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El Espejo

¿Qué va a pasar?

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La pregunta es pertinente y muchas personas se la hacen. Tiene que ver con los comicios del 26-S para elegir a los miembros de la Asamblea Nacional. Y la hacen con creciente preocupación porque el evento se va a realizar en un clima que presagia problemas que tienen que ver con la estabilidad institucional. No se trata de una opinión --la mía-- sesgada o alarmista. Es la sensación que recojo en comentarios y observaciones de numerosos venezolanos inquietos por lo que sucede. Menciono algunas motivaciones:

1º.) La conmemoración del octavo aniversario del 11-A de 2002 estuvo signada por la polarización mediática más recalcitrante. El chavismo recordó la fecha celebrando lo que fue una victoria democrática y popular, mientras que el antichavismo lo hizo con muestras evidentes de reconcomio y, lo que es peor, con un inocultable sentimiento de nostalgia por lo sucedido y decepción ante el fracaso. No faltaron voceros que justificaran lo que pasó, que atribuyeron a Chávez --víctima de aquella conjura-- la responsabilidad.

2º.) Con tan obvias diferencias que definen actitudes respecto a la democracia y el Estado de derecho, no puede extrañar la radicalización de las posiciones. La brecha entre unos y otros se profundiza, con la particularidad de que el chavismo reivindica la institucionalidad revolucionaria y la defensa de la Constitución, en tanto que sectores de oposición no terminan de cortar las amarras con la aventura subversiva, la del 11-A, el sabotaje petrolero, las guarimbas, el terrorismo e, incluso, la absurda decisión --en la línea de la conspiración permanente-- que la condujo a abstenerse en las elecciones para la Asamblea Nacional del 2005.

3º.) Semejante conducta de la oposición --con obvias diferencias en su seno-- presagia sorpresas. Unas se relacionan con el hecho de si ese sector participará en los comicios del 26-S, una vez que ajuste sus cálculos a la realidad. Ya que la encuestología tarifada, la de ciertos profesionales del ramo expertos en engaños, estimula el optimismo y lo potencia a niveles de triunfalismo.

4º.) Aquí cabe la pregunta con la que titulo esta columna: ¿qué va a pasar? Descifrar lo que puede ocurrir es tarea que mantiene el suspenso. Pero hay algo claro en la perspectiva del 26-S: lo que hará el chavismo, involucrado en el proceso con elecciones de base en todas las circunscripciones, con la participación de más de 3.500 precandidatos, no admite dudas. En concreto: el chavismo asume la vía electoral, y apuesta a la salida democrática como lo pauta el ordenamiento constitucional y legal del país.

5º.) ¿Y qué pasa con la oposición? ¿Es fiable una oposición que, a ocho años del golpe del 11-A y de la aventura contra la industria petrolera, aún muestra frustración por el fracaso y no clarifica su conducta institucional? La lógica indica que si esa oposición no tuvo escrúpulos para involucrarse en un golpe militar-empresarial, y, luego, en el sabotaje petrolero; que ya una vez optó por renunciar a la AN --en conexión con un plan desestabilizador que tenía en la manga--, sus designios son impredecibles.

6º.) Por tanto, hay algo a definir ahora y no cuando falte poco para 26-S. El chavismo participará en esas elecciones y afirma que respetará las reglas de juego, es decir, lo que consagra la Constitución bolivariana, la legislación sobre la materia y el árbitro: el Consejo Nacional Electoral. ¿Es esa la actitud de la oposición? ¿Se compromete ésta a respetar las reglas de juego, el ordenamiento jurídico y el CNE? ¡Que lo diga! Y algo más preciso: el chavismo dice que acatará cualquier resultado, incluyendo, por supuesto, el adverso. Como lo hizo en pasados episodios electorales cuando fue derrotado en Zulia, Miranda, Táchira, Carabobo, Nueva Esparta y algunas alcaldías. ¿Hará igual la oposición? ¿O luego de participar responderá, como siempre suele hacerlo, denunciando fraude? Una respuesta afirmativa de los dirigentes de oposición aceptando cualquier resultado ayuda a distender el clima político y desbloquea la relación de los dirigentes del sector con su electorado, el cual se debate en la confusión que generan sus equívocas actuaciones.

Los colombianos y nosotros

Con qué facilidad se confirma el divorcio que existe entre el liderazgo colombiano --en especial el uribista-- y el pueblo. El canciller Bermúdez y el titular de Defensa Silva, le pidieron a sus compatriotas no viajar a Venezuela. El vicepresidente Francisco Santos -- investigado por su relación con el narco-paramilitarismo-- avaló lo dicho por los ministros y agregó: "por ser colombianos los tienen en la mira; en unos casos los arrestan y en otros los matan". Menos mal que la respuesta a tan grotesco mensaje la dieron numerosos colombianos, entre otros el candidato presidencial del liberalismo, Rafael Pardo, quien no sólo tildó de "imbécil" a Bermúdez sino que calificó la medida de "equivocada e inútil" porque desconoce una realidad: "pedirle a los colombianos que no viajen a Venezuela demuestra ignorancia total de lo que es la frontera" (¡toma tu tomate!).

Pero se puede agregar que en Venezuela viven más de cinco millones de colombianos y que gran parte de ellos, indocumentados y maltratados en el pasado por oligarcas y terratenientes criollos, fueron nacionalizados y disfrutan de iguales derechos que los venezolanos desde que Chávez arribó a Miraflores. Además, que cerca de trescientos colombianos atraviesan a diario la frontera buscando la seguridad y el trabajo que le niegan en su propio país. Por tanto, la advertencia debería ser a la inversa: alertar a los miles de colombianos, víctimas de la violencia político-social por parte de la oligarquía, el Ejército y los narco-paras, del riesgo que corren en Colombia.
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Actualidad

José Vicente Rangel



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