Esos no son los restos de Bolívar

E1 Bergantín Manuel, que traía al Libertador de Sabanilla, ha llegado a Santa Marta en la noche del miércoles l° de diciembre de 1830. Está muy mal Bolívar, los amigos que le rodean descubren en sí mismos cierta vergüenza, un ahogo lacerante, un silencio sobrenatural. Bolívar está hecho un cadáver, lívido, descarnado, al borde del mundo invertido de la imperfección: “Encomiendo mi alma a Dios -dirá en su testamento-, nuestro Señor, que de nada la creó, y el cuerpo a la tierra de que fue formado...”

E1 viernes, 10 de diciembre, comienza cierta movilización para organizar los funerales. Había dicho Bolívar en su testamento que dejaba a “disposición de las albaceas mi funeral y entierro y el pago de las mandas que sean necesarias para obras pías, y estén prevenidas por el gobierno.”

Pero cuando se dirigen al gobierno para conseguir las tablas y los clavos para la urna, las autoridades se niegan a darlos. Se crea una comitiva para hacer una colecta para preparar el entierro, en la que se encontraban los señores José Manuel Valdés, José Jimeno y José Carreño. A pocas cuadras se toparon con el coronel Joaquín Mier, quien se les apareció como un milagro. Al contarle lo infructuoso de las gestiones Mier aconsejó visitaran la cárcel de Santa Marta. Allí podían encontrar ayuda.

Bolívar había pedido en su testamento que sus restos fueran llevados a la ciudad de Caracas. Aquello era difícil. Los amigos de Bolívar pensaban que con la muerte se podía conseguir alguna forma de reconciliación con Páez; tal vez se apiadara un poco del cuerpo ya inerme del infatigable luchador y permitiría que se cumplieran los deseos de aquel testamento. Ilusión vana. Páez no quería a aquel muerto ni en broma, ni en pintura.

Iba aquel grupo de amigos silenciosos, unidos por un hombre que habían conocido y admirado y cuyas glorias tenían un peso y una proyección simultánea y permanente en todos los colombianos. Sí, las tablas y los clavos dorados y las cabuyas eran necesarios para cerrar con una costumbre de siglos la simple trayectoria de un hombre. Inverosímiles y grotescos eran los movimientos que hacían nuestros amigos para organizar los funerales de Bolívar; pero así es la vida. Tal vez la prolongación de la vida de algún preso moribundo facilitaría un cajón. El alguacil, generoso, ofreció una ayuda; pero no suficiente para cubrir siquiera la tercera parte de los gastos. De la colecta se conoce una lista fechada e1 12 de diciembre que puede verse en e1 libro de Gabriel Pineda “Bolívar frente a la muerte”, que nos habla de pequeñas contribuciones, hechas en pesos sencillos que se componía de ocho reales. Una tal María Telésfora Romero, vendió al señor Diego Sojo media docena de tablas por siete pesos y que se utilizarían para e1 ataúd. E1 mismo Sojo compró a Narciso Góngora 525 clavos por 2,05 pesos, 600 tachuelas por 1,04 pesos, 50 de las doradas por 1,02, hilo de carreto, hilo negro, 4 cabuyas, etc.

Ya para el 14 de diciembre la urna estaba casi lista; restaba saber dónde se enterraría. Aquí se inicia otra serie de consultas, hasta que finalmente los Díaz Granados -que también habían contribuido para hacer la urna- ofrecen un sepulcro, propiedad de la familia, ubicado al pie del altar de San José, en la catedral de Santa Marta. Finalmente, el 17 de diciembre, a la una de la tarde, muere el Libertador.

El reducido grupo de amigos de Bolívar consiguió entre los vecinos una camisa limpia para sepultarlo decentemente. Aquella muerte, al mismo tiempo, iba a traer muchas alegrías secretas, otras viles, que no pudiendo contenerse iban a estallar en las grotescas revelaciones de un tipo americano pérfido, infernal, común denominador de los grupos partidistas. El 21 de enero llega a Maracaibo la noticia, y el gobernador Gómez, no pudiendo contener su contento, corre a dar la b u e n a nueva a su gobierno: Todos los informes y todas las noticias están acordes; me apresuro a participar al gobierno la nueva de este gran acontecimiento, que seguro ha de producir innumerables bienes a la causa de la libertad y felicidad del país: Bolívar , el genio del mal, la torcida de la discordia o, por mejor decir, e1 opresor de su patria, ha dejado de existir y de promover males, que sin cesar llovían sobre sus compatriotas... Su muerte que en otras circunstancias, hubiera sido un día de duelo para los colombianos y les hubiera impresionado dolorosamente, hoy es motivo poderoso de regocijo, porque viene a constituir la paz y la tranquilidad de todos... Me congratulo con Usía por tan plausible noticia. . .

En el sepulcro, propiedad de Díaz Granado, fue enterrado el Libertador, el día lunes 20 de diciembre. No se puso ninguna lápida en la tumba sino meses más tarde. Después el capitán Joaquín Anastasio Márquez donó una lápida que hizo tallar e inscribir en los Estados Unidos; pero para entonces, ¿se encontraban los restos en la bóveda de los Díaz Granado?

Misterios. ¿No era acaso el cuerpo muerto de Bolívar como el de cualquier otro muerto: polvo, cenizas, barro? Es posible, seguramente no hay ninguna diferencia; pero… ¿quién ordenó el traslado? Se dice que Manuel Bizais, aunque en esto hay también dudas. Pero la naturaleza, que nunca se equivoca, se adelanta a las hipocresías, y en 1834 un terremoto sacude a Santa Marta y destruye parte de la nave de la catedral. Al parecer se hacen nuevos cambios de cadáveres y sigue uña serie de insólitas confusiones y dudas.

Años más tarde, en 1842, el mismo Páez ordenó el traslado de los restos del Libertador a Caracas, y según todos creen ahora, se encuentran en el Panteón Nacional, de esta ciudad. Pero la naturaleza, alerta, hizo su trabajo: no permitió que aquellos venezolanos, aduladores de Morillo, infames soldados de Boves -más tarde soldados de Páez-, esclavos de Morales y Calzada, serviles alcahuetes de Mariño, Santander, Obando y demás "liberales", fueran a su tumba hipócritamente a hacer honores decorativos en presencia de sus restos. Por más de cien años estuvieron orando, discurseando, sobre el polvo de algún bellaco granadino o realista, muy propio y adecuado para intrigantes partidistas. Ironías y bromas del destino. En fin, hay uña burla, un adulterio moral, una desgraciada confusión, una historia culpable y vergonzosa.

Antes de terminar quisiera decir algo sobre el doble fondo patético y trágico de la huida y de la muerte de Bolívar y Tolstoi. Al final recibieron las extrañas exequias que hablarían de un estado de contrariedad y de ironía eterna que está detrás de todas las vidas geniales: Tolstoi, que fue casi siempre un hombre encerrado en su cuarto de trabajo, reescribiendo hasta catorce veces una misma novela, un humanista, moralista y religioso alejado de los tumultos, murió rodeado de una mayoría de fantoches y fanáticos religiosos; gente frívola, imitadora de toda moda, carente de personalidad, sin decisiones propias; delegaciones oficiales, turistas, cameramen; en general, gente disipada, desorbitada y tonta. Por el contrario, Bolívar, hombre público por más de veinte años, pero tan solitario como Tolstoi en los asuntos de profunda trascendencia moral y espiritual, murió rodeado de unos pocos amigos; abandonado de los miles de soldados que dirigió, de los políticos que formó; rodeado sólo de desierto y abandono; aislado de los pueblos lejanos que le alabaran y vitorearon, y de las mujeres que le amaron. San Pedro Alejandrino, e1 17 de diciembre de 1830, fue un lugar silencioso, triste y oscuro como el fin que nos espera a todos... ¡Vaguedades del eterno adiós!

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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