Reportaje

Hijos del Inca Valero herederos y huérfanos en el olvido

Edwin Jr. junto a su abuela Sorani Finol, tutora de los pequeñines

Edwin Jr. junto a su abuela Sorani Finol, tutora de los pequeñines

Credito: Panorama Digital

22/10712.-Ésta es una historia como las que poco desearían para su familia, la vida se ha mostrado áspera para los hermanitos Valero Vieira, quienes además de perder a sus padres trágicamente, tuvieron que cambiar drásticamente el estilo de vida. Atrás han quedado los momentos de glorias boxísticas de su papá, el excampeón superpluma de la Asociación Mundial de Boxeo, Edwin “El Inca” Valero; también los hoteles, los constantes viajes y los juguetes caros… Y mucho más atrás quedaron las promesas gubernamentales y de fundaciones deportivas de ayudarles económica y psicológicamente para superar la amarga experiencia vivida.

Edwin Antonio ya tiene 10 años, y Jennifer Roselyne (Rosy) cumplirá los ocho en noviembre. Ambos crecen en El Vigía, Mérida, como cualquier otro niño de su edad. El cariño de sus abuelos y tíos no falta en ningún momento, aunque la precariedad económica agobia la ardua tarea de la crianza en casa de la abuela Sorani Finol, tutora de los pequeñines.

Rosy asiste regularmente a clases de danza, le gusta bailar vallenato y reggaetón, juega a cocinar y sueña con ser maestra. Ella es la princesa de la casa de sus abuelos. En su tez morena se muestran marcadamente los rasgos de su padre, ver sus ojos es ver los de “El Inca”, pero cuando sonríe y se desplaza brota la frescura de su madre, Jennifer Carolina Vieira Finol. “Es una niña muy ‘pilas’ y muy coqueta”, agrega su abuela mientras ambas posan para las fotos.

Un día antes se realizó el encuentro con Edwin Jr. y, de entrada, deja muy claro que lo suyo no es el boxeo, sino el fútbol. Antes de comenzar la conversación, tímidamente, martilla una tabla repleta de clavos, en la que ha demarcado una cancha de fútbol con sus arquerías y jugadores.

“Yo quiero ser ingeniero petrolero”, dice claramente —sin mucha expresión facial— . Le cuesta agarrar confianza y cuando lo hace se muestra cariñoso. Ya está en quinto grado y asegura que la pasa bien con sus amigos de la escuela. Hace alrededor de un año que practica fútbol, es mediocampista, y aun con mayor timidez, revela que es bueno en eso.

Ambos niños saben lo que ocurrió aquel 18 y 19 de abril del 2010, cuando Edwin asesinó a su esposa y luego se suicidó en la cárcel. Sorani explica que en la escuela los profesores también conocen los detalles y velan porque sus compañeros de clases no refresquen el triste relato. “A veces la gente habla sin darse cuenta que ellos están ahí… Los niños cuando escuchan esos comentarios no expresan nada, se quedan calladitos y se recogen de brazos. La ayuda psicológica ofrecida por el Gobierno nunca se concretó, nos hicieron unas visitas en la casa, y el papeleo, pero eso quedó así y más nada”, cuenta la abuela.

Hace poco a Edwin Jr. le tocó defender el nombre de su madre, cuando un compañero de escuela comenzó a mofar sobre la tragedia y a repetir insistentemente que “El Inca” había asesinado a su esposa. Esa es una realidad que los niños han ido asumiendo y superando con ayuda de sus seres queridos”. Así transcurre la vida de los hijos de “El Inca” en casa de la abuela Sorani, mientras que los temas legales siguen un lento curso en la Fiscalía del Ministerio Público que, ahora, ha cambiado el caso, por tercera vez, a un nuevo jurista.

Hablar sobre la herencia de estos niños se torna algo complicado, aún no se conoce con exactitud el patrimonio dejado por los padres, los vehículos continúan en manos del Estado, “deteriorándose y sin venderse”, los intereses llegan de vez en cuando a manos de Finol, y con eso se ayuda para sostener a los hermanitos.

Para Edwin Jr. el planteamiento a las autoridades es muy sencillo: “que las cosas se arreglen… que mejoren, que nos den las cosas, por ejemplo, un carro para transportarnos”, interrumpe sin titubeo. Y ahora, a la batalla por la sucesión se le ha unido también la de la nacionalización de Rosi, quien nació en Estados Unidos y aún no tiene registros como ciudadana venezolana.
 Pero la vida continúa para toda la familia. La abuela y sus nietos comparten uno de los cuartos de la humilde y decorada casa.

Al final de la sala, sobre una pequeña mesa, una velita permanece encendida casi todo el día, acompaña la foto de ‘Carito’, como cariñosamente siguen recordando a la esposa de “El Inca”. Rosi es la encargada de cambiar a diario el vaso con agua que mantienen en el medio del pequeño altar.

De noche, un Padre Nuestro es la despedida para “mamita y papito que nos ven y nos cuidan desde el cielo”, y en las mañanas, luego de pedir la bendición a los abuelos, Edwin y Rosi pasan por la mesita a hacer lo mismo con sus padres.
 “Yo tengo una foto de ellos en la computadora (…) A veces en la escuela me preguntan si soy el hijo de Edwin Valero, y yo les respondo que sí”, acota el pequeño futbolista —para quien cuidar de su hermana representa una especie de legado—.
 Sorani ha dejado de esperar a que lleguen las becas que hace casi tres años les prometieron a sus nietos.

“Recuerdo que unos de los que ofrecieron ayudar económicamente fue una asociación de boxeo que queda en Caracas, y también vinieron de Estados Unidos, me entrevistaron en la sala de la casa, grabaron todo sobre la vida de Carolina porque iban a hacer un documental, y de las ganancias le darían algo a los niños, pero más nunca se volvieron a comunicar con nosotros”.
 “Y así estamos ahora, cuando Edwin estaba vivo todo el mundo lo tenía en cuenta, ahora que ellos desaparecieron no se acuerdan de nada, y ahora es cuando tienen que ayudar a los niños”, recuerda Sorani y asegura que, pese a ello, no dejará que los niños pasen trabajo.

Antes de la tragedia la abuela tenía una tasca informal en el patio de su casa, pero debió cerrarla para lograr la custodia definitiva de sus nietos. Ahora, en vez del expendio de cervezas, ha abierto un pequeño abasto donde vende ‘cositas’ que ella misma elabora.

“Criar a mis nietos ha sido como volver a tener a mi hija, ellos son mis hijos”, manifiesta la mujer con una amplia sonrisa.
 Aunque Rosi insiste en preguntar cuándo volverá a tener un cuarto para ella sola, y suele llamar hoteles a los apartamentos que visita, la abuela confía en que el futuro traerá mejores experiencias para sus amados niños.

En diciembre “El Inca” cumpliría 30 años, y su esposa tendría hoy 26; sus hijos quedaron huérfanos a los ocho y seis años, aún añoran a sus padres.


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