Usualmente
no salgo en Semana Santa y, si lo hago, regreso a mi ciudad natal el
jueves santo a más tardar, de manera de evitar el tráfico infernal
que se forma en las autopistas y carreteras, por el desplazamiento de
millones de personas, que huyen de sus sitios de vida diaria en búsqueda
de la tranquilidad y el reposo necesarios. Ya el cambio de ambiente
significa un descanso mental; si, además, se acompaña de playas, piscinas,
novedosos paisajes, hermosos pueblos, montañas, parques, ríos, actividades
inusuales, bosques y selvas, monumentos históricos o naturales, juegos,
comidas típicas y los consiguientes “traguitos”, el disfrute total
está más que garantizado. Estos pocos días de esparcimiento se han
vuelto muy importantes en la recuperación física y mental del venezolano
de los efectos nocivos producidos por su vida diaria.
Y es que la
vida en las grandes ciudades se ha transformado en un sufrimiento para
los venezolanos. Nuestras ciudades, lejos de ser sitios para ser vividos
y disfrutados, se han convertido en lugares inhóspitos diseñados exclusivamente
para el trabajo y, particularmente, para la explotación del trabajo.
No existen en ellas adecuados y suficientes sitios para el descanso
y la recreación cotidiana. Los parques son insuficientes para el total
de la población, las calles y avenidas no tienen la calidez y belleza
requerida, ni han sido pensadas en función de la gente, por lo que
caminar se convierte en un acto heroico, difícil y peligroso, otras
veces tedioso, entre baches, huecos, buhoneros, basura, vehículos y
motorizados infractores o, en los casos más graves, delincuentes que,
en un abrir y cerrar de ojos, te pueden arrancar la vida.
En las grandes
ciudades venezolanas, los centros comerciales han devenido en los únicos
sitios de descanso, disfrute y recreación de la gente, donde jóvenes
y viejos van, más que a comprar, a caminar, pasear, al cine, ver las
vidrieras y comer o beber algo liviano, entre otras cosas porque son
los sitios más seguros de las ciudades. Son muy pocos los esfuerzos
del Gobierno para hacer de las ciudades valores de uso y no sólo de
cambio. Es por ello que decisiones como las del alcalde Bernal, en relación
con los buhoneros de Sabana Grande y del centro de Caracas, son bienvenidas
por la inmensa mayoría de la gente. También las del alcalde López
en Chacao en relación con calles y avenidas de ese municipio.
Si las grandes
ciudades garantizaran un ambiente agradable y seguro para sus habitantes,
posiblemente no se producirían las usuales estampidas de gente en carnavales,
semana santa, navidad o cualquier otro feriado transformado en “puente”.
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