Revisión de la Historia

Revisión de la Historia: Asia

Miles de manifestantes surcoreanos y chinos, se enfurecen y protestan porque los japoneses quieren revisar la historia. La razón es un texto escolar (libro de historia) que se acaba de publicar en Tokio, capital nipona, donde se narra la historia de la invasión y ocupación del Ejército Imperial Japonés (EIJ) al Asia. El libro no solamente deja por fuera, invisibiliza, cualquier referencia a la brutal ocupación de la península coreana y China, donde, además, miles de jóvenes mujeres fueron utilizadas como esclavas sexuales del ejército ocupante, sino que sugiere además, por si hiciera falta, que Japón fue “invitado” a invadir (cualquier referencia a Irak es solo una fantasía), y, que los invadidos, ocupados y humillados se beneficiaron del terrible y humillante sufrimiento a que fueron sometidos.

Una de las características de la ocupación del imperio nipón al Asia, durante la II Guerra Mundial, fue someter a la esclavitud sexual a miles de mujeres (se calcula que fueron unas 200.000). Las pensionadas, como se llaman las pocas sobrevivientes de aquella horrible pesadilla, vienen protestando desde 1.992 ante la embajada japonesa en Seúl (Corea del Sur) para demandar de aquel gobierno que se disculpe y pida perdón públicamente. Y lo que recibieron en estos días fue el texto de historia donde en lugar de reflexionar y autocriticarse, el gobierno japonés les asestó una bofetada, diciendo que ellos fueron invitados a invadir y que las víctimas se beneficiaron de aquella violación. Es la razón por la cual en varias ciudades chinas y surcoreanas se han llevado a cabo masivas protestas, y en China ataques a los consulados japoneses de manifestantes enfurecidos por el intento japonés de revisar la historia de la invasión y ocupación del EIJ al Asia. Menos mal, todavía contamos con pueblos que se enfurecen y pelean cuando les quieren Revisar la historia de humillación y sufrimiento1 Por eso es tan importante para un pueblo no olvidar.

Revisión de la Historia: Colombia

En Colombia, por el contrario, no solo se revisa a diario la historia cuando la narran ajustada a sus intereses los que se presume la vienen ganando: el Estado oligárquico y sus aparatos para la “seguridad democrática” como el ejército y los paramilitares. Que continúan imponiendo por medio del terror su modelo de sociedad mercantilista y decadente a las organizaciones del pueblo.

Lo que sucede a diario en Colombia, las masacres, asesinatos políticos, protestas populares, estudiantiles, indígenas o no se les visualiza, escasamente reciben cubrimiento o se las presenta, distorsionadas. Todo lo que vaya contra los intereses económicos y políticos de la elite y sus aliados imperiales es una historia narrada con arreglo a un formato establecido por los Medios de Alienación Masiva (M.A.M), donde opera la regla del más fuerte, del de mayores recursos, más mercancía, mayor difusión. La comunicación popular, alternativa y de oposición, a través de la cual narramos la otra historia negada, visible solo a quienes se atrevan a entrar a los lugares remotos y perdidos de la geografía donde están los monumentos de “piedra a los muertos” es perseguida, señalada como enemiga del Estado, vocera de la insurgencia, etc. Y todos y todas sabemos lo que significa en este momento ser señalado como simpatizante de la insurgencia en Colombia. Para empezar, significa que no tenemos cabida en los valores y códigos de vida que establece el Pentágono y sus aliados del Estado en Colombia. Y culmina, casi seguro, con la cárcel, la persecución o la muerte. Estas son las dos formas de vivir, pensar y actuar que están enfrentadas en Colombia. Una historia desde el poder Revisada y ajustada a intereses de clase, y una historia desde el pueblo viva, masacrada, negada, que lucha por ser, que padece y que tenemos que hacer para que sea.

Desde 1997, en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, los campesinos vienen haciendo un Monumento a la Memoria. Cada vez que un(a) campesino(a) es asesinado traen piedras del río y en cada una escriben el nombre. El monumento a los caídos, ha crecido ya bastante. Van más de 150 piedras con los nombres de campesinos(as) asesinados. Hasta la última masacre del 23 de Febrero2
Javier Giraldo, un reconocido defensor de Derechos Humanos del país, en tono de tristes matices pero profundamente humano, similar al que empleaba Robert Fisk en uno de sus artículos sobre la vuelta del fantasma de la guerra civil al Líbano3, escribió: “Luego de 8 años de registrar atrocidades perpetradas contra esa Comunidad heroica y de denunciarlas ante todas las instancias posibles, me quedaba difícil, sin embargo, decantar un análisis claro de lo que estaba ocurriendo. Por una parte, me venían a la memoria las más de 500 agresiones denunciadas anteriormente y me parecía que todo había ocurrido dentro de la misma lógica y libreto de persecución y exterminio a que la Comunidad de Paz venía siendo sometida desde su gestación en 1996; recordé con estremecimiento muchas masacres anteriores y el hostigamiento permanente a sus líderes e integrantes, lo que parecía imponerme una conclusión que yo rehuía asumir por sus duros efectos desmoralizantes: nada ha cambiado; la condena al exterminio se continúa aplicando implacablemente, así los discursos del Estado hayan evolucionado”.4

De los 8 campesinos de San José de Apartadó que degolló, torturó y trato de desaparecer sus cadáveres el ejército colombiano, quedan para la memoria histórica de los pueblos como un ejemplo no solo de heroísmo, entrega y principios sino como una estrella que ilumina la verdad, el testimonio de Luis Eduardo Guerra, hecho a un canal de TV de Valencia el 15 de Enero de 2005, 37 días antes de su asesinato5: “Nosotros siempre hemos dicho, y en eso somos claros, hasta el día de hoy estamos resistiendo y todavía como nuestro proyecto es de seguir resistiendo y defendiendo nuestros derechos. No sabemos hasta cuando porque lo que hemos vivido durante toda la historia es que hoy estamos hablando, mañana podemos estar muertos. Que hoy estamos en San José de Apartadó, mañana puede estar la mayoría de la gente desplazada porque puede haber una masacre de 20 ó 30 personas o... que eso no es algo imposible”.

Luis Eduardo no calló. Lo calló bestialmente a él, su compañera Bellanira y su hijo Deiner Andrés de 11 años, para siempre el machete en la mano verduga de un soldado del ejército colombiano, que debería existir para protegerlos como dice la Constitución. Y como debería hacer todo ser humano investido de humanismo. ¿Cuántos Luis Eduardos más, profetas de su propia muerte, ceñidos solo a esa especie de rasgo radical de sus principios más humanos y profundos serán necesarios para poder vivir con dignidad y justicia social para todos y todas en Colombia?

Claves de una masacre

Las claves de la masacre de San José de Apartadó podrían estar en estas palabras, hechas por la dureza de la realidad y dichas por Luis Eduardo antes de ser asesinado.

“Pues cuando ya nos organizamos hicimos la Declaración. Eso fue el 23 de marzo del 97 que firmamos el compromiso de no participar en la guerra, de no colaborar con ningún actor armado.
Como consecuencia de esto hubo una represión más fuerte, hubo el desplazamiento masivo de estas 11 comunidades donde enfrentaron masacres, donde dieron plazos para que se desplazara la gente con amenazas de que los mataban... Y de ahí para acá ha sido una situación de resistencia porque hemos tenido masacres, asesinatos selectivos, estamos hablando de que nos han asesinado más de 130 personas de la población civil, varios líderes de la comunidad, de que hemos buscado todas las instancias del Estado a nivel nacional... Todos estos asesinatos están en la impunidad. La situación actual es que prácticamente lo que vemos es una nueva estrategia para seguir atacándonos que es el bloqueo económico, que son las amenazas muy abiertamente de los paramilitares y los militares...
Porque en este gobierno, Uribe se ha caracterizado por eso, porque ya los paramilitares se sienten
totalmente parte del Estado y ellos mismos hacen los controles como si fueran el Estado, y aunque
esto es denunciado a nivel nacional e internacional no pasa nada. Que nosotros inclusive hemos sido muy claros en nuestros principios, hemos mantenido una posición de neutralidad frente a la misma insurgencia, más sin embargo lo que dicen es que nosotros seguimos siendo organizados por la misma insurgencia, que recibimos órdenes directas de la insurgencia para desprestigiar al Estado y para denunciar al Estado y para decir que el Estado es el único que viola los Derechos Humanos. Creo que eso es una mentira a todas luces porque nosotros lo hemos dicho públicamente y lo
seguimos diciendo que dentro de estos asesinatos la subversión también tiene una gran participación, más de 20 casos, que nosotros no tenemos porque ocultarle nada a ninguno de los
actores armados. Lo único que nosotros hemos pedido es respeto a los que son parte de la población civil. Entonces ya no vemos que nos están acorralando con las masacres, con los tiros. Los asesinatos sí, pero muy selectivos, pero si con un desprestigio porque sabemos que el mismo gobierno tiene propios funcionarios haciendo un desprestigio desinformativo a nivel internacional,
a nivel inclusive de las mismas embajadas, diciendo que ellos tienen toda la voluntad y que son las comunidades las que se oponen a que el gobierno haga presencia cuando es una total mentira, y que ellos no son los violadores de los Derechos Humanos, que los violadores de los Derechos Humanos es la insurgencia, cuando hemos dicho que hay un ejemplo muy claro: ¿cuántos muertos tenemos? ¿En cuanto han participado las fuerzas militares? ¿Toda la estructura paramilitar que hay en Urabá por quien está apoyada? Creo que es una situación difícil en estos momentos porque económicamente y políticamente el gobierno está haciendo un trabajo muy fuerte contra las comunidades, sobre todo contra San José de Apartadó”6.

El epílogo de esta última masacre en Colombia lo cerró el presidente Álvaro Uribe diciendo que la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, ya que no colaboraba con el ejército y no permitían el establecimiento de un puesto de policía en su comunidad, eran simpatizantes de la guerrilla. Entre esta declaración de la cabeza del Estado y la mano del soldado que empuña el machete asesino, hay una racionalidad y lógica de muerte que produce un escalofrío aterrador.
En Colombia los indígenas luchan por sus derechos y contra la persecución a muerte a que los somete el Estado. Miles de sindicalistas, campesinos, estudiantes, profesores, trabajadores, luchadoras populares, de derechos humanos han sido asesinados en las calles y campos por décadas. ¿Quién dice algo en el mundo? Pocos. La prensa corporativa global y nacional, los Medios de Alienación Masiva (M.A.M) callan, invisibilizan o tergiversan esta brutal e inhumana realidad. ¿Por qué lo hacen? Esta historia macabra y desgarradora que viven miles de campesinos, indígenas, sindicalistas y pueblo colombiano, también es revisada diariamente por el poder de los M.A.M que actúa como altisonante de la oligarquía en el poder.

Una sociedad, un Estado fundamentado en la muerte y el miedo es la peor tragedia que le puede ocurrir a un pueblo. ¿Si en China y Corea del Sur protestan contra la pérfida revisión de la historia que quiere imponer un libro de escuela japonés, nosotros en Colombia, donde las masacres de campesinos son historia diaria, dejaremos que la revise el verdugo y la cuente a su manera, o la expondremos, ancha, profunda y dolorosa como es? ¿Cómo dar a conocer masiva y profunda la historia de esta verdad, que no solo sea difundida en los pocos foros con que contamos? Es una de las preguntas que debe resolver la izquierda en Colombia. Tenemos urgencia con la batalla de ideas, la batalla por la verdad será definitiva para un proyecto social y económico alternativo al de la oligarquía y el imperialismo, que no haya dudas.

14 de Abril 2005


(*)Historiador y ensayista

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Olafo Montalbán(*)


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