En el ejercicio de su soberanía, nuestro gobierno tiene la obligación
irrestricta de mantener relaciones diplomáticas y comerciales en el marco de la
mayor cordialidad y cooperación posibles, con cualquier país del mundo. Es un
derecho soberano que bajo ningún respecto puede ser negociado. Allí radica,
precisamente, uno de los postulados que no solamente han consagrado los pueblos
en sus cartas constitucionales, sino que fue uno de los más importantes
considerandos que dio paso a la creación de la ONU después de la segunda guerra
mundial, como obvio planteamiento de indiscutible valor solidario y de respeto
mutuo, en el afán por buscar expeditas fórmulas por mantener un mundo en donde
prevalezca la mayor amistad y armonía entre los pueblos y, por supuesto, una paz
permanente y duradera.(1)
Ese derecho de los pueblos a relacionarse con sus pares del mundo reviste
tanta trascendencia e importancia vital, que nos obliga a todos,
independientemente del color político que nos califique, a preservarlo por
encima de cualquier otra consideración. Sería condenable, como ha ocurrido
tantas veces en nuestro Continente, que supeditáramos nuestro derecho a mantener
vínculos de amistad con otros pueblos, a intereses subalternos nacionales o
extraterritoriales. En la defensa de ese derecho inalienable y en perfecta
consonancia con la autodeterminación de que gozamos como pueblo soberano,
debemos mantenernos alertas para que nada ni nadie logre confundirnos y se eche
al trasto de los desperdicios una conducta de valor incalculable que, sin duda
alguna, garantiza y estimula una saludable convivencia entre los pueblos y los
Estados. En esa línea de cambios que se iniciaron con la promulgación de nuestra
Constitución Bolivariana en 1.999, hay que buscar consolidar cada día más una
política internacional en el marco de una estrategia que coadyuve a un mayor
acercamiento con los pueblos del mundo sobre la base del respeto mutuo, la
conveniencia recíproca hacia los intercambios en las áreas económicas, sociales
y culturales, así como coadyuvar a la construcción de una inquebrantable
amistad, fundada en los más altos principios de la comprensión, el amor y la
solidaridad.
Vaya dicho introito para condenar de la manera más enérgica esa arremetida de
claro corte chovinista, con una alta dosis de fascismo “reactualizado”, que se
ha venido desatando en el país por las excelentes relaciones que mantiene
nuestro gobierno con la República de Cuba (2), país que ha sido sometido
por los gobiernos de Norteamérica al peor y más salvaje bloqueo que haya sufrido
pueblo alguno en el mundo en toda la historia, el cual ya lleva más de 40 años.
Conjuntamente con esa bestial campaña de desinformación, se ha querido reeditar
en nuestro país el macartismo (3), el cual mantuvo bajo el terror a la
sociedad norteamericana en la década de los cincuenta y que significó para ella
una nefasta y dolorosa experiencia que produjo abominables comportamientos
anticomunistas del mayor odio y segregación hacia centenares de ciudadanos de
todas las calificaciones y estratos sociales, entre los cuales recordamos al
dramaturgo Arthur Miller, al cantante Paul Robson y al general Marshall.
Con el rayado disco de ese anticomunismo obsoleto, usado como bandera,
además, por quienes fueron los más sanguinarios dictadores que ha sufrido la
humanidad y en particular la mayoría de los países de nuestra América Latina, se
quiere abonar el terreno para tratar de generar odio y desprecio a un país que,
haciendo gala de una gran solidaridad, por demás puesta en evidencia desde hace
muchos años tanto en este Continente como en Africa en muy distintas áreas, nos
ha tendido la mano para colaborar en causas que demandan urgente atención para
nuestro pueblo, como lo son la prestación de servicios médicos, sobre todo en la
fase preventiva, e igualmente en el área educativa, para enseñar a leer y a
escribir a quienes en este país jamás tuvieron la oportunidad de salir de la
oscuridad y que se mantuvieron abandonados a su suerte por décadas.
Se afirma irresponsablemente, que esos grupos de médicos cubanos y expertos
en un novedoso método de alfabetización, el cual ha sido aplicado con éxito en
más de ochenta países, así como reconocido y premiado por la UNESCO, han venido
a adoctrinar a nuestro pueblo. Son acusaciones infantiles, sin duda, a las que
muy poca gente les otorga algún tipo de credibilidad y menos aún la comunidad
internacional, sobre todo la inmensa cantidad de países del orbe que han
recibido en distintos momentos históricos con la mayor satisfacción ese tipo de
cooperación humanitaria. Por ello, estamos convencidos de que quienes propugnan
esas falsas acusaciones, no lo hacen convencidos de lo que afirman, sino que, en
esa irreflexiva y agresiva postura que tercamente han adoptado frente al actual
gobierno, inventan todo lo que se les antoja, persuadidos de que en cada
aventura que se embarcan, como lo están ahora con esta soterrada intervención
castrista que sólo se anida en sus huecas cabezas, es muy posible dar al traste
con este proceso de transformación social y económico que vive Venezuela. Ya
veremos que con estas artimañas inicuas, esa oposición seguirá, como ha ocurrido
hasta el momento, agregando a su colección de derrotas, otros nuevos fracasos en
sus afanes golpistas.
Estas condenas sin sentido racional alguno, dirigidas en contra de unos
convenios de cooperación humanitaria, suscritos con la tierra del apóstol José
Martí, que a todas luces van dirigidos a los que en nuestro país menos tienen y
que representan más del 60% de sus habitantes, lo único que evidencian es una
maldad elevada a la enésima potencia y quienes las promueven como hasta la fecha
las han venido publicitando y voceando hora tras hora por todos los medios de
“incomunicación social” del país, lo único que demuestran es una estupidez de
marca mayor.
––––––––––––––––––––––––––––––––––
(1) La Carta del organismo mundial, puesta en vigor en octubre de
1.945, recoge en su preámbulo, que los pueblos que suscriben el documento han
resuelto, entre otros asuntos: “promover el progreso social y elevar el nivel de
vida dentro de un concepto más amplio de la libertad, con la finalidad de
practicar la tolerancia, …la convivencia en paz entre los pueblos como buenos
vecinos… y unir fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad
internacionales …y emplear mecanismos para promover el progreso económico y
social de todos los pueblos…”
(2) Es bueno recordar que las relaciones con la hermana república de
Cuba fueron interrumpidas luego de una reunión extraordinaria de la OEA en Costa
Rica, realizada a instancias del gobierno norteamericano en 1.961. En ese
entonces ejercía la cancillería el Dr. Ignacio Luis Arcaya, quien manifestó su
desacuerdo con esa decisión y por ello fue sustituido en el cargo por el Dr.
Marcos Falcón Briceño, para que Venezuela pudiera suscribir el acuerdo de
ruptura colectiva con la isla. Ese episodio de ingrata recordación para la
América libre que soñaron nuestros libertadores, en donde México guardó
distancia y no rubricó el documento de marras, determinó la salida del partido
URD del Pacto de Punto Fijo y catapultó en las páginas de la historia hermosa
del país al Dr. Arcaya, con el título de “Canciller de la Dignidad”. Pasaron los
años y fue durante el primer gobierno de Rafael Caldera, cuando el país reanudó
los vínculos diplomáticos con la Habana, debiéndose destacar que desde entonces
ambos países han mantenido excelentes relaciones.
(3) La historia recoge ese episodio de un odio visceral irreflexivo
con el nombre de: “cacería de brujas”, la cual fue propulsada con el mayor
descaro y sin descanso alguno, por el senador republicano Joseph Mac Carthy.