El General Manuel Piar opina sobre su fusilamiento (III)

Nota: Debemos recordar que, en la primera entrega de este trabajo, ahora en la tercera y última, advertí que había en él elementos de ficción, pese a tratar sobre un hecho histórico y que por esto no era ajeno a referencias bibliográficas y documentales. No quise hablar de historia estrictamente porque me gusta un poco la fantasía, y esto me propuse hacer. Pero repito, con honestidad lo advertí. No hay nada que discutir.


El General Soublette ha terminado de leer la sentencia del Consejo de Guerra. El pelotón de fusilamiento está en los últimos preparativos. Sólo el ruido metálico de los fusiles rasga el denso silencio que me envuelve, mientras el sol declina en esta bella y estratégica Angostura. Mañana, para fortuna mía, el Jefe Supremo promulgará la Ley de repartición de Bienes Nacionales, mediante la cual se premiará los oficiales y soldados por sus servicios a la patria americana. La lucidez del General Bolívar encontró oportuno anunciar esa medida pocas horas después que me fusilen, como una manera de provocar un equilibrio emocional en los hombres que me quieren y aprecian; bien por ser conocedores de mi dedicación y empeño por la justa causa o haber compartido conmigo las incomodidades y riesgos de la guerra,

Se me hace más sofocante el calor de esta tarde de octubre en Angostura, cuando recuerdo los argumentos del General Soublette. Dijo el compañero de armas, que los testigos presentados por él son idóneos, pese a que como ya dije, son mis enemigos. Y agregó de inmediato que yo había proyectado – esta versión es textual- y puesto en ejecución una conspiración cuyas consecuencias habrían sido la ruina de la República. Luego se dedicó a hacer especulaciones que presentó como verdades irrefutables. Hasta llegó a contradecirse cuando dijo que, entre mis papeles, no se encontraron planes, listas ni correspondencia alusiva a la conspiración. Pero insistió en que puse empeño en encontrar quien abrigase mis intentos y largó una frase que revela todo el temor que Soublette y el sector más conservador del movimiento independentista anida en su conciencia. Dijo el fiscal que por mi acción conspirativa, rotos los lazos de la sociedad, no habría podido contener a mis cómplices, aunque lo hubiese intentado y yo mismo me habría ahogado en sangre. ¡Esa febril declaración muestra cuánto miedo provoca a los mantuanos el solo pensar que los oprimidos y sojuzgados tomen conciencia de sus derechos! ¡Curiosa coincidencia con Morillo!

De nada valió la lúcida defensa del Teniente Coronel Fernando Galindo. ¿Por qué el tribunal desdeñó sus argumentos? ¿Cómo es posible que aquellos hombres juiciosos, formados en la guerra, amantes de la justicia, sensatos y nada desprevenidos pudiesen creer, como alegó el defensor, que el General Manuel Piar iba a invitar a conspirar precisamente a enconados enemigos suyos? ¡Soy el único conspirador que conoce la historia que no intentó incorporar a su causa a sus amigos íntimos, en cambio optó por quienes le odian!

Creo tener muchos defectos, pero no el de tonto. Y esto sería si estando inmerso en una conspiración entrego mis armas y mis hombres y, si aspirando ganar el fervor popular para esa causa, abandono el escenario más importante de la República y me voy a esconder en el último rincón de la tierra. Por eso dijo Galindo, ¿Puede ser conspirador el que deja el mando de la primera y más brillante división que nunca ha tenido Venezuela para retirarse a la triste población de Upata?

¿Cómo entender que estaba promoviendo una sublevación contra los blancos y mantuanos del ejército independentista y no obstante, me desprendí de una fuerza integrada por hombres que me admiran y quieren y para más señas, son negros y mulatos en su mayoría?

Mientras los soldados dirigen los fusiles hacia mi, me reconforto pensando que mi muerte servirá para cohesionar al ejército patriota y para que el Jefe Supremo pueda consolidar su liderazgo. Con razón, él dirá más tarde a Perú de Lacroix que mi ejecución fue suficiente para destruir la sedición. Pero de antemano quiero invitarles a hacer la siguiente reflexión: ¿a cuál sedición estará dirigido el pensamiento de Bolívar?

De golpe todo se ha vuelto turbio. Una espesa oscuridad, mezclada en otras, como una cápsula me cubre. ¡Allá afuera, bajo un cono de luz brillantísima estàn los dioses!

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Eligio Damas


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