Para los que sufren afuera

Carta de esperanza a los países hermanos

Ganamos la enmienda; se aclaran las aguas, se baten cada vez menos las blancas brumas en la cresta de las mansas olas, se aliviana la brisa y el sol brilla en la aurora con unos destellos alegres y abrazantes. Huele a patria, a tardes floridas de febrero y a cantos de niños jugando a la ronda bajo el frondoso samán que adorna la plaza. El soldado de la idea vuelve la vista al arado y el verdor de la tierra le invita entusiasta a acariciarle en su lozana tez con ánimo de brindarle frutos de esperanza y paz.

Atrás quedaron los furiosos embates de una lucha electoral inclemente donde pocos quisieron domar el potro del descontento y osaron monopolizar los derechos del pueblo en función de una hegemonía administrativa que, en la vera del camino, había dejado a la moral y la igualdad. Allá quedaron en las sombras del camino los rencores inflexibles que en otrora ahogaron en confusión el ímpetu de libertad que cada humano lleva como una prenda del alma.

Hoy las afanosas manos, infieles a los caprichos de la sicótica hipnosis colectiva, se buscan calurosas en procura del afecto perdido en los aciagos días del gratuito odio, la soberbia y la porfía, emergen las sonrisas espontáneas como ansias de unión cual mañana decembrina y empezamos a pensar en el perdón como, el más preciado don de los seres que han comprendido que el humano espíritu está signado por el amor.

Es este el más anhelado de los deseos de la familia bolivariana, despertar una mañana, oler la paz de un pueblo capaz de superarse siempre a sí mismo, un pueblo hermano, en una casa grande donde todos cabemos y el pan y el sol abundan para todos, y esto por supuesto no es una utopía, es que en diez años de existencia nosotros en revolución, como familia, lo hemos logrado, en nuestras calles convergen un caudal de ríos ideológicos en una armonía divina, sublime y gallarda, es que acá nadie sacrifica sus principios, Venezuela no sesga mensajes ni impone líneas políticas, nuestros gobernantes tienen una fórmula sencilla, El Respeto a la dignidad humana.

Este mes; cuando Chávez con sus diez años ya está inscrito en la historia, requiere más que nunca, de la sapiencia de sus progenitores del pueblo, de la protección de sus padrinos de ideas y de la comprensión de sus hermanos bolivarianos. ¡Miren que los queremos amigos!, como aman los padres a quienes aman a sus hijos, ¡miren que ustedes existen para nosotros!, que cada mañana elevamos una oración sincera por sus familias, y le endosamos el mayor deseo de prosperidad y salud. No nos dejen nunca que apenas empezamos a andar, estamos en la edad de formarnos el alma y fomentarnos valores, de definir arraigos y conocernos por dentro sin despertar rubores.

Esta misiva, un tanto singular, tiene una original misión, que nos acompañen a mirar un poco, para oírnos un poco más, con menos palabras y más corazón, con más andar juntos que ir al mismo lugar, porque cuando los caminos son tantos los encuentros son pocos, porque a veces preferimos sentir que decir que sentimos, porque mucho se llena el pecho bajo la luz del farol, junto a los nuestros mirando un viejo álbum de fotografías, cada quien soñando con aquellos días, sin salir del hogareño techo, aferrándose a luz de la vida y navegando entre sueños de libertad que hemos estado formando para la América.

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