriotas que no menciono por falta de espacio, no de gratitud.

LA ALEGRÍA TRISTE DE EMIGRAR

Más allá de las chanzas sobre el video “Caracas: ciudad de despedidas”, producido en la universidad del Opus Dei, el tema tiene mucha tela que cortar. Pronto saldrá un libro de Carlos Subero, maestro del periodismo de investigación, con testimonios de venezolanos que se han ido al Norte. Se titula La alegría triste de emigrar y dará mucho de qué hablar.

HAMPA EN MIAMI

Huir de Caracas para buscar seguridad en Miami puede ser mala apuesta. En las últimas dos semanas han birlado a dos familias venezolanas que andaban de turistas en el Dolphin Mall. Les rucharon los pasaportes y las compras que habían dejado en carros estacionados en el mall. Por lo menos cinco casos semanales suceden en ese mismo sitio con el mismo modus operandi.

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“Quienes critican a un gobernante por usar intensamente Twitter le hacen propaganda. A la gente le gusta el político 2.0”

Roberto Smith

Excandidato presidencial


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Ernesto Villegas Poljak

Periodista. Ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información.

 @VillegasPoljakE

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