En días pasados salió
una noticia que comentaba la supuesta propuesta del Mono Jojoy (FARC-EP)
de sostener conversaciones directas con los generales colombianos. Días
después las FARC-EP anunciaban, reiterando, su permanencia en la “lucha
armada”. Las propuestas del Comandante Chávez Frías sobre lo histórico
de la lucha armada en los presentes momentos revolucionarios siguen
en el debate continental.
La supuesta propuesta
del Mono Jojoy no implica, per se, dejar la lucha armada aunque si,
suponemos, suspender, temporalmente, la lucha armada en un marco de
conversaciones directas entre sectores militares de ambos estamentos
militares. Nos agrade o desagrade, las FARC-EP son un ejército con
la estructura militar correspondiente a unas fuerzas armadas. Pero la
propuesta, necesariamente, pasa por el sector civil que estaría involucrado
en el tema a conversar (suponemos que se podría tratar del canje de
prisioneros y unas posibles conversaciones para alcanzar la paz en Colombia).
Es decir, que son conversaciones cívico-militares.
En ese marco, existen
dos visiones sobre la participación de los civiles en asuntos militares.
La tradicional capitalista de buscar la no participación, en las negociaciones
militares, del sector civil; aunque, directa y/o indirectamente, el
sector político siempre, íntimamente, relacionado con la industria
militar, esté involucrado en las conversaciones y, en última instancia,
busque imponer las tesis necesarias y convenientes, económicamente,
para alcanzar los acuerdos de paz correspondientes. Lo conocimos cuando
las conversaciones de paz entre los Estados Unidos de América y el
Vietnam, cuando Henry Kissinger, promotor de dichas conversaciones de
paz en París, decidió (sic) ordenar el bombardear la capital Hanoi
de la llamada, occidentalmente, Vietnam del Norte. Lo observamos cuando,
recientemente, el Congreso de los Estados Unidos de América interpeló
al general responsable de las tropas y acciones militares en Iraq, general
Dan Petraeus, junto al Embajador de ese país, imperial e imperialista,
ante el gobierno de Bagdad; una interpelación de los congresistas norteamericanos
a la representación cívico-militar del Gobierno de George W. Bush,
hijo.
Cuando se instituyó
la Academia Militar de Whampoa, cercana a la ciudad de Cantón, al sur
de China, nombrando al militar graduado en la escuela militar japonesa,
Chiang Kaishek, como su director, el sector civil (léanse: los partidos
políticos: Guomindang y Partido Comunista Chino) lograron imponer,
por acuerdos negociados, a Zhou Enlai como Comisario Político de la
Academia. Entre los profesores se encontraba, además de los asesores
rusos soviéticos, aceptados por el líder del partido socialdemócrata,
el Guomindang, Sun Yatsen, a quien se convirtiera después de 1935 en
el máximo líder del Partido Comunista Chino, Mao Zedong, quien estuvo
dictando clases sobre la situación del campesinado chino. Después
de la Larga Marcha, Mao Zedong, entendió que eran necesarias unas fuerzas
armadas bien entrenadas, con conciencia nacionalista, conciencia de
clase e ideológicamente sólidos en los objetivos a conquistar que
era, en última instancia, devolverle la dignidad al pueblo chino perdida
por las acciones imperialistas de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos,
por mencionar entre las 14 Potencias que subyugaron a China durante
100 años. Mientras que Lin Biao era militar, Deng Xiaoping era el civil
con funciones de comisario político de las fuerzas armadas chinas.
Una vez derrotado el imperialismo y a Chiang Kaishek, el Partido Comunista
Chino, por las condiciones de su revolución, incorporó a un número
importante de militares en las decisiones de Estado que se iban poniendo
en práctica por el nuevo Gobierno revolucionario y socialista.
Así como en todo conflicto
bélico cuando se trate de alcanzar un diálogo que busque la paz entre
las partes, es necesaria la participación de ambos sectores, civil
y militar; lo mismo ocurre con las revoluciones socialistas, en ejercicio
del Poder, tal como las entendemos, intelectual y en su praxis, en los
actuales desarrollos históricos. La necesaria y obligada unidad cívico-militar,
cuando de revolución socialista se trata, tiene una importancia fundamental
en la consecución de los objetivos político-estructurales que se buscan
alcanzar; prueba de ello es la incorporación plena de la Fuerza Armada
Bolivariana en las Misiones, a título de ejemplo. Pero tales funciones
de Estado no son, únicamente, las lógicas obligaciones, en el marco
de la Revolución Bolivariana, que tiene y ejerce, la Fuerza Armada
Bolivariana; como tampoco debería ser para el sector civil abocarse,
solamente, a los asuntos, estrictamente, de carácter cívico-administrativo
y de educación de las organizaciones sociales.
Es en base a las ideas
precedentes que es necesario elevar las siguientes preguntas ¿Cómo
se logra una coordinación entre el sector civil y el sector militar
cuando se desarrolla un proceso socialista, nacionalista, humanista
y revolucionario? ¿Cuál es la metodología de negociación que implementa
el sector militar (teoría de la negociación militar); cuál es la
metodología del sector civil en las conversaciones con el sector militar?
¿Cuáles son las políticas y objetivos que son comunes a ambos sectores:
civil y militar; cuáles serían las contradicciones que surgen en la
búsqueda de acuerdos entre las partes y cómo negociar los diferentes
tópicos, situaciones y acciones en el marco de las conversaciones cívico-militar?
¿Cómo piensan alcanzar los diferentes objetivos de la revolución,
uno y otro sector, y qué los une y cuál los separa en la consecución
de los objetivos propuestos? ¿Cómo entienden el concepto “socialismo”
el sector militar y cómo lo interpreta el sector civil? ¿Cómo debería
llevarse a cabo el diálogo entre ambos sectores antagónicos? ¿Se
comprende, a lo interno de ambos sectores, que en una revolución socialista,
las tesis del capitalismo sobre la “subordinación del factor armado
al sector civil” no es viable por el mismo carácter de la revolución
socialista? ¿Cuál y cómo implementar las ideas del “socialismo
a la venezolana” en ambos sectores? En última instancia, ¿cómo
alcanzar el equilibrio obligado y necesario entre ambos, tan diferentes
sectores, para alcanzar los objetivos de Estado que se ha propuesto
lograr la Revolución Bolivariana liderada por el Comandante Chávez?
Para poder alcanzar la
unidad cívico-militar se debería comenzar por analizar las realidades
precedentes que han sustentados las relaciones entre el sector civil
y el sector militar. Durante la 4ta República, las relaciones entre
ambos sectores sociales eran “asimétricas”. Se desarrolló una
“indigna” relación de subordinación del sector militar al sector
civil utilizando éste último lo que denominamos como los “ascensos
de Palacio” cuando el llamado “cogollito” (no cogollo) de los
partidos del status tomaban las decisiones políticas que buscaban mantener
la estabilidad de los intereses propios de la distribución injusta
de la riqueza de la República (Es necesario precisar que ni la sociedad
civil ni la militar participaban en tales decisiones; como tampoco participaban,
los cuadros de los partidos tradicionales; como tampoco se tomaban en
cuenta otros asuntos de importancia para el Estado).
En ese orden de ideas,
durante la 4ta República, el sector militar fue transformándose de
un ejército de “dispare primero y averigüe después” a la intención
externa y ajena a la República de transformar tanto la doctrina como
las funciones de las llamadas Fuerzas Armadas en “policías de punto”
con el objetivo de cumplir funciones de “represión social” hasta
“buscadores de droga” (caso actual en Perú). Mientras que el sector
civil, políticamente comprometido con la dignidad nacionalista anti-imperialista,
los pobres, la dignidad del ser humano y el socialismo de aquellos tiempos
históricos, reaccionaron violentamente desarrollándose una confrontación
militar. Consecuencia de esa confrontación entre el sector civil y
el estamento militar son las “heridas” que aún se mantienen en
“actos judiciales” no superados.
En ese marco, es casi
natural, para no permitirnos decir, de lógica absoluta, las contradicciones
que podrían estar presentes en las relaciones entre ambos sectores
de la sociedad venezolana. Es decir, que aún cuando está presente
la línea política de la “unidad cívico-militar” no se han logrado
superar las contradicciones históricas aun existentes para poder dar
el “salto hacia adelante” en función de alcanzar las bases en que
se sustentan las políticas de Estado en el marco de los objetivos de
la Revolución Bolivariana. No nos permitimos realizar un análisis
del pensamiento militar en cuanto a la propuesta de “unidad cívico-militar”
pero una referencia que podría servirnos para comprender las “actitudes”
del sector militar sería orientar nuestro análisis sobre la opinión
del carácter de la “reserva” dentro de esa filosofía militar revolucionaria
en el marco de los objetivos revolucionarios y de Estado del significado
no tanto de la “reserva” per se sino de su componente civil.
Por otro lado, es evidente
el “infantilismo revolucionario” de sectores civiles de la Revolución
Bolivariana hacia el sector militar. Esto es necesario aceptarlo para
poder lograr el análisis objetivo de la unidad a alcanzar en función
de esa relación necesaria “cívico-militar” sobre la base de las
políticas de Estado en desarrollo. Quizás el reciente viaje del Comandante-Presidente
Chávez Frías a diferentes países de Europa y los importantes temas
tratados al más alto nivel, temas tanto de carácter militar como civil,
que están siendo “frenéticamente” criticados por la contrarrevolución,
podrían servir como agenda para que ambas sectores, civil y militar
revolucionarios, analicen los alcances de esos objetivos geopolíticos
propuestos por el Comandante en Jefe de la Revolución Bolivariana.
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