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La ciudad y los pitbulls

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El Borges que leímos con admiración en Ficciones y El Aleph, se nos desdibujó  brutalmente el día que definió al criminal Augusto Pinochet como “la gloriosa espada de América”. Empero, su lectura nos sigue provocando los mismos asombros. Igual aprendimos a  separar –no es fácil ni siempre  posible- al Vargas Llosa novelista del actor político que  transmigró desde la izquierda a la  derecha más recalcitrante.

 

Vargas Llosa, mucho más que los banqueros hoy arruinados en sus propias burbujas financieras, es de los pocos neoliberales que siguen creyendo en la “libre competencia” y en ese fetiche consagrado como la “mano invisible” del mercado. En la pregonada invisibilidad y en la mano omnipotente hoy no cree ni el estafador internacional  Bernard Madoff, quien birló a sus colegas y yuppies del mundo unos 50 mil millones de dólares.  

 En un colegio militar de Lima, el narrador Varga Llosa pinceló la sociedad burguesa de su tiempo y denunció a sus perros. Hoy el escritor, en un salto mortal de la ficción a la realidad, está del lado de los canes cancerberos de su propio país. Lo de “propio” es un decir. Vargas Llosa se nacionalizó en su madre patria y se siente más español que el príncipe de Asturias. Y lo parece. Es el mismo blanco criollo del colonial Virreinato  del Perú, antes que el cholo montaraz y taciturno de los Andes peruanos.

 

Todo empezó con el Premio Internacional Rómulo Gallegos por La Casa Verde y la carta de Vargas Llosa a Haydee Santamaría, entonces presidenta de la Casa de las Américas de Cuba, a quien le preguntaba, como intelectual de izquierda, qué hacer con el monto del galardón burgués. La respuesta de Haydee sugería su donación a los movimientos revolucionarios de América Latina. A partir de esa sugerencia sobrevino el silencio de Vargas hasta su reaparición ya convertido a la derecha. Lo demás es su desplazamiento sostenido hacia el extremo de esta corriente.

 Su mejor servicio (o examen) lo prestó años después al gobierno derechista y represivo de Belaunde Terry. Este lo designó para presidir la comisión que se encargaría de investigar la masacre de ocho periodistas peruanos, allá en Los Andes profundos, en la selva de Ayacucho. En su informe, Vargas encubrió a los asesinos (los perros) y avaló la acusación militar contra campesinos peruanos. Los verdugos, oficiales y plazas de un ejército entrenado por los yanquis, quedaron “limpios” de polvo y paja. Para que la “verdad” del informe Vargas Llosa no fuera nunca desmentida, ese mismo ejército se encargó de fusilar a los testigos (reales o presuntos), unos 135 campesinos del departamento de Ayacucho. Luego fue el silencio, largo como las madrugadas asfixiantes y reprimidas de La ciudad y los perros.

 

 Ahora regresa a Caracas el novelista, en compañía (o comandita) de Lavin, un confeso pinochetista; Quiroga, ex presidente boliviano represor de campesinos e indígenas; de los autores del remoquete acomplejado de “perfecto idiota latinoamericano” (su propio hijo, yuppie añoso, y Mendoza) y otros desfasado neoliberales, quienes pusieron el maquillaje teórico y propagandístico del paquete fondomonetarista  y la economía de shock que llenara de sangre y muertes a los pueblos del tercer mundo, arruinara a sus países y provocara, en los devastados y convulsos años 80, lo que se denominó “la década perdida de América Latina”. Y vienen como si nada; o como diría una vecina de Lima, con su cara bien lavada.

 

Lo insólito, lo inverosímil, lo casi ficticio, es que vienen con el mismo discurso neoliberal, como si no hubieran transcurridos cuatro largas décadas desde que los perros, en los sueños de un joven cadete limeño, se lanzaran a devorar la ciudad. 


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Earle Herrera



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