Lea su última carta, que fue para Fanny Du Villars

Amores y la última carta amorosa de Simón Bolívar

Simón y Fanny

Simón y Fanny

Manuela Sáenz

Manuela Sáenz

Caracas, febrero 14 - Como una contribución para mirar a Simón Bolívar desde uno de sus ángulos humanos menos divulgados, reproducimos  el memorable artículo del desaparecido profesor y periodista Jesús Rosas Marcano (1930-2001) en torno a las amantes de Bolívar, y otro artículo de Jorge Mier Hoffman en torno a Fanny du Villars, otro gran amor de El Libertador y a quien en definitiva dedicó su último pensamiento amoroso y su última carta, un día antes de morir.

LAS AMANTES DE BOLÍVAR

"El collar amoroso de Bolívar tuvo cuentas, perlas, un par de zafiros, una esmeralda y una diadema de brillantes. En Santa Marta, ese collar como un delta al revés regresaba hilitos diáfanos, invisibles, de una fuente exhausta, legítima y única, su corazón vencido.

La Güera Rodríguez, Teresita Toro, Pepita Machado.

    Su primera cuenta fue la "Güera" Rodríguez, su amor veracruzano, descendiente del Virrey Asanza. María Ignacia Rodríguez es la travesura de sus dieciséis años cuando iba rumbo a España, tres semanas.

    Su diadema de brillantes es Teresita Toro y Alaysa, emparentada con los marqueses del Toro y de Inicio y con el conde de Rebolledo. Boda en Madrid el 13 de abril de 1802.

     Marina, amiguita de Alejandro Manzoni, (autor de la novela Los Novios), es la cuenta milanesa del collar. Manzoni dice que Bolívar, tirado en un canapé, en su primer delirio (el otro es el del Chimborazo), exclamaba: ¡Esa mujer ha decidido mi suerte!

    Una de las perlas es Fanny de Villars, casada con Dervieux de Villars, cortejada por el príncipe Eugenio. Francesa, veinteochena, charlante. Ella es el elíxir de su vida y quien hace llevadera su viudez en París. Nostálgico, Bolívar la llama Teresa.

    Uno de los zafiros es Josefina Machado, la "Señora Pepa", una de las doce doncellas que lo coronó en la iglesia de San Francisco en 1813. Fue su amor náutico entre bergantines y goletas hasta 1820.

     En 1816, cuando en Juangriego una banda inglesa tocaba "Yankee Doodle" Bolívar pescó su cuenta margariteña: Asunción Jiménez. Los legionarios habían reprochado a Bolívar haber perdido un paseo para contemplar la belleza de La Asunción. El héroe sonrió y les dijo que él había atesorado todo su aliento en la cubierta del bergantín. Se refería a la otra Asunción, ósea y dérmica.

Julia Cobier, Isabel Soublette, Bernardina Ibáñez

    La perla antillana de Bolívar fue Julia Cobier o Gober; morena pálida, tierna, excitante y rica. Pernoctaba con ella en Kingston cuando sus enemigos fueron a otra casa y asesinaron al pobre Felíx Amestoy, quien lo esperaba para platicar, y por breve reposo ocupó su hamaca.

    Su perla caraqueña en Guayana fue Isabel Soublette, hermana del general Carlos ídem. El intrigante coronel Hippisley escribió en el Times de Londres que Bolívar le había regalado a Isabel la más grata mansión de Angostura, donde podía verse una de las maravillas de la ciudad, la bella cama incluida en el obsequio para la señorita Soublette.

    Juana Pastrano Salcedo es la cuenta humilde de Capacho, la Campaña Admirable. Cuando Bolívar brindó con Morillo en Santa Ana, preguntó por su graciosa campesina. Pero que va; la madre la había ocultado en Piedra Gorda, aldea donde había nacido esa flor silvestre.

    Bernardina Ibáñez es la perla del Libertador que procede de Ocaña. Estuvo entre las quinceañeras que lo coronaron en Bogota después de la batalla de Boyacá. Esa "Melindrosa" para Bolívar, pretende ser un ángel. Estaba prometida en matrimonio con el pavo del ejército, el coronel Ambrosio Plaza.

Manuelita Sáenz, Joaquina Garaicoa, Janette Hart.

    La esmeralda del collar fue Manuelita Sáenz, quiteña que consume toda la literatura amorosa del héroe. La procuró para siempre en el baile de la Victoria. Enloqueció por Bolívar. Celosa, lo arañó brutalmente por un arete encontrado en su lecho.

    Joaquina Garaicoa es el otro zafiro del collar. Ella es la "Gloriosa". Bolívar, "su sol naciente", "el objeto de su adoración". Una cuenta de brillo fugaz es la francesita Anita Leniot.-No, Ani tu no puedes ir a la campaña del Magdalena. - Benedicta Nadal es su cuenta boliviana de amor. "Tu amante", le anota el héroe. Manolita Madroño es su perla peruana trashumante Huaylas, después de Ayacucho. Janette Hart es su perla norteamericana. La conoció en el puerto del Callao en una recepción de la goleta insignia "United States".

Perlitas sueltas y mostacillas

    Se enhebran Teresa Laisne, madre de Flora Tristán; sus primas Aristiguieta, las bellas de Ocaña, Bárbara y Juana de Dios Lemus; Salustiana y María de Jesús Patiño; Incolaza Ibáñes, hermana de la "Melindrosa". En el ensarte siguen Manuelita White, maestra parvularia en Caracas; Teresa Mancebo a quien le produjo insomnios: La poetisa peruana Tomasa de Suero y Larrea que le escribe poemas en francés. ¡Ay!, y la perlita realista Aurosa Pardo, decidida a no bailar con ése en un baile de Lima en honor de Sucre. Ella grita, ¡Viva España! Bolívar la estrecha contra su pecho. Ella con aliento nuevo: ¿Si tú eres el Libertador, viva la gloria!"

Jesús Rosas Marcano



LA CARTA

Por tercera vez la camarera del hotel Malta no logra que el inquilino de la habitación abra su puerta… Insiste en tocar una y otra vez, pero el huésped se niega abrir… Resignada… deja la bandeja con la cena y retira la del almuerzo que al igual que los días anteriores está intacta… El administrador del lujoso hotel parisiense, comienza a mostrar preocupación por ese inquilino, que en los últimos días no ha abandonado la habitación, y ni siquiera ha probado la comida que se le deja en la puerta… El personal del hotel, hacía comentarios sobre el extraño comportamiento de ese huésped, ya que un buen día, uno de los botones lo abordó cuando subía a su habitación… preocupado por su estado de salud, quiso entablar una conversación con el inquilino, pero éste de manera grosera lo interrumpió, señalándole que estaba pensando seriamente en el suicidio… Por fortuna, en la tarjeta de Registro del Hotel, está la dirección de un amigo al cual lo hacen llamar con urgencia, ante el peligro de un desenlace fatal…

AÑO DE 1803:  Simón Bolívar está por segunda vez en Europa. Tiene 20 años de edad, y en su corazón una inmensa tristeza… Lleva consigo las prendas personales de su fallecida esposa… En Madrid, ciudad que había abandonado apenas unos meses antes, visita a suegro Don Bernardo para hacerle entrega de las prendas de su única hija... Ambos lloraron desconsolados la pérdida de María Teresa... La ironía del destino había jugado con sus sentimientos… Todo aquello que amaba lo abandonaba: primero su padre cuando tenía 3 años, su madre a los 9 años, su abuelo al año siguiente, y ahora su esposa con siete meses de matrimonio… En un intento por olvidar, se traslada a París, ciudad cosmopolita que tiempos atrás le brindó alegría y diversión… Pero el joven Simón se encuentra roído por el infortunio e inmerso en una honda aflicción moral y física que apagaba su espíritu… Su  maestro de infancia Simón Rodríguez, llega al hotel llamado por el administrador… Rodríguez encontró a Bolívar inmerso en la tristeza y la melancolía, quién parecía querer morir antes que cargar con sus sufrimientos… Así escribió Bolívar ese encuentro: “Había caído en un estado de consumición, y los médicos declararon que iba a morir. Era lo que yo deseaba… Una noche que estaba muy mal, me despierta el maestro Rodríguez con un médico alemán. Yo no comprendía una palabra de lo que ambos conversaban... El médico luego de examinarme se marchó... Rodríguez se sentó en mi cama y me habló con bondad afectuosa y dulzura, haciéndome ver que es una locura el abandonarme y quererme morir en la mitad del camino… Bolívar le responde… estoy enfermo y abatido… Ha..! Rodríguez… prefiero morir a soportar esta inmensa carga de tristeza… Bolívar toma su mano y le suplica que lo dejase morir en la soledad… En las noches siguientes, su maestro lo reconforta con sabias palabras que le hacen entender que él y sólo él, tiene una misión que pronto tendría que emprender; pero por los momentos, debe mitigar su dolor, reunirse con personas de su edad, divertirse y vivir la vida… El Palais Royal, teatro de diversión por excelencia de la época, se convirtió en el lugar que frecuenta Bolívar... En esas noches frívolas de París, se encuentra nuevamente con Fanny Du Villars, quién marcó su vida sentimental y detuvo por algún tiempo, la pasión desenfrenada que mostró Bolívar hasta el último instante de su muerte. Esta dama de la sociedad parisiense, mitigará el luto del futuro Libertador de América, en su dolor inconsolable por la muerte de su esposa... La “Adorable Fanny”, como la llamaba Bolívar, era una hermosa rubia de 30 años, ojos azules y una figura esbelta, no mostraba los años que superaban a ese joven con apenas 21 años de edad... Su esposo, Don Dervieu Du Villars, era hombre importante de la sociedad, adinerado y que parecía ser su padre por la marcada diferencia con 54 años de edad… En ese momento mágico, cuando Fanny se entregaba al ambiente romántico de su infidelidad, la mente de Bolívar estaba en el Nuevo Mundo..! Bolívar en un francés fluido y excelente pronunciación, narraba lo enigmático de esas culturas americanas, que habían sido extinguidas por el deseo insaciable de riquezas, tierras y esclavos… Esa añoranza por la magnificencia de las culturas americanas y el sentimiento que imprimía Bolívar en cada una de sus palabras, en lo más íntimo de Fanny, le hicieron sentir, que el único amor por el que luchará Bolívar será por la justicia y la libertad de los sufridos pueblos de América... Su madurez y experiencia, le hizo entender con resignación que lo perdería, y esa felicidad que parecía ser eterna, se iría con su amado si éste regresaba a su Patria natal... Esa noche de intimidad, cuando Bolívar le manifiesta su deseo regresas a Venezuela, Fanny se despide con estas palabras: “Todo el mundo le proclamará a usted como el hombre del siglo. Sólo me falta suplicarle que se conserve para cumplir su bello destino y para hacer que algún día tenga Yo otra vez la dicha de decirle a usted de viva voz, que nadie le ha amado tanto ni le es tan cariñosamente afecta como su prima”… Fanny y Bolívar fueron protagonistas de un idilio que alimentó no sólo su espíritu, sino que le permitió al futuro líder de América profundizar el estudio y conocimiento de la Europa aristocrática, en una relación secreta, pero de apariencia ingenua ante la sociedad, ya que Bolívar y Fanny eran primos a través del apellido Aristeguieta...  Esta relación amorosa en particular, tuvo un significado especial, que inmortalizó una pasión, como inmortal fue la vida del Libertador... Tal fue la pasión que ambos vivieron y la herida que dejó Fanny en su corazón; que luego de 25 años sin verse y a las puertas del sepulcro, su último suspiro de vida e inspiración fueron para la “adorable Fanny”...

Cuando la soledad embargaba el corazón de Bolívar, sin otro destino que la muerte, aquel anillo de despedida que le regaló Fanny, y que guardaba celosamente en su baúl personal que lo acompañaba a todas partes, revivió aquellos momentos de infinita felicidad... Ese preciado objeto le inspiró para escribir, un día antes de su muerte, una carta de amor, que como un espejo, refleja el alma de Bolívar, donde el lector podrá sentir: su esencia, la perseverancia y la entrega total de un hombre por un ideal que nunca muere... la fidelidad y honestidad de sus sentimientos... el ímpetu e intensidad de su pasión... su determinación de sacrificar su propia vida para lograr sueños inalcanzables... y el amor fulgurante que como un fuego sagrado, impregnaba de vitalidad una energía glorificante para lograr imposibles... Así era Bolívar.

“Querida Prima... Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro..? Ha llegado la última aurora; tengo al frente el mar Caribe azul y plata, agitado como mi alma, por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve, impoluta como nuestros ensueños de 1805; por sobre mí, el cielo más bello de América, la más bella sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz... Y tú estás conmigo, porque  todos  me  abandonan... Tú conmigo en los postreros latidos de la vida y en las últimas fulguraciones de la conciencia... Adiós Fanny... Esta carta de signos vacilantes, la escribe la misma mano que estrechó la tuya en las horas del amor, de la esperanza, de la fe; es la letra escritora del Decreto de Trujillo y del mensaje  al  Consejo  de  Angostura... No la conoces, verdad..? Yo tampoco la reconocería, si la muerte no me señalara con su dedo despiadado, la realidad de este supremo instante... Si yo hubiera muerto sobre un campo de batalla, dando frente al enemigo, te daría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado, a los campos de un sol de primavera... Muero despreciable, proscrito, detestado por los mismos que gozaron mis favores; víctima de intenso dolor, preso de infinitas amarguras. Te  dejo  mis  recuerdos,  mis  tristezas  y  las lágrimas que no llegaron a verter mis ojos... No es digna de tu grandeza tal ofrenda..? Estuviste en mi alma en el peligro; conmigo presidiste los Consejos de Gobierno; tuyos fueron mis triunfos y tuyos mis reveses; tuyos son también mi último pensamiento y mi pena postrimera... En las noches galantes de la Magdalena, vi desfilar mil veces la góndola de Byron por los canales de Venecia; en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú: porque tú has flotado en mi alma, mostrada por níveas castidades... A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las íntimas congojas, aparece ante mis ojos moribundos, con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín y Bombona... Adiós Fanny... Todo ha terminado... Juventud, ilusiones, sonrisas y alegrías se hunden en nada; sólo tú quedas como visión seráfica, señoreando el infinito, dominando la eternidad. Me tocó la misión del relámpago, rasgar un instante la niebla, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío... Adiós..!”… Simón Bolívar, 16 de diciembre de 1830…

Al día siguiente Bolívar muere inmerso en una pena de espíritu mucho más mortal que la tuberculosis que lo quejaba… Para algunos historiadores que se creen dueños de la intelectualidad del Libertador, esta carta no fue escrita por Bolívar y hasta se le atribuyen a un tal Luciano Camejo, porque así lo denunció Vicente Lecuna, cuando la carta fue publicada por vez primera en el Diario Comercio de Barranquilla el 23 de abril de 1925… Se argumenta que su contenido es de tanta pomposidad poética “que su romanticismo no se corresponde al estilo de Bolívar”… Con todo el respeto que merecen tan afamados escritores, es mi humilde opinión, que quienes comparten el criterio de Lecuna, definitivamente han leído a Bolívar en entre líneas, y sólo se han limitado a estudiar el contenido de sus escritos y no la esencia poética de cada palabra plasmada en esos papeles. Bolívar fue un Ser especial el cual no puede ser analizado bajo la óptica materialista de las bajas pasiones que alimentan nuestro espíritu; un ejemplo de ello son sus modelos de Constitución, los cuales, más que constituir magistrales obras jurídicas a la óptica de los constitucionalistas, son la apología poética del amor de Bolívar hacia su pueblo... Vale la pena transcribir parte de la defensa del señor Camejo ante Lecuna: “Bolívar, sus heroísmos, sus apasionamientos, su sentimiento, su exotismo, han sido y están tan falseados por desgracia en Venezuela, por parodias y comparaciones irreverentes y sacrílegas, que nada tiene de extraño que los venezolanos hayan olvidado su estilo y sus ideas o por lo menos las vean de otro color que no tiene”

Jorge Mier Hoffman



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