(La Habana; 15 de enero de 2004). A menudo un gesto vale más que mil
palabras. Y aunque no faltaron palabras del presidente venezolano Hugo Chávez en
la Cumbre de las Américas realizada en Monterrey, su decisión de salir de México
con rumbo a La Habana en las últimas horas del martes 13 tuvo el peso de los
símbolos que trascienden toda otra forma de expresión.
Seis horas antes de que en la madrugada de hoy Fidel Castro recibiera en el
aeropuerto José Martí a Chávez y su comitiva, éste había echado a rodar algo
que, con mucha probabilidad, podría convertirse en una bola de nieve rodando
desde la cumbre al abismo al que han sido condenadas las mayorías en América
Latina y el Caribe: “¿por qué se ha excluído a Cuba de estas reuniones? si
hablamos de democracia ¿por qué no convocamos a nuestros pueblos a un referéndum
para saber si quieren o no que Cuba esté aquí?; en África, cuando en una
oportunidad se quiso reunir desde Europa a todo el continente pero excluyendo a
Zimbabwe, un grupo de países dijo: ‘si no invitan a Robert Mugabe, no vamos
nosotros’; ¿por qué no podemos hacer lo mismo nosotros?”, dijo Chávez en una
conferencia de prensa posterior a la clausura de la cumbre.
Antes, el presidente venezolano había tomado la palabra en la primera sesión
de trabajo de la Cumbre frente a los 33 mandatarios del hemisferio, para decir
que en Cuba había adelantos sociales extraordinarios y que gracias a la ayuda de
este país Venezuela había alcanzado, en el último año, conquistas sobresalientes
en materia de salud y educación. George W. Bush dio un respingo, puso su
expresión habitual, pero no reaccionó.
Si aquello era mucho más de lo que jamás se había visto en las tres reuniones
previas, nadie hubiese imaginado que la acción se uniera a la palabra y Chávez
fuera a completar la Cumbre de las Américas visitando a Fidel Castro. Pero eso
fue exactamente lo que ocurrió: a las 2 de la madrugada de ayer, miércoles 14,
mientras el canciller cubano Felipe Pérez Roque intercambiaba opiniones sobre la
reunión de Monterrey y la situación internacional con la comitiva venezolana,
los presidentes de Cuba y Venezuela iniciaron una conversación que terminaría
cuando el sol anunciaba un día luminoso en La Habana.
En esta Sesión Complementaria de la Cumbre Extraordinaria, el tema fue
precisamente la novedad que estalló en Monterrey: en Suramérica hay ya un bloque
de oposición a la prepotente voracidad estadounidense. Con centro objetivo en
Brasil -la mayor economía de la región y más que ninguna amenazada por la
exigencia de Washington de crear un Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA); con motor en Venezuela y ahora con el ingreso de Argentina, una pieza
por la cual el Departamento de Estado estuvo dispuesto a arriesgar más de lo que
la más elemental lucidez diplomática aconseja; con el aporte de Paraguay y de la
mayoría de los países de la Comunidad Caribeña (Caricom), se conformó
espontáneamente una fuerza que, para sorpresa de muchos, superó las brutales
presiones y amenazas de la Casa Blanca y produjo otro revés de proporciones al
gigante imperial.
Esta fuerza regional expresada por gobiernos de diferente signo existe desde
hace más de cuatro años. Ha producido en ese período un cambio nítido en el
cuadro de situación hemisférico y su logro más importante es haber impedido a
Estados Unidos la consumación del ALCA. Pero por primera vez actúa exitosamente
en un escenario concreto y visible para todo el mundo. No podría ser más
heterogéneo y quien apostara sin más a su cohesión y consolidación llevaría
antes de no mucho tiempo la misma desmentida que reciben ahora aquellas voces -a
uno y otro lado del espectro ideológico- que con terquedad digna de mejor causa
negaron su existencia.
Iniciativa política
Como quiera que sea, el hecho está ahora como dato fundamental para
interpretar el complejísimo panorama que dominará el continente –e impactará con
fuerza sobre el conjunto de relaciones internacionales- durante todo un período.
La visibilidad del fenómeno se produce porque por primera vez, tras haberle
arrebatado a la Casa Blanca la iniciativa política hemisférica con la reunión de
presidentes suramericanos en Brasilia, a mediados de 2000, ahora en Monterrey
Washington sufre los efectos encadenados de una dinámica cuyo control ha
perdido. Para comprobar esta afirmación basta ver los temas centrales que se
imponen en la agenda de la política hemisférica y en las propias cumbres que se
suceden con diferentes nombres y contenidos. ¿Alguien recuerda hoy el fantasma
al que los técnicos del Departamento de Estado bautizaron como “narcoguerrilla”,
para ocultar tras la amalgama el propósito en marcha de ingresar militarmente a
la región mediante el Plan Colombia? Al menos no lo recuerdan quienes lo
impusieron histéricamente desde la prensa comercial durante años. Ahora los
temas son... ¡el combate a la exclusión y la mediterraneidad de Bolivia!
Más aún: la declaración de Monterrey incluye una mención a la “democracia
participativa”. Sólo quien conozca los debates ocurridos en la Cumbre de Quebec,
en 2001, hasta que se concluyó negando la inclusión de esa frase exigida por la
delegación venezolana, podrá medir con aproximación la magnitud y el sentido del
tramo recorrido.
Fue la insurrección de Bolivia que depuso al gobierno elegido un año antes la
que ofreció la oportunidad de pasar a la ofensiva política a gran escala. Lo
hizo Chávez cuando en la Cumbre Iberoamericana, realizada en Santa Cruz de la
Sierra a mediados del año pasado, lanzó la línea estratégica mediante una
expresión de apariencia inofensiva: “me dará mucho gusto tomar un baño en las
playas del mar de Bolivia”.
En estas reuniones presidenciales, aunque incómodo es relativamente sencillo
hablar del combate a la exclusión social: no se trata de incluir masas
desposeídas, marginalizadas y explotadas, sino un párrafo más en el documento
final. ¿Pero qué hacer cuando se impone algo tan sencillo como devolver el
territorio arrebatado a un país por la fuerza, que además está no sólo en la
memoria histórica de Bolivia sino en la candente coyuntura política, a causa de
la necesidad de una vía directa y propia para exportar al mundo el gas excedente
con el cual podría financiar un proyecto de desarrollo económico y
reivindicación social?
El presidente chileno Ricardo Lagos perdió el control hasta de su propia
conducta en la última sesión de trabajo en Monterrey y transformó el punto en
una línea divisoria cuyas derivaciones sorprenderán a partir de ahora. “Chile no
tiene cuestiones pendientes con Bolivia”, dijo con la sangre encendiéndole el
rostro. Chávez calló en el momento y comentó luego, en la conferencia de prensa
aludida, que le había costado un gran esfuerzo hacerlo. Pero ante un medio
centenar de periodistas de todo el mundo dijo: “Qué vergüenza. Lagos...
socialista, negando lo que todo el mundo sabe y que hasta la Organización de
Estados Americanos (OEA) ha puesto reiteradamente como una exigencia
inaplazable”.
Todo un entramado de afinidades, definiciones y alianzas en Suramérica está
replanteado ahora por imperio de la definición que gravitará sobre la política
regional a partir de ahora: resolver o no, y de qué manera, la salida de Bolivia
al mar. No hace falta decir que de esta respuesta depende la suerte inmediata
del presidente Carlos Mesa y, con ella, los efectos de la onda expansiva de un
nuevo colapso político en Bolivia.
El futuro a la vista
Pero Fidel y Chávez no limitaron su actividad a la Sesión Complementaria de
la Cumbre de las Américas. Por la tarde ambos presidieron un acto en el Teatro
Karl Marx de La Habana, ante unos 2500 estudiantes de Trabajo Social y de
Medicina, 1800 de ellos venidos desde Venezuela y a punto de completar el curso.
El encuentro tuvo el colorido imaginable de una masa juvenil cantando consignas
revolucionarias y dando expansión a la alegría. Pero hubo un condimento
adicional. Nadie sabía que Fidel y Chávez estarían allí. Cuando a las 18 horas
se levantó el telón y la sorpresa quedó a la vista, la explosión de los 2500
jóvenes que después de segundos interminables tomó cuerpo en la consigna
“Alerta, Alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina” estremeció
el corazón de todos quienes participaron de ese otro símbolo, acaso más
elocuente aun que el gesto de Chávez al viajar a Cuba.
Luego hablaron Fidel –apenas una introducción de pocos minutos- y Chávez, con
una prolongada exposición coloquial donde habló con aquella juventud para
resumirles la situación internacional e interna venezolana.
Puestos una frente a otra la Cumbre de Monterrey y el acto en el Karl Marx la
conclusión se impone con la fuerza de las evidencias: allá, el pasado que muere;
aquí, el futuro que pugna por nacer.
(*) El autor es director de América XXI
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