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Para odiarte mejor, Eduardo Galeano

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Nuestro admirado amigo, Salvador Garmendia, novelista y cuentacuentos de primera línea, allá por el agitado 1969 escribía a su colega Eduardo Galeano: “Un setenta por ciento del país vive marginado de todo. En las ciudades prospera una atolondrada clase media con altos sueldos, que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente”. El texto garmendiano entró en el torrente de Las venas abiertas de América Latina.

Antes, Salvador preguntaba a su compañero de oficio: “¿Has visto un balancín, el aparato que extrae el petróleo crudo? Tiene la forma de un gran pájaro negro cuya cabeza puntiaguda sube y baja pesadamente, día y noche, sin detenerse un segundo: es el único buitre que no come mierda”. En verdad, el excremento del diablo fue bautizado “oro negro” y, antes de que el pajarraco lo digiriera, era enviado a precios viles

a la panza insaciable de Estados Unidos.

Revolver todo eso incomoda. De súbito, Eduardo Galeano se encontró como el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento. Sólo que ya todos conocíamos el hielo. El puesto de vanguardia que cobró su libro por un gesto de Hugo Chávez, estremeció a la derecha internacional, al escualidismo vernáculo y macdonald, como a esa intelectualidad masoquista y ambigua, ayer reprimida por AD y la oligarquía y hoy a la cola de esa oligarquía y de AD (léase pacto de Punto Fijo con sus nuevos agregados).

El libro de Galeano en manos de Obama resultó una imagen indigerible para los que se autodenominan “la sociedad democrática”. La intolerancia mediática se desató. Sus plumas y plumarios se lanzaron contra el ensayista y narrador uruguayo. A veces, la rabia los hizo errar. El Nacional publicó una entrevista a Isabel Allende y ésta se prodigó en elogios hacia Las venas abiertas de América Latina y su autor. No es casual que ella escribiera el prólogo para la edición en inglés de la obra citada.

“El caminó arriba y abajo América Latina –declara la novelista- oyendo las voces de los pobres y los oprimidos, así como las de los líderes y los intelectuales. Ha vivido con indios, campesinos, guerrilleros, soldados, artistas e ilegales; ha hablado con presidentes, tiranos, mártires, curas, héroes, bandidos, madres desesperadas y prostitutas pacientes”. Y agrega Isabel Allende que la obra de Galeano es “una mezcla de detalles meticulosos, convicciones políticas, aires poéticos y buena narración”.

“¡Es un panfleto!”, chilló aquí lo más cultivado de la herida intelectualidad escuálida. Otros líderes, sin argumento a mano para superar el despecho, dijeron que un presidente venezolano debía regalar libros de venezolanos, adiós cará. La envidia provocó estos desvaríos ultrapatrióticos de xenofobia literaria y chovinismo bibliográfico. Después dicen.

A ver si nos entendemos. Ortega y Gasset definió que el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita. Lukács comparó a este género con un juicio, donde lo que importa es el proceso y no la sentencia. Don Mariano Picón Salas dijo que se trata de un puente entre la poesía y la filosofía. Desde la acera narrativa y periodística, Gabriel García Márquez apuntó que el reportaje es como un cuento, con la diferencia de que los hechos son ciertos. Bien, ensayo, reportaje, crónica e historia es este libro formidable de Eduardo Galeano; esa misma obra que a 38 años de su primera edición, nos acaba de mostrar en toda su nítida pequeñez, las venas tapadas de la intolerancia. Después dicen.

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Earle Herrera



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