Es oficial

San Salvador es la ciudad capital con más homicidios en el mundo

Plaza del Divino Salvador, San Salvador

Plaza del Divino Salvador, San Salvador

́ de marzo de 2016.Encontraron su cabeza desmembrada sobre el puente. Su nombre era Baltazar Olayzola Díaz y trabajaba en la policía municipal de Soyapango; según ha afirmado el jefe de la policía nacional, la decapitación de Baltazar fue realizada por despiadadas maras o pandillas, que estaban en negociaciones para lograr mejores condiciones carcelarias. Éste había sido el policía número 49 caído durante 2015 y una de las 17 personas asesinadas ese día.

Es oficial. El Salvador es el país más violento del planeta y su ciudad capital, San Salvador, es la que contabiliza más homicidios en el mundo. En las ciudades salvadoreñas hay más sangre derramada que en la mayoría de las zonas en conflicto y en estas urbes también hay una hemorragia poblacional que en gran medida ha huido a México y Estados Unidos.

De acuerdo con nuevas cifras dadas a conocer por el Instituto de Medicina Legal de El Salvador, el año pasado hubo 6.656 homicidios; ello se traduce en una tasa nacional de casi 116 asesinatos por cada 100 mil habitantes, lo cual es 17 veces el promedio mundial. Tan sólo comparemos los números de El Salvador con las 516 muertes registradas en Canadá en 2014, un país que tiene seis veces la población de la nación centroamericana.

Las circunstancias en las que tienen lugar estos asesinatos son alarmantemente familiares: la mayoría de las muertes está relacionada con el tráfico de drogas. El gobierno estadounidense cree que una considerable parte de la cocaína que es transportada desde Colombia pasa a través de América Central y México, antes de ser inhalada por los consumidores estadounidenses.

Con tanto dinero de la droga en juego, las violentas disputas por las rutas de transporte y la distribución son parte de la rutina. Los efectos colaterales de esta guerra son los civiles inocentes que quedan atrapados en el fuego cruzado. Sin embargo, la guerra de El Salvador se ha concentrado de manera excesiva en determinadas personas y sitios específicos; más de 48% del total de víctimas, en 2015, eran hombres salvadoreños cuyas edades oscilaban entre los 15 y los 29 años. Más de la mitad de los homicidios en el país ocurren en sólo cuatro zonas: San Salvador, La Libertad, Soyapango y Usulutan; dichas ciudades se han convertido, de forma progresiva, en lugares inhabitables.

La reciente carnicería ha tenido su origen en la disolución de una tregua –en 2014- entre facciones rivales de pandillas y la cual no era bien vista; aunque el cese al fuego temporal redujo a la mitad la tasa de homicidios, éste no logró aminorar actividades criminales como la extorsión. Como resultado, el gobierno redobló las políticas de la "súper mano dura" (puño de hierro) diseñadas para aplastar a las maras. Desde entonces, se ha relacionado la agresiva ofensiva policial con docenas de masacres y desapariciones de miembros de pandillas.

Para complicar más el asunto, las principales bandas criminales de El Salvador, la Mara Salvatrucha (MS-13) y la Barrio 18, se están destruyendo por dentro. Éstas no sólo están en guerra con la policía y entre ellas mismas, sino que cada una libra una guerra civil interna entre sus propios componentes. Con la purga y el castigo a los "traidores" y "soplones" dentro de las pandillas, hay pocas señales de que la mortandad vaya a decaer. Por el contrario, ésta se extiende a naciones vecinas como Honduras y Guatemala. En un intento por evitar que la situación en estos países se salga de control, el Congreso de Estados Unidos aprobó recientemente 750 millones de dólares con el fin de luchar contra el crimen organizado, las pandillas y la corrupción en América Central.

Ésta no es la primera crisis humanitaria que vive El Salvador pero podría ser la más aguda; de acuerdo con la Comisión Nacional para la Verdad y la Reconciliación, casi 75 mil personas perecieron durante la guerra civil que se desarrolló entre 1981 y 1989. Eso equivale a 113 muertes en hostilidades por cada 100 mil habitantes, lo cual indica que hoy hay más violencia en El Salvador que en los peores años de uno de los conflictos más sanguinarios que haya conocido América Latina.

Para reducir el nivel de homicidios en El Salvador, hace falta algo más que policías con mayor entrenamiento y prisiones con mejores condiciones, aunque ambos elementos se requieren con urgencia. También son necesarias medidas preventivas que frenen la desintegración familiar y protejan a los integrantes más valiosos de una sociedad; las élites del país deben evitar la tentación de imponer castigos más severos y meter a más gente a las cárceles. Si desean disminuir el crimen, tales élites deben acrecentar la calidad de vida y las oportunidades para las familias trabajadoras y los jóvenes sin orientación.

Los donantes internacionales podrían trabajar de la mano con las autoridades salvadoreñas, con el objetivo de realizar importantes inversiones en las ciudades que han sido más vapuleadas por la violencia y en las poblaciones más vulnerables.

Una fundación que hace vida en la capital, FUNDASAL, ofrece créditos a mujeres cabeza de familia, recupera centros comunitarios y realiza refacciones en barrios pobres con la cooperación de las autoridades locales y los residentes. Esto parece estar haciendo la diferencia: las familias que se han beneficiado de ayudas económicas selectivas han registrado menores niveles de victimización. Otro programa que se ha lanzado hace poco, llamado Salvador Seguro, está consagrado a fortalecer el imperio de la ley, rehabilitar a jóvenes delincuentes y proteger a las víctimas en 50 municipios.

A pesar de lo anterior, éstas son medidas graduales y a pequeña escala. En definitiva, la única forma realista de mermar el índice de homicidios en El Salvador –y en cualquier sitio de América Latina- es poner fin a la guerra contra las drogas. El modelo de prohibición -que goza del apoyo de las élites conservadoras del país- ha hecho más daño que beneficio. Si no hay legalización, control y ejecución de normas en este sentido, las pandillas seguirán dominando este comercio ilícito. Unas políticas más tolerantes hacia las drogas en El Salvador y Estados Unidos, podrían hacer la diferencia entre la vida y la muerte.

-Autor: Robert Muggah. Director de Investigación del Instituto Igarapé y de la Fundación SecDev. También es asesor de la Comisión Global de Políticas sobre las Drogas.

-Texto original disponible en: http://www.latimes.com/opinion/op-ed/la-oe-0302-muggah-el-salvador-crime-20160302-story.html

-Traducido del inglés por: Adán González Liendo

-Nota del Traductor: este texto está especialmente dedicado a la ONG mexicana –lacaya del imperialismo yanqui- que sostiene que Caracas es la urbe más peligrosa del mundo. ¡Que nos cuente una de vaqueros!


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