La campaña antichavista de los medios de comunicación privados ha logrado
cautivar a mas de un televidente, radioescucha y/o lector. La derecha ultra
reaccionaria no se cansa de tocar el "disco rayado" del "castrocomunismo", como
bien lo llamara el presidente Chávez, envenenando la conciencia de nuestra
exquisita clase media. Asimismo, aquellos viejos "izquierdistas-marxistas" que
al verse aplastados por el Muro de Berlín decidieron plegarse al discurso
anacrónico fukuyamista del fin de la historia pensando quizás que de esta manera
seguirían siendo considerados parte de la "intelectualidad venezolana", hoy
deambulan como zombis a la caza de algún medio fascista que le dé un segundo de
fama para atacar todo lo que les huela a izquierda y abrazar con la misma
ortodoxia de su pasado estalinista a la "toda-poderosa" globalización neoliberal
corporativa.
Es así como nuestra exquisita clase media e "izquierda neoliberal" – así de
contradictorio - se empeñan en llamar "idiota" a todo aquel que defienda los
ideales de libertad y soberanía, ya que para ellos, el poder del mercado es el
único parámetro moral que debemos atender; lo contrario, significa ser un
"retrograda" que nada contra la modernidad y la historia.
¡No me jodan!
Si para algo ha servido la campaña neocolonialista en Irak y Afganistán, la
opresión contra el pueblo palestino, las condiciones infrahumanas de la
población africana y la contraofensiva mediática del poder económico en América
Latina, especialmente en nuestro país, es para demostrar lo lejos que está la
humanidad del fin de su historia.
Los alzamientos indígenas en México y Ecuador, el abrumador triunfo de la
izquierda en Brasil, el surgimiento de gobiernos populares nacionalistas en
Argentina y Paraguay, el auge de los movimientos progresistas en Bolivia y
Uruguay, y el enorme apoyo popular al gobierno democráticamente electo del
presidente Chávez que le ha permitido resistir la conspiración neofascista
financiada por grupos ultra reaccionarios en Venezuela y el exterior, son una
viva demostración del despertar latinoamericano y sus legítimos deseos por
erradicar la pobreza, lograr la justicia social y consolidar un proceso de
desarrollo desde adentro, endógeno, lo cual no podrá ser alcanzado por la vía
neomercantilista que propone la derecha puntofijista, neocorporativista y
pitiyanqui que conforma la oposición venezolana, sino a través de la
consolidación del proceso bolivariano.
Parafraseando al cantautor cubano, Silvio Rodríguez, antes de sucumbir en la
estupidez ilustrada de nuestra exquisita clase media mayamera, intelectuales
pseudo-izquierdistas y oposición puntofijista, prefiero la necedad de morir como
viví.
Los grandes necios de nuestra América como Bolívar, San Martín, Artigas,
Sandino, Allende y el Ché, mantuvieron intactos durante toda su vida los ideales
de libertad e incorruptible su compromiso social. Seguir el ejemplo de ellos se
hace hoy imprescindible.
Para ilustrar la necesaria necedad del ser bolivariano, dedicaré la columna
de hoy a dos grandes necios de la cultura latinoamericana, el propio Silvio
Rodríguez y el cineasta venezolano Román Chalbaud.
EL NECIO (Silvio Rodríguez, 1992)
Para no hacer de mi icono pedazos, para salvarme entre únicos e
impares,
para cederme un lugar en su Parnaso, para darme un rinconcito en sus
altares.
Me vienen a convidar a arrepentirme, me vienen a convidar a que no
pierda,
mi vienen a convidar a indefinirme, me vienen a convidar a tanta
mierda.
Yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui.
Allá
Dios, que será divino. Yo me muero como viví.
Yo quiero seguir jugando a lo perdido, yo quiero ser a la zurda
más que diestro,
yo quiero hacer un congreso del unido, yo quiero rezar a
fondo un hijonuestro.
Dirán que pasó de moda la locura, dirán que la gente es
mala y no merece,
más yo seguiré soñando travesuras (acaso multiplicar panes
y peces).
Dicen que me arrastrarán por sobre rocas cuando la Revolución se
venga abajo,
que machacarán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y
el badajo.
Será que la necedad parió conmigo, la necedad de lo que hoy
resulta necio:
la necedad de asumir al enemigo, la necedad de vivir sin tener
precio.
Yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui.
Allá
Dios, que será divino. Yo me muero como viví.

SILVIO. En entrevista
para "El Nuevo Herald" de Miami realizada por Armando Correa en Abril de
1997, Silvio Rodríguez hace una retrospectiva de su trayectoria artística y
analiza el sentido filosófico y social de su obra para concluir que sigue siendo
el mismo revolucionario de toda la vida:
Casi todas mis canciones llevan implícita alguna queja y creo que no
hubieran podido ser de otra manera. Querer atrapar la vida conlleva una angustia
tremenda y estoy seguro de que los que hicieron las pinturas rupestres la
sintieron. En mi caso, ser parte de un país y una época como en los que
transcurrió mi adolescencia y luego mi adultez (a regañadientes), también fue
experiencia poco ordinaria.
Aquella etapa, la primera, fue la de darle nombre al mundo. Yo estaba
ensimismado entre el asombro y los signos con que dibujarlo. No era fácil, era
una realidad vertiginosa, por momentos caótica, y yo llevaba en mi mismo mucho
de vértigo y de caos. ¿Qué era "la oficialidad" por entonces sino puros
proyectos, tanteos, búsquedas, caídas y puestas en pie? Pero para mí la
Revolución no era quienes desacertaban con nosotros, aún cuando errar es humano.
Entonces todo lo veía más drásticamente, más contrastado, y para mí la
Revolución la representaban los revolucionarios comprensivos, que sí, discutían
con nosotros, pero nos escuchaban sin querer taparnos la boca. Aquellos años
fueron, en definitiva, los de aprender que la Revolución estaba hecha por
hombres y mujeres, y que algunos podían tener defectos –a veces bastante feos–,
y que aquello era así porque algunos seres humanos eran así, no porque la
Revolución lo fuera.
Se dice rápido, pero esa simple ecuación que he formulado a veces hay que
aprenderla a sangre y fuego. Sin embargo, ni entonces ni ahora he pensado en "la
oficialidad" para hacer o para dejar de hacer. Muchas de las canciones que por
algunos fueron vistas como "sospechosas", luego fueron editadas. Personas, de
aquí y de allá, que antes me creían de una manera, ahora me creen de otra. Y yo
soy el mismo –hasta cierto punto, porque nada es lo mismo ni siquiera de un
segundo a otro–.
Cabe decir que me creo mejor persona que la que fuera, de no haber
existido la Revolución. La Revolución, como se sabe, no es solo asunto de
convicciones sino también de fe. Cuando miro a mi vida, con sus altibajos, sus
sombras y sus luminosidades, la distingo, casi en su totalidad, envuelta por la
Revolución. Cuando miro a mis canciones y percibo a este hombre imperfecto,
asediado por demonios externos e internos –los peores–, no puedo dejar de ver
una correspondencia entre lo que soy, lo que canto y la Revolución. Creo que hay
un interminable juego de espejos en ese triángulo que menciono, el que conforma
un ademán de estrella, un íntimo, modesto resumen de grandezas, iluminación y
muerte que a cada uno, a su manera, puede corresponder.
No hace mucho vi a Fidel, en la televisión, diciéndole a los jóvenes que
cada cual podía llegar a sentir que era, en sí mismo, la Revolución. Para mi no
fue revelación sino memoria, porque la fe que reconquisté por sobre la agonía la
adquirí una joven noche, a principios de 1968, cuando la ignorancia me desterró
de mi pasado y mi futuro, o sea de mi vida, de mi Revolución, abandonándome en
el presente más desesperado de mi existencia. Salí de aquel recinto con la
cabeza en brumas y caminé en silencio hasta mi casa, presintiendo lo que aquel
extraño juez ignoraba y yo tampoco conseguía atrapar, allí en la punta de mi
espíritu. De pronto, tocado por un rayo, me detuve y grité, en medio de la
calle: "Y ¿quién coño le habrá dicho a ése que la Revolución es propiedad
privada de nadie? ¡Yo soy la Revolución!"
Así de simple.
Cuando pienso en lo que significa la Revolución, sin desdeñar sus
coyunturas, tomo más en cuenta lo que la Revolución tiene de fundacional, y en
todo aquello que se le va convirtiendo en acervo y sustancia de lo cubano. O
sea, más allá de la revolución de barricadas, hay una Revolución más profunda y
perdurable, que es la que puede llegar a incidir en lo característico y
proyectarse, como un fruto, hacia el porvenir. Hablo de lo revolucionario, no de
la revuelta. Y lo revolucionario es mucho más difícil de conseguir que el
alboroto. Esto último, en arte, es con lo que se conforman los mediocres. Lo
primero, conseguir ser realmente revolucionario, es la meta más alta a la que
puede aspirar un artista y la que, por cierto, muy pocos alcanzan. Mi mayor
temor siempre ha sido, justamente, no poder trascender los fuegos fatuos.
Hace algunos años dormí una noche en el aeropuerto de Miami, en tránsito
hacia Puerto Rico, y al día siguiente mi guitarra, que llevaba en el forro una
pegatina donde se veían Fidel y la bandera cubana, llegó destrozada a su destino
(eran coterráneos los del aeropuerto). La Eastern tuvo que pagarla. Ya en Puerto
Rico, escuché un día por la radio a un comentarista que acusaba a la
contrarrevolución de floja y decaída, ya que en otros tiempos, según él,
hubieran barrido las calles de Miami con nosotros. Esa y otras anécdotas, así de
pintorescas, me inspiraron más tarde "El Necio".

HABLA EL DIPUTADO. El 25 de Junio de 2002, el diputado Silvio
Rodríguez dirigió unas palabras
al parlamento cubano, aunque en realidad le hablaba al mundo y a toda esa
gama de izquierdistas exquisitos que desistieron de soñar y trabajar por un
mundo mejor:
Es rara la entrevista en la que no me preguntan sobre mi condición de
Diputado, a veces con admiración, otras con reproche, pero siempre con
curiosidad. A mí, como soy cubano acostumbrado a la Revolución, no me sorprende
que el hijo de dos familias pobres este formando parte de la Asamblea, pero como
nunca tuve vocación de político siempre me sobrecoge el privilegio de hablar en
nombre de muchos.
Yo confieso que primero tuve ideas y después -en realidad mucho después-
me pregunte el significado de la palabra política. También primero le di rienda
suelta a mi vocación de hacer canciones y después me pregunte por que y de que
forma las estaba haciendo.
Yo siempre pensé que todas las ocupaciones y preocupaciones humanas caben
en la poesía y en el arte, y por supuesto en la canción. Y que es deber de
nuestra sociedad socialista defender que así sea, porque en esos testimonios se
imprimirá parte de nuestra memoria histórica como pueblo, además de parte de
nuestra capacidad de inventiva.
Creo que las artes no solo tienen el derecho sino el deber de expresarse,
porque eso, junto con los datos que aportan la prensa y otras manifestaciones,
contribuye a dejar un registro histórico lo suficientemente variado como para
que el mañana comprenda todas nuestras características y pueda aprender de
nosotros.
Por ejemplo, creyendo en la poesía y en el arte, a los 20 años llegue a la
conclusión de que la Revolución no era propiedad privada de nadie, que la
Revolución era de todo el que fuera capaz de hacerla y defenderla. Por lo que
les dije a los burócratas que se creían los administradores de los sueños: La
pobre gente que dispone de la vida por oscuros corredores, ¿qué se hará? Y los
que venden la palabra, los que ríen, los que no hablan ¿quienes los despedirán?
Serán como el insecto aquel, muriendo solo, sin después. Morir así es no
vivir. Morir así es desaparecer para siempre.
Creyendo en la poesía y en el arte me fui al mar con la Flota Cubana de
Pesca, de donde regrese intacto con estas interrogaciones:
Compañeros de historia, tomando en cuenta lo implacable que debe ser la
verdad, quisiera preguntar -me urge tanto- ¿qué debiera decir, que fronteras
debo respetar?
Si alguien roba comida y después da la vida, ¿qué hacer?¿Hasta donde
debemos practicar las verdades?¿Hasta donde sabemos?
Desde que fui elegido diputado en virtud de la democracia -como nosotros
la entendemos-, pienso que soy un signo viviente de la pluralidad de esta
Asamblea, ya que he sido un hombre cuestionado por conflictivo, por criterios,
por libretero, o cuando menos por imprevisible (como puede que estén demostrando
estas palabras).
Sin embargo, estoy aquí como parte de mi pueblo, de mi historia, de mi
Revolución y de mi amigo y hermano Fidel, haciéndome partícula de esta aventura,
de esta expedición realista y surrealista que dirigimos y protagonizamos todos
con él, para decir que voto por mi patria socialista perfectible; para decir que
cierro filas como cuando era un milicianito de catorce anos, mojándose a la
noche con un Mauser viejo, esperando la bomba atómica que le tocaba por la
mañana.

ROMÁN CHALBAUD. Si existe algún cineasta que ha retratado con mayor
precisión la realidad social del Venezolano, sin lugar a dudas que tiene que ser
Román Chalbaud. Toda su obra cinematográfica lo refleja: Caín Adolescente
(1957-59); Cuentos para Mayores (1963); Chévere o la Victoria de Wellintong
(1971); La quema de Judas (1974); Sagrado y Obsceno (1976); El Pez que Fuma
(1977); Carmen la que contaba 16 años (1978); El Rebaño de los Angeles (1979);
Bodas de Papel (1979); Cangrejo (1982); La Gata Borracha (1983); Cangrejo II
(1984); Ratón de Ferretería (1985); Manón (1986); La Oveja Negra (1987);
Cuchillos de Fuego (1990); El corazón de las Tinieblas (1990); Cine Venezolano
(1991); Pandemonium (1997).
En entrevista
realizada por Milagros Socorro, el 25 de enero de 2000, Chalbaud manifiesta
que desde muy pequeño mantiene esa mirada hacia lo popular:
… Yo vivía antes en el Rosario… Y después viví en Capuchinos, un barrio
humilde. En Carnaval yo solía ir al templete, —ya sabes, montan una tarima con
una orquesta y la gente baila alrededor— que hacían en la plaza. Yo iba
solamente a ver. Era muy divertido. Ahí estaban las negritas, los disfraces de
dominó... unos personajes que después estuvieron en mis películas. El carnaval
está en Caín adolescente. Y la pensión de Sagrado y Obsceno por ejemplo, está
inspirada en la pensión donde vivíamos.
Esa mirada tierna yo la tengo sobre todo el mundo, no solamente sobre los
humildes y los marginales. Esa es mi mirada del mundo, lo que pasa es que me
interesa mucho más escribir sobre estos personajes porque para mí son más ricos.
Los conozco mejor; eso fue lo que viví en mi infancia y adolescencia. A lo mejor
yo hubiera vivido una vida de clase media alta, escribiera sobre la clase media
alta, o sobre los ricos...
De mis obras se ha dicho que son como tratados sociológicos. Lo que pasa
es que yo conozco muy bien al venezolano. Sé cómo reacciona ante los momentos
difíciles, las frases que dice... Un personaje de teatro o de cine habla como
hablaría alguien de la realidad; y eso lo aprende uno en la vida, en el contacto
con la gente. Con retazos de mucha gente que uno ha conocido se crea un
personaje que representa a varias personas.
El teatro es gente, el cine es gente…Yo retrato la gente. Mi obra es un
espejo. Yo retrato lo que hay. No invento. Y a la gente le gusta ver mis obras
de teatro —y no sólo las mías, las de otros compañeros también— y mis películas
porque se ve retratada. Esa capacidad de devolverle a la audiencia su propia
imagen fue lo que empezó a llenar las salas de teatro y de cine.
En los años 60 empiezo a tomar una conciencia política, algunos
trabajadores del canal recolectaban dinero para Acción Democrática y para el
Partido Comunista. Yo les daba a los dos y al final caí preso en la Seguridad
Nacional. Estuve preso desde agosto del 57 hasta el 23 de enero de 1958.
Y escribo Sagrado y obsceno; en el contexto internacional campea la
Revolución Cubana, es una efervescencia latinoamericana y mundial. En la Caracas
de los 60 había guerrillas urbanas, ibas a un cine y explotaba una bomba al
lado. Cuando tocaron elecciones había disparos en la calle y, sin embargo, la
gente salió a votar. Era otra Caracas.
[En los 70] todo el mundo pensaba que el país era estupendo, ya sabes, la
Gran Venezuela. Pero desde esa época nosotros estábamos denunciando la
corrupción. La quema de Judas, tú la ves ahora y denuncia la corrupción; Sagrado
y obsceno, El Pez que fuma, Cangrejo, todas esas películas denunciaban la
corrupción. La gran Venezuela no existía, era de cartón.
Es por ello que no sorprende la posicion política de Román Chalbaud en la
Venezuela de 2003. Así se lo hizo saber al periodista Ernesto Villegas en una
entrevista publicada por el semanario Quinto Día:
Estamos viviendo cosas que estaban ocultas, invisibles, que no nos dejaban
ver. Nos habían ofrecido la Gran Venezuela y un día se descubrió que eso era un
queso gruyere: lleno de huecos por todas partes. Lo invisible se volvió visible.
Y los que invisiblemente robaban en aquella época, hoy están muy molestos y
tratando que este proceso no continúe.
La libertad no es libertinaje. Si a tu hijo le gusta chapotear en el lodo,
tú no le puedes echar más lodo porque “a él le gusta”. Eso pasa con la
televisión y el raiting. Cuando hacíamos televisión desde el 53, y no existía el
rating, la programación era cultural, pero no fastidiosa, sino amena; al tiempo
que entretenía, estaba educando. Poco a poco la televisión se ha ido
convirtiendo en un gran lodazal donde hacemos que a nuestro pueblo le guste
chapotear en el lodo todo el tiempo. Una gran mayoría de la gente se deja
deslumbrar por esos alardes técnicos, por esa gracia barata, que nos lleva a un
camino no muy bueno para el cerebro del venezolano.
No hay mordaza por ninguna parte. Es necesario regular ciertas cosas
porque no puede ser que por poder económico uno pueda hacer lo que le dé la
gana. La televisión ha exacerbado a la gente, la ha convertido en muy violenta.
Desde La Terraza, donde yo vivo en San Bernardino, observé que pasaron unos
chavistas que iban a un acto, y una señora gritaba como una figura griega de
Sófocles: “¡Asesinos! ¡Asesinos!”. Y cuando vi a aquella señora, yo dije: esa
señora, primero, no conoce a esos que van pasando. Por qué les va a gritar
asesinos. ¿De dónde saca ella eso? Claro, de la televisión, que ha hecho ver que
el Presidente es malo, un dictador, un asesino, cosa que no es cierta.
Yo siempre he tenido esa actitud. Quizá mucha gente no lo sabía, pero a
través de mis películas y de mis obras de teatro he denunciado, desde los años
60, la corrupción, las injusticias que se han cometido contra el pueblo
venezolano.
Y también en El Mundo del 3 de Julio de 2003:
Hay tanta libertad de expresión en Venezuela que en algunos canales de
televisión se incita a realizar atentados contra el Presidente de la República o
incluso se le pretende ofender con palabras soeces o juicios peyorativos.
La televisión debe colaborar con la educación y la cultura del pueblo
venezolano, no puede ser que en estos momentos las empresas televisoras no hagan
nada para ayudar a elevar los básicos niveles de educación de la ciudadanía. Las
normas que actualmente son estudiadas en la Asamblea Nacional no afectarán para
nada la libertad de expresión que ellos tanto pregonan.
Toda mi vida, y desde los años 40 estoy en el escenario de las artes
venezolanas, he criticado a la televisión y a los regímenes de turno, basta
revisar mis declaraciones de prensa o leer mis obras de teatro o ver mis
películas. Nunca he estado con “los Amos del Valle”, quienes ahora están contra
la pared.
Siempre he criticado a la televisión y por eso en los años 70 iniciamos,
con Cabrujas y Garmendia, entre otros, un ciclo de excelentes producciones
televisivas, que calificaron como “culturales”, las cuales alcanzaron elevados
niveles de sintonía, con lo cual se demostró que la cultura sí es amena y
popular.
Los empresarios hacen lo que les da la gana y además botan, sin
contemplación alguna, a los actores y demás empleados, precisamente a esos que
salieron a las calles, con banderitas, a defenderlos.
Yo no he hecho militancia en ningún partido político, y siempre he
manifestado mi rechazo a la corrupción en las diversas esferas de los poderes
políticos y económicos, como lo hice contra Pérez Jiménez y demás regímenes que
lo sucedieron en las últimas décadas. Y eso está presente en toda mi vida y en
mi obra artística. Lo que ocurre es que nadie sale a hablar porque tienen miedo
o no quieren poner en peligro el bozal de arepa.

LA OTRA VENEZUELA. Para el ultra-reaccionario Orlando Urdaneta, el
apoyo que Román Chalbaud le ha dado a la Ley de
Responsabilidad Civil para Radio y Televisión, es "por hambre, por
necesidad o porque quieres hacer tu película, porque te ofrecieron una vaina,
porque te sacaron de un peo. Acuérdate que estos [el gobierno] son unos
maleantes. Entonces coño a fulano le gustan los carajitos, pues te tomaron una
foto con un carajito metiéndolo en tu apartamento haciendo vainas con él y con
esa foto te agarran por las bolas… ¿Ah le gusta la ley mordaza? Bueno, diez
minutos después de aprobar la ley mordaza pueden aprobar la ley contra los
maricos y los mandan a recoger a todos como en Cuba y los meten en un campo de
concentración. Vamos a ver cómo se van a sentir cuando sea contra los maricos y
no contra la televisión." (Conversación de Orlando
Urdaneta con el presidente de Italcambio, 30 de Julio de 2003)
Y es que hay que ser bien miserable e inmoral, para denigrar de esta manera,
tan vil y descarada, sobre la fortaleza y entereza de los necios.
En el extraordinario ensayo "Román Chalbaud o la Otra
Venezuela" de la Dra. Carmen Márquez Montes publicado en la Revista Conjunto
de Cuba nº 101 en 1996 y re-editado por Aporrea.org y Red Bolivariana, se
constata la posicion política que Chalbaud no ha abandonado:
Román Chalbaud comenzó su producción dramática a principio de los cincuenta,
y desde sus inicios evidenció una clara tendencia en mostrar la realidad y los
cambios que se estaban operando en el país.
En 1942-43 comenzó el boom del crecimiento económico, gracias al auge en las
explotaciones petrolíferas, lo que dio al estado un gran poder económico y
posibilitó que los políticos para hablaran de un "Nuevo Ideal Nacional". La
economía petrolera incidió de forma directa en la población, que atraída y
confiada en un enriquecimiento fácil y rápido comenzó a abandonar el campo y
trasladarse a las ciudades, lo que provoca una reconversión en la estructura del
país, acelerando el cambio de economía agrícola -monocultivo de café y cacao- a
economía "petrolera". A ello se suma, también, un fuerte incremento demográfico.
Venezuela, en el corto espacio de treinta años, pasó de ser rural a urbana, con
una población multiplicada por tres, las ciudades se convirtieron en
megalópolis, especialmente Caracas, con un alto índice de población viviendo en
suburbios. Este proceso se acentuó en la década del sesenta y setenta,
especialmente tras el alza de los precios del petróleo, durante la presidencia
de Carlos Andrés Pérez, que confirió al estado un poder económico inmenso
propicio para crear "la Gran Venezuela". Se creó todo un discurso populista que
amortiguara cualquier tensión social y que termina erigiéndose como la forma
ideológica dominante, dando la impresión de que Venezuela es un país rico y
desarrollado, con una "democracia con energía", como sostenía Carlos Andrés
Pérez. Como menciona Beatriz González, "el discurso populista, al enajenar al
receptor, simultáneamente lo extrapola de su situación social concreta, porque
oculta la lucha de clases y deshistoriza los procesos sociales, sobre todo en
aquellos en los que ha participado activamente el sector popular. La apelación
genérica de "población" o "pueblo" construye un referente humano despolitizado,
neutro, desubicado de la problemática social" (1989:242). En Venezuela reinaba
un sentimiento de bonanza que ocultaba las revueltas de la guerrilla urbana, el
endeudamiento del Estado y por ende la descapitalización nacional, el delito
bancario, la corrupción, la usura y el enriquecimiento ilícito de la clase
cercana al gobierno; así como la ampliación de la pobreza del resto de la
sociedad, el incremento de la inactividad trabajadora, el desbordamiento de
precios y, en suma, el crecimiento de la marginalidad urbana.
Unos cambios tan bruscos en un corto espacio de tiempo han incidido de forma
directa en la población. Por la transformación en la estructura del país, que
alteró su modo de vida. Además, el comportamiento de los habitantes venezolanos
se vio muy alterado, pues tuvieron que adoptar los modos propios de las grandes
ciudades, asumiendo pautas de otros países, principalmente de los Estados
Unidos, cuya cultura se implantó sobre la venezolana. Esta pérdida de identidad
ha quedado reflejada en su literatura.
Chalbaud fue llamado por Leonardo Azparren "el gran travieso del teatro
venezolano" (1990:25), debido a que casi todas sus obras levantan grandes
polémicas, pues su temática dista mucho de ser complaciente con la sociedad,
sobre todo con la sociedad supuestamente próspera, orgullosa de su recién
estrenada democracia y creadora de la Venezuela Saudita. En su obra adopta un
enfoque crítico que si no llega a ser pesimista sí es desasosegado, ya que
presenta la realidad marginada de Venezuela; se traslada -y con él a sus
espectadores y lectores- a ese ámbito de la sociedad que los sectores más
acomodados ignoran, y desde allí muestra toda la miseria, indigencia y
degradación a que están sometidos los desheredados de la sociedad. Hay en
Chalbaud un compromiso con la justicia social sin caer en demagogias ni
aleccionamientos, simplemente reflejando ese submundo de las grandes ciudades,
en este caso los barrios periféricos de Caracas.
En las primeras obras -Los adolescentes (1952), Muros Horizontales (1953),
Caín adolescente (1955), Réquiem por un eclipse (1957) y Sagrado y obsceno
(1961)- los personajes logran un cierto éxito sobre el entorno y sobre todo
tienen esperanzas en salir alguna vez de los ranchos y trasladarse a un ambiente
más habitable… El autor transmite ilusión, presenta los cambios que está
sufriendo el país, principalmente las dificultades de quienes se trasladan del
campo a la ciudad y las hostilidad con la que ésta los recibe; la delincuencia
de la que se encuentran rodeados y la aceptación de los delincuentes del robo
como única forma de vida. También presenta la figura del revolucionario, aunque
cuando aparece es un ser desvalido y ridiculizado por los demás, que no
entienden su discurso, como ejemplo baste un diálogo entre el revolucionario
Ignacio y el ladrón Papa Upa en Sagrado y obsceno:
PAPA UPA: A mí no me falta el pan. Yo robo.
IGNACIO: ¿Por qué robar? Tienen la obligación de darte la comida y el
libro. Tú naciste. Eres un ciudadano. Un ciudadano como cualquier otro. Te
llaman lumpen y con eso creen que... Pero tú mereces el respeto.
PAPA UPA: (Riéndose) ¿Respeto, yo? ¿Yo, respeto? ¡Soy lo que soy! ¡Tú
estás loco!
IGNACIO: ¿Por qué crees eso? ¡Qué difícil luchar por una causa y que la
causa misma no comprenda que luchamos por ella! Papa Upa, robas porque te
están robando...
PAPA UPA: ¿A mí? ¿Me están robando a mí? ¡Si yo no tengo nada!
El posicionamiento de Chalbaud en Sagrado y Obsceno se acerca ya a las obras
de la segunda etapa -La quema de Judas (1964), Los ángeles terribles (1967), El
nuevo rico (1968) y El pez que fuma (1968)- en la que sus personajes pertenecen
a la marginalidad más absoluta, y por muchos esfuerzos que éstos hagan nunca van
a dejar de ser marginales; pero lo terrible de ellos es que se saben lumpen y
tampoco hacen nada para salir de él, y si alguno de ellos lo intenta termina
sucumbiendo, como sucede en La quema de Judas, donde Jesús y José intentaron
salir de la marginalidad desde distintas vías, José haciéndose soldado para
defender a la patria y Jesús entrando en la policía para ayudar a sus amigos
ladrones y conseguir robar más dinero; ambos terminaron muriendo. Los personajes
son conscientes de la incapacidad para salir del entorno en el que viven, motivo
por el que no luchan por salir de él. Ahora, los personajes de estas piezas se
debaten y luchan entre ellos mismos para encontrar su lugar, luchan por el
poder, por detentar autoridad dentro de su entorno, hecho que constatamos de
forma nítida en El pez que fuma y Los ángeles terribles; en ésta última, cada
uno de sus cuatro personajes -Zacarías, Sagrario, Ángel y Gabriel- son bien
subordinados bien subordinantes en sus relaciones, dependiendo del personaje que
tengan enfrente. Y en este entorno hallamos las mismas características que en la
Venezuela oficialista y populista, hay personajes como el doctor Altamira de La
quema de Judas que enmascara con su discurso el propósito real, que es
enriquecerse con los robos de la banda de Juan, en una crítica a la mentira y la
corrupción como aliadas del poder. En esta etapa es donde Chalbaud presenta de
forma más clara la violencia, la corrupción, el caos y la confusión de valores
de la Venezuela petrodólar. Y en la que se configura de forma completa su
característica tipología de antihéroes que se fraguaba en la etapa anterior.
Todas las piezas están pobladas de personajes grotescos y esperpénticos, muy en
la línea del feísmo, enmarcados en microcosmos muy cerrados -prostíbulos,
pensiones, habitaciones- y repletos de objetos extraños y dispares: radios,
rokolas, santos, periódicos viejos, neveras, etc. que ayudan a caracterizar el
ambiente destartalado en el que habitan los personajes, aunque también puede
verse una crítica velada a la sociedad consumista que atesora todo lo que
encuentra. Es aquí donde se percibe la otra Venezuela, la que se mantuvo al
margen de la riqueza fácil y olvidada de las promesas sociales que el estado
populista vociferaba.
Y en las obras de la tercera etapa -Ratón en ferretería (1977), La cigarra y
la hormiga (1980) y Todo bicho de uña (1981)- Chalbaud opta por una visión más
individualizada, los personajes de estas piezas buscan la identidad en su
interior. Tanto Adonai -personaje de Ratón en ferretería- como Elvira -personaje
de La cigarra y la hormiga- y Jairo y Rodrigo -de Todo bicho de uña- son
conscientes que sólo pueden vivir conociendo sus limitaciones y sus diferencias
con los demás; sólo a través de la sinceridad con ellos mismos. Estas piezas
guardan cierta similitud con la dramaturgia de Isaac Chocrón, donde lo que prima
es el individuo y su incertidumbre al enfrentarse con la vida, así como en
escudriñar las relaciones humanas.
Vuelve a aparecer el ladrón y el policía corrupto intentando robar todo lo
que encuentra a su paso. Y característico del momento que vive Venezuela,
hallamos al político corrupto encarcelado, pero que desde la cárcel intenta
manejarlo todo como hasta el momento y salvar las posesiones que consiguió, para
lo cual tiene toda una corte de abogados y asistentes, uno de los cuales llega
al sótano en el que vive Adonai con su madre para entregarle regalos y que le
guarden un maletín lleno de dinero. Presenta una Venezuela donde lo que impera
es la ley de la jungla, el asistente que llega pronuncia con toda naturalidad
las siguientes palabras:
EVELIO: (...) Ahora estoy en casa de su señora madre y le entregué los
regalos... si, y el maletín... ¿sabe? este es un barrio muy peligroso, tuve que
disparar y maté a uno, para poder llegar hasta aquí... no, es que si no me matan
a mí... lo que usted dice: "la ley de la jungla"... si pasa cualquier cosa
cuento con sus abogados... si, claro... si, mi jefe, ningún problema...
Mientras, Adonai se empeña en seguir emitiendo por una emisora de radio sus
gritos de desesperanza, a la vez que acuña billetes falsos; encerrado en su
cuarto sin querer salir de él, mientras que ve cómo el mundo se derrumba a su
alrededor.
Es una visión desalentadora la que ofrece el autor del país; es, si cabe, más
pesimista que la que hallamos en las obras de su segunda etapa, porque en ésta
muestra un derrumbamiento total del país, especialmente por el final derrotista
de Adonai:
ADONAI: Los extranjeros no tienen miedo. Están llegando. Quieren comprarlo
todo, mientras nosotros nos matamos a nosotros mismos.
Como vemos, el teatro de Román Chalbaud postula una posición crítica frente a
la realidad venezolana, para lo cual opta por irse a los bajos fondos y
presentar al público la doble faceta de un país donde el poder del dinero,
proveniente del petróleo, sólo sirvió para hacer más insalvables, si cabe, las
distancias entre las clases sociales. Ofrece a los lectores-espectadores la
posibilidad de confrontar las dos realidades que se daban en Venezuela; por una
parte el proyecto político e ideológico de la sociedad en la que imperaban los
valores del petrodólar -ahora en plena crisis y decadencia-; y por otra una que
sobrevivía con las migajas de la oficialista, y a la que intentaban enmascarar y
tapiar. Ambas realidades son la única realidad de un país que en un corto
espacio de tiempo vio cómo se alteraba su forma de vida y cómo sus valores
tradicionales se transmutaron por otros foráneos. Chalbaud, al igual que todo el
país vivió estos momentos a través de su dramaturgia, primero de forma
esperanzada, más tarde desconcertado y sin creer en la receta política, lo que
le llevó a pensar que la única solución provenía de la concienciación
individualizada; pero su última obra Vesícula de nácar apuesta por un derrumbe
total, para a partir de las ruinas poder reconstruir un nuevo país acorde con
las necesidades y las realidades propias. Esta que hallamos en su última
obra es la Venezuela real, producto de las dos anteriores y germen de la
venidera.
Los conceptos aquí emitidos son de la entera responsabilidad del
autor.
Para comentarios, observaciones, preguntas y sugerencias, enviar un
correo electrónico a Eugenio Carrasco:
ecarrasco48@hotmail.com