Una de las consecuencias más visibles de la globalización capitalista es la
unificación de los modelos represivos en el interior de los estados y la
configuración de un modelo represivo universal para la jerarquización de las
relaciones internacionales en el seno del Imperio.
Ambos modelos represivos: el internacional y el estatal, responden a la misma
estructura económica y social, y a la misma filosofía, tienen además mecanismos
comunes y zonas de confluencia. La exclusión y la violencia sin límites son
algunos de sus principios rectores.
Del estado de bienestar al estado indiferente
El estado no puede intervenir en la vida económica salvo para facilitar el
funcionamiento del mercado; ese es el dogma fundamental.
Asimismo, la intervención del estado en la vida social está cuestionada por
un recelo fundamental. El mercado-providencia expresa la voluntad del
Dios-Libertad distribuyendo bienes con criterios de eficacia y estableciendo los
niveles más funcionales de desigualdad. Nada pues de alterar la natural armonía
del mercado empeñándose en garantizar la cobertura de derechos mínimos o en
proteger a los ciudadanos contra eventualidades y evitar situaciones de
marginación o de miseria.
Todo este darwinismo social se justifica con una doctrina sobre la ineficacia
económica de las garantías sociales y la irresistible e irreversible tendencia a
la vagancia del ciudadano subvencionado. La laboriosidad ciudadana sólo funciona
con horizontes individuales de lucro o de riesgo, empujada por la ambición o
arrastrada por el miedo.
El profeta de esa moral implacable con los “perdedores” y los marginados fue
Charles Murray con su Biblia “Losing Ground”. En él se inspiraron Reagan y
Thacher para la primera confrontación con el welfare state y, años más tarde,
los seguidores de un neoliberalismo que ya se había hecho dogma y costumbre
estatal. Con todos ellos el estado “derrochador” que da cierto amparo a los
desvalidos dejó paso al estado indiferente. Pero la saludable apatía general del
estado no vale para todo.
La indiferencia se viste de gendarme
Simultáneamente a la progresiva desaparición del estado de bienestar con el
incremento resultante de la indigencia, va abriéndose paso la idea de que
garantizar la seguridad ciudadana consiste exclusivamente en la utilización de
procedimientos represivos para perseguir y eliminar las conductas consideradas
como antisociales. Ésta era la consecuencia inmediata de la criminalización de
la pobreza a la que conducía inevitablemente la “filosofía social” de Murray y
de los think tanks neoliberales.
No en vano la delincuencia callejera –muy vinculada con la marginación-,
contra la que se dirigirán los grandes sistemas represivos, llega a ser una
forma de vida que tiene su residencia en los barrios populares, en las chabolas
y en los guettos. La indigencia puede ser despreciada por la teoría económica y
social neoliberal como un fenómeno inevitable cuyas responsabilidades se cierran
sobre sus propias víctimas, y puede ser ignorada por la acción de los gobiernos,
pero es tenida muy en cuenta por sus policías.
Lo nuevo fue el énfasis en el uso prioritario de la fuerza y también la
enorme ampliación de las conductas punibles, desde arrojar basuras a la calle
hasta hacer pintadas en las paredes. Además de esto se le dio naturaleza
justificativa, para allanamientos, detenciones e interrogatorios policiales, a
la sospecha. El estado liberal, indiferente ante la pobreza, extendió su acción
punitiva a todos los sectores de la población “objetivamente sospechosos”.
El proyecto de proporcionar garantía represiva a la libertad de empresa en un
contexto formalmente democrático, se expresó como sistema en la ciudad de Nueva
York y desde allí alcanzó notoriedad en todo el mundo. Su nombre de batalla fue
Tolerancia Cero.
“La fórmula debería hacer temblar a una opinión pública que no estuviese
mucho más alertada contra los desmanes de la delincuencia que contra las
amenazas, mucho más generales, de la marginación y de las posibilidades de
convertirse en objetivo policial” [1]. Loïc Wacquant cuando comenta
la transformación de la pobreza y la marginación social en un problema de “orden
público” se refiere al “pánico moral capaz de rediseñar la fisonomía de las
sociedades”. Los referentes de este pánico serían las “violencias urbanas, la
violencia juvenil y los barrios inseguros”. Las mismas que determinarían los
enemigos y los campos de batalla de los reconvertidos batallones policiales.
La fórmula “Tolerancia Cero” se refiere explícitamente a la “seguridad
ciudadana” pero en realidad expresa una opción social completa.
Los publicistas y etiquetadores de esa intolerancia soberana fueron el ex
fiscal y alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, y su jefe de policía y antiguo
responsable de la seguridad en el metro de la ciudad, Willian Brattons.
Giuliani, otrora muy conocido por los procedimientos expeditivos de su policía
[2], se ha convertido después del 11 de Septiembre en una especie de
héroe americano. En este ultimo mes de enero ha visitado la ciudad de México y
circulado con una gigantesca escolta policial y privada de más de 400 agentes
los barrios sensibles de la ciudad a la que va a salvar de delincuencia por una
módica cantidad próxima a los 4 millones de dólares.
Su filosofía era muy clara: “todo crimen que queda impune, alienta a cometer
otros crímenes más graves, porque en el delincuente subsiste la idea de que no
recibirá castigo”. Ahora bien, para entender de que se trata hay que saber que
los comportamientos criminales comienzan con actividades como arrojar basuras,
pintar graffitis, insultar o realizar actos de vandalismo. Deben ser firmemente
reprimidos para impedir que se desarrollen comportamientos criminales más
graves.
Las medidas fueron el aumento espectacular del número de policías, la
determinación de los “barrios sensibles” como objetivos prioritarios de las
razias policiales, y la puesta en marcha de un sistema de información que se
extiende potencialmente a todos lo habitantes de los guettos, establece su
primera base en las denuncias y sus primeros elementos en las faltas menores que
se archivan escrupulosamente.
El “método ecológico” y el nuevo hábitat humano
La delincuencia empieza en realidad en el aspecto, en la cara de joven pobre
o del niño de la calle. En el sistema de Giuliani la sospecha es suficiente para
las detenciones y los allanamientos. También son actitudes policialmente
reprobables la vagancia y el vagabundeo y las “conductas inciviles”. Los home
less –los sin techo- son acosados y reprimidos. En realidad la policía ha hecho
suya la mirada de recelo que la parte satisfecha de la sociedad norteamericana
dirigía sobre los sectores de población empobrecida. Son los
comportamientos sociales vinculados a la marginación los que han sido
deliberadamente colocados en el punto de mira de las nuevas policías de la
globalización.
Algunos policías y penalistas han calificado al nuevo sistema de la policía
como “método ecológico” por su aplicación masiva en los llamados “barrios
sensibles”. Las operaciones policiales son concebidas y realizadas como
operaciones de limpieza, su escenario coincide con el de la distribución de las
rentas más bajas de la población. Sobre las ruinas del “estado de bienestar” y
como consecuencia de su demolición, se ha llegado -en la definición teórica, la
justificación mediática y los primeros ensayos- a una verdadera “guerra contra
los pobres”.
Uno de los objetivos fundamentales del incremento de la represión por la
ampliación de las conductas delictivas es la creación de un nuevo “sentido común
represivo” que generalice y consolide la estrategia de control social sobre los
excluidos que se está poniendo en marcha.
El sistema Tolerancia Cero se ha convertido en el símbolo de una tendencia
mucho más amplia, que incluye medidas penales y carcelarias. En EEUU, en donde
el modelo se ha definido, consisten en la aplicación masiva de la pena de muerte
incluso a menores o discapacitados mentales, al agravamiento escandaloso de las
penas en los casos de reincidencia, la aplicación de los regímenes penal y
penitenciario de adultos a los delincuentes jóvenes y a la limitación de todas
las formas de reducción de condenas.
Todo ello ha producido un aumento espectacular de la población carcelaria. Lo
que ha ocurrido en realidad es que la reducción de la delincuencia de la que
alardean los políticos y los policías ha venido acompañada por la aparición de
un nuevo hábitat humano: el carcelario.
El modelo se extiende por el mundo
La Tolerancia cero se ha convertido en el lema de un modelo
policial-judicial-carcelario que se ha extendido por el mundo aunque pocos
portavoces políticos y policiales se han atrevido, hasta ahora, a mencionar una
fórmula que todavía carece de un consenso social suficiente.
Todo es, sin embargo, cuestión de tiempo: las encuestas señalan la favorable
incidencia en la “opinión pública” de la imagen de “mano dura” que
progresivamente ostenta el Estado apoyado por los medios de comunicación.
La primeras medidas consistieron en la aplicación de fórmulas penales y
judiciales surgidas en los EEUU, especialmente en lo que se refiere a los
jóvenes: aplicación de toques de queda para limitar su permanencia en las
calles, resquebrajamiento de la diferenciación penal entre jóvenes y adultos,
encarcelamiento de jóvenes reincidentes, limitación de garantías y aplicación de
juicios rápidos para faltas cometidas en las calles.
El lugar de “privilegio” que en la atención policial y carcelaria tienen los
negros en EEUU ha sido ocupado en Europa por los inmigrantes. En algunos países
de fuerte inmigración con antigüedad de residencia, como Francia -y también el
Reino Unido-, también se ha definido otro gran enemigo público: los jóvenes de
los “barrios segregados”, en parte de origen africano, están sufriendo una
vigilancia y una represión intensa. Ello explica auténticas sublevaciones que ha
repetido periódicamente en los últimos años y que representan las respuestas
explosivas a un hostigamiento continuo.
En América Latina la Tolerancia Cero viene del Norte como la antigua doctrina
de la “seguridad continental” aplicada por todas las dictaduras militares. Nada
tiene de extraño que la Tolerancia Cero remueva el espanto de una guerra sucia
legal.
Stella Calloni encuentra similitud entre las modificaciones legales que se
han aprobado en la etapa de furor neoliberal con las implantadas por los
regímenes militares en la década de los 70. CORREPI, Coordinadora contra
Represión Policial, apuntó certeramente hace algunos años a la intención
profunda de la nueva oleada represiva: “Es necesario que los segmentos populares
sientan la “presencia policial” , se “acostumbren” a su metodología de represión
y ni se les ocurra resistir los ajustes y las injusticias”. En diciembre del
2001, sin embargo, esas presencias y costumbres no fueron suficientes para
impedir la rebelión popular.
Desde el análisis de las dictaduras militares del Cono Sur como un proceso
represivo que preparaba los cambios económicos neoliberales, se puede
establecer, siempre desde el punto de vista de los detentadores del poder y de
los privilegios, la idéntica función utilitaria que tienen la represión
política de los 70 y la progresiva penalización de la pobreza en los años
finales del milenio.
Se ha sustituido el enemigo político por el marginado social.
Aznar entre la “Tolerancia Cero” y la “guerra antiterrorista”
Hace algunas semanas que las modificaciones en el Código Penal culminaban un
largo proceso en el que en el estado español se aplicaban, con algunos años de
retraso, los mismos criterios que orientaron la creación del sistema de
tolerancia cero.
Las medidas han sido exactamente las mismas: disminución de la edad penal
para aplicar el código y el sistema penitenciario a los jóvenes delincuentes,
ampliación de las figuras delictivas para incluir a determinadas protestas
urbanas, fuerte agravamiento de las penas por reincidencia, eliminación de los
mecanismos de reinserción y de regímenes atenuados para alcanzar el
“cumplimiento íntegro” de condenas, reducción de la libertad condicional,
ampliación de las penas máximas, fuerte castigo en casos de reiteración en las
faltas, todo ello con la utilización de un lenguaje específico bajo el lema de
“barrer de delincuencia las calles”.
En el frente de la disidencia política, Aznar ha ampliado y difuminado el
concepto penal de terrorismo abriéndolo hacia la represión del nacionalismo
–concepto de “entorno”- y de la protesta social general. La culminación de este
proceso por el momento ha sido la aprobación de la Ley de Partidos
Políticos.
También hay que señalar la búsqueda de “legitimidad” y “cobertura
internacional” en el esfuerzo sistemático para integrar el problema vasco dentro
de la “guerra mundial antiterrorista”.
“Mano dura” y “No hay alternativas”
Con las premisas neoliberales que presentan la realidad económica como una
consecuencia natural del “sistema de libertad y responsabilidad personal” y que
celebran las consecuencias de la no intervención del estado, la marginación se
convierte en delincuencia.
La opinión pública, que es en buena parte una creación mediática, asume con
alarma esa “ascensión imparable de la violencia urbana” que le transmiten los
medios de comunicación y como consecuencia acepta la nueva definición de los
problemas sociales como problemas policiales. La opinión pública pide mano dura,
reclama guardias y más guardias en la calle.
En el escenario de la “seguridad ciudadana” –el propio nombre coloca a los
marginados, a los “malos pobres”, fuera de la ciudadanía- la coherencia es
total. Aumenta la delincuencia y también aumenta la represión. Barbarie contra
barbarie, la brutalidad policial es reclamada por unas clases medias que sienten
aquel pánico moral al que se refería LoïcWacquant. La política de
“Tolerancia Cero” responde a una realidad que es el aumento de la inseguridad y
de la delincuencia.
De este modo, dicen los teóricos neoliberales con toda la lógica de una
situación trampeada, no hay alternativas.
El escenario mediático de la “seguridad ciudadana” suplanta, sustituye y
encubre, al escenario principal: la redefinición de las actividades del estado
como actividades policiales, la exclusión social de los marginados, la
penalización de la pobreza y la guerra contra los excluidos.
Con el modelo de “Tolerancia Cero” la represión se convierte en un
especimen casi único: un sistema público planificado.
A partir del 11 de Septiembre
A partir del 11 de Septiembre la guerra antiterrorista decretada por el
presidente Bush ha tenido enormes consecuencias en la modificación de los
procedimientos policiales y judiciales en el interior de los Estados Unidos, y,
sobre todo, en la legitimación del sistema represivo.
Lo han sufrido, en primer lugar, los ciudadanos musulmanes o de origen árabe
y los inmigrantes legales o ilegales de la misma religión o procedencia. También
todos aquellos cuyos rasgos o aspecto visual pudiera relacionarlos con ellos.
Detenciones arbitrarias, interrogatorios irregulares, malos tratos,
encarcelamientos sin cargos, con incomunicación y por largos períodos de tiempo,
órdenes genéricas de presentación ante la policía para “interrogatorios
voluntarios”, liquidación de procedimientos y garantías como el habeas
corpus. Varios miles de personas fueron detenidas y mantenidas bajo arresto,
incomunicadas, sin aviso a sus familiares, y privados de asistencia letrada.
Por otro lado la psicosis de inseguridad ha conducido a reforzar la
colocación de la sospecha en el eje de las relaciones del estado con
determinados ciudadanos caracterizados como “posibles terroristas”.
El documento “Homeland Security”, con el que formuló “sistemáticamente” la
necesidad de crear una gigantesca estructura unificada y centralizada de
seguridad interior, no es otra cosa que un catálogo de horrores para potenciar
determinada psicología de masas. En él se enumeran, en tono apocalíptico, todas
las catástrofes concebibles a las que se presenta como riesgos inmediatos sólo
evitables con la puesta en marcha de una enorme maquinaria de vigilancia,
control y represión. También es muy significativa, en esta campaña de difusión
del terror, la presentación de un enemigo, difuso, infiltrado y encubierto,
caracterizado en principio como árabe o musulmán, y más tarde, todavía más
genéricamente, como extranjero de nacionalidad u origen.
Paralelamente a la creación de esa particular psicosis colectiva se ha
ampliado o ensayado la movilización de la población en tareas de espionaje y
actuación parapolicial con procedimientos tales como la potenciación y extensión
de las patrullas barriales, o la puesta en marcha de un Sistema de Prevención e
Información sobre Terrorismo –TIPS- cuyos primeros ensayos se han iniciado en
las grandes ciudades el pasado verano.
Nada menos que un millón de personas -el 4% de la población total de 24
millones que sumaban las diez grandes ciudades que fueron elegidas para el
experimento- formaban parte de la red potencial de “soplones” prevista por el
TIPS. Los informantes de este “sistema” de espionaje incentivado son
profesionales de los trabajos en los hogares -tales como fontaneros,
electricistas, instaladores, reparadores, pintores, transportistas, cuidadores
de ancianos o de niños-, que deben comunicar todos los hechos o circunstancias
que observen en ese ámbito privado y que les parezcan sospechosos. Todos
aquellos cuya mínima ética profesional les exige el respeto a la intimidad y les
prohíbe el fisgoneo, son incitados a actividades que por lo menos tangentean lo
delictivo. El gobierno de los EEUU viola masivamente el derecho a la intimidad y
estimula la realización de delitos. Como en los regímenes fascistas la sospecha
se ha convertido en el elemento primario de relación social y la denuncia
secreta en moral cívica de los norteamericanos.
Todo ello ha incidido y reforzado el ya establecido sistema integrado de
represión, denominado “Tolerancia Cero”.
Otra de las consecuencias del 11 de Septiembre ha sido la creación de
jurisdicciones especialísimas, verdaderos “territorios o pantanos judiciales
liberados”, en los que la única norma es la de que “todo vale”. El sistema de
“especialización” ha sido tanto militar como territorial. La base de Guantánamo
ha servido para generar procedimientos judiciales que con la utilización de
detenciones arbitrarias, torturas, encarcelamientos ilimitados sin presentación
de cargos ni juicios se remontan a períodos de barbarie.
El imperio: los “principios morales” y la “condición humana”
Bush repite por donde quiera un manualito corto sobre la libertad de empresa
y de mercado que para él es la única libertad y la expresión sublimada de
humanidad: “principio moral” y “condición humana”, en palabras que le gusta
repetir al presidente. Comprar y vender es sin duda el principio de toda
relación social para este multimillonario tejano que maneja la política mundial
con un selecto grupo de multimillonarios. En nombre de todos ellos habla George:
“En la base de mi política exterior se encuentra un sistema de valores
innegociable, el de los valores que más apreciamos. Y si los valores son
beneficiosos para nuestra gente, tienen que serlo para otros pueblos, no es que
haya que imponerlos porque son valores de origen divino. No son una creación de
los Estados Unidos. Son los valores de la libertad, y la condición humana, y el
amor de las madres por sus hijos” [3].
Libertad de negocio y amor de
madres. Todo un complejo mundo de valores con el que ese pequeño comité de
magnates dan respuesta a los problemas del mundo: economía capitalista y
sentimiento maternal.
Los EEUU –dice el manual de la doctrina Bush- están amenazados por los
“estados fracasados” y por “tecnologías catastróficas en manos de unos pocos
amargados”.
La superioridad racial -que “justificaba”, por ejemplo, la represión interior
y la política expansionista del III Reich- reaparece aquí en la versión
reaganiana de desprecio a la pobreza interpretada como fracaso. El carácter
expansionista -que los nazis proclamaban con su “espacio vital”- es ahora
manifestado con el propósito de extender la globalización capitalista neoliberal
a todos los países del mundo: "trabajaremos activamente para llevar la esperanza
de la democracia, el desarrollo, los mercados libres y el libre comercio a toda
esquina del mundo”. Veamos como expresa todo esto el documento: “Nueva
Estrategia de Seguridad de los EEUU” (NESN)
La pobreza no hace que los pobres se conviertan en terroristas y asesinos.
Pero la pobreza, las instituciones débiles y la corrupción pueden hacer que los
estados débiles sean vulnerables a las redes de terroristas y a los carteles
narcotraficantes dentro de sus fronteras.
Hoy, la humanidad tiene en sus manos la oportunidad para hacer que la
libertad triunfe sobre todos estos enemigos. Estados Unidos acoge con
beneplácito nuestra responsabilidad de encabezar esta gran misión. Estados
Unidos debe defender firmemente las demandas no negociables de la dignidad
humana: el imperio de la ley; límites del poder absoluto del estado... y respeto
a la propiedad privada
...
Estados Unidos debe partir de estas convicciones esenciales y mirar hacia
el exterior en busca de posibilidades de expandir la libertad.
Estados Unidos posee en el mundo poder e influencia sin precedentes - y
sin igual... Se debe usar la gran fuerza de esta nación para promover un
equilibrio de poder que favorezca la libertad.
El concepto del "libre comercio" surgió como un principio moral aún antes
de convertirse en un pilar de la ciencia económica... Esta es la verdadera
libertad, la libertad de una persona -- o una nación -- de ganarse la
vida.
Las ideas militantes de clase... que prometieron una utopía y resultaron
en miseria han sido derrotadas y refutadas. Estados Unidos se ve ahora amenazado
ahora no tanto por estados conquistadores como por estados fallidos. Nos
amenazan menos las flotas y los ejércitos que las tecnologías catastróficas en
manos de unos pocos amargados. Debemos eliminar estas
amenazas...
Delitos, delincuentes y justicieros internacionales
La personificación de los delitos se ha convertido en la primera norma del
Imperio.
Los EEUU han impuesto a la comunidad internacional su criterio sobre “rogue
states”. Son ellos, los estados delincuentes, los que cometen delitos
internacionales con conductas que no son reprobables cuando son realizadas por
otros estados. Contra ellos se empleará toda la violencia necesaria según
expresa la NESN.
“Estados Unidos actuará contra esas amenazas en surgimiento antes de que
éstas terminen de formarse... En el nuevo mundo en que hemos entrado, el único
camino hacia la paz y la seguridad es el de la acción.”
“Es hora de reafirmar la función esencial del poderío militar norteamericano.
Debemos construir y mantener nuestras defensas hasta ponerlas por encima de
cualquier reto.”
Los EEUU no sólo señalan a los delincuentes internacionales sino que fijan
también los delitos. El terrorismo es el primer gran delito indefinido. La
catalogación de un estado o un grupo como terrorista es también una vocación
imperial indiscutida.
En realidad lo que se castiga como terrorismo es la disidencia política
internacional, la rebeldía frente al Imperio.
Claro que tanto el frente terrorista como el de la disidencia política tiene
sus expresiones internas tanto en EEUU como en el resto de los países que
reproducen su modelo.
Esa triple vocación imperial de definir delitos, determinar quienes son los
países delincuentes y convertirse en el justiciero universal ha provocado que la
ONU pierda su papel a favor de los EEUU. Esta sustitución que liquida
definitivamente el derecho internacional estaba ya definida, con claridad aunque
de manera formalmente colectiva, en el Consejo de la OTAN celebrado en
Washington en abril de 1999 mientras se bombardeaba Yugoslavia: la OTAN actuaría
sin autorización del Consejo de Seguridad pero “siguiendo el espíritu de las
Naciones Unidas”. Esta reserva final más que aliviar el problema lo agrava:
supone en realidad un enorme avance en la vía de sustitución de la ONU e
implantación imperial. Los EEUU asumen la representación y expresan la voluntad
de la “comunidad internacional”.
“Mano dura” internacional
La represión de los delitos internacionales es ilimitada. Contra los estados
delincuentes los procedimientos son expeditivos.
Los EEUU han puesto en marcha la “Guerra de Destrucción Masiva
Unilateral”(GDMU) [4]. Supone la realización de una operación militar de
potencia devastadora, con armas de destrucción masiva si es preciso, efectos
colaterales regulables, incidencia extrema sobre la población civil y grandes
daños a medio y largo plazo. Sus características son la absoluta impunidad, el
coste humano próximo a cero para los EEUU, y el carácter programable y planeado
de la destrucción y de la matanza. El destinatario de la maquinaria represiva es
fundamentalmente la población civil. Se trata de golpear y castigar hasta
eliminar toda la voluntad de resistencia.
Además de GDMU los EEUU han proclamado su derecho a realizar guerras
preventivas, es decir, sin previo aviso y al margen de todos los mecanismos de
mediación y de regulación internacional. A ese despliegue de ferocidad han
añadido el “derecho” de secuestrar y de matar a sus enemigos en cualquier lugar
del mundo.
Además, los EEUU no acepten límite alguno en su realización de operaciones de
castigo. Sus fuerzas armadas pueden llegar hasta el genocidio, los crímenes de
guerra y los crímenes contra la humanidad. No otra cosa significa su no
aceptación de la jurisdicción del TPI que ha tipificado perfectamente estos
delitos. El documento NESN se expresa con mucha claridad:
"Emprenderemos las acciones necesarias para asegurar que nuestros
esfuerzos para cumplir con nuestros compromisos de seguridad mundiales y
proteger a los norteamericanos no se vean perjudicados por el potencial de
investigaciones, pesquisas o enjuiciamiento por parte del Tribunal Penal
Internacional (TPI).
En el orden judicial los EEUU que habían puesto en marcha tribunales
especiales como el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia
(TPIY), acusados con razón de parcialidad, han optado ahora por una jurisdicción
mucho más irregular: la de los tribunales militares especiales.
Los tribunales militares para juzgar a los “terroristas internacionales” son
puestos en marcha por el presidente de los EEUU. Los jueces son militares de
alto rango sometidos a la autoridad directa del presidente de los EEUU,
comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Las condiciones del procedimiento
penal son fijadas por el Secretario de Defensa, jefe político del Pentágono y de
los ejércitos de Estados Unidos. Entre esas condiciones está toda la estructura
de garantías del habeas hábeas. Observemos los resultados: las detenciones son
secretas, los cargos también lo son, las detenciones no tienen límite de tiempo,
no precisan cargo alguno, los interrogatorios son también ilimitados. Cuando los
cargos se formalizan no se permiten comunicaciones directas y no intervenidas
entre los abogados defensores y los detenidos.
Los juicios son secretos. Las condiciones que deben tener las pruebas son
fijadas también por la Secretaría de Defensa de los EEUU. Las pruebas pueden
calificarse también como secretas. En ese caso sólo son conocidas por los
miembros del tribunal. Los juicios serán realizados en buques o en unidades
militares, lejos del alcance de cualquier observador imparcial. La justicia
internacional que han impuesto los EEUU no soporta las vistas públicas.
Los procesados y juzgados por esta maquinaria que pulveriza todas los
derechos individuales y todas las garantías procesales pueden ser
ejecutados.
Siguiendo rigurosamente este procedimiento “especial” una persona puede ser
capturada secretamente, procesada también en secreto en lugar desconocido y
ejecutada sin más complicaciones. Las sentencias no tienen apelación.
Los presuntos criminales son cazados, en cualquier lugar del mundo, por los
servicios especiales o por el ejército de los EEUU. Los países que se nieguen a
una detención en su territorio o a una extradición inmediata serán considerados
como enemigos de los Estados Unidos.
El papel de Falsimedia
El mito de la libertad de prensa se sostiene en proclamaciones ostentosas en
los medios de comunicación. Son los delincuentes-jueces proclamando su
inocencia.
Los “media” son uno de los principales instrumentos cotidianos de poder.
Fabrican la opinión pública en el sentido favorable a la política de los EEUU y
sus aliados y a los intereses de las multinacionales. Deforman la realidad, la
encubren y la interpretan de manera coherente con las determinaciones y
objetivos de los grandes centros de poder mundiales. Cuando Bush decreta la
existencia de una frontera entre el Bien indiscutible y el Mal absoluto, declara
la guerra universal contra el terrorismo, publica listas de países y
organizaciones “enemigas del género humano”, y ordena la movilización general en
todo el mundo, los medios de comunicación asumen los grandes principios de la
contienda y las delineaciones de los frentes de batalla. La memoria de los
procesos históricos, el relato de los últimos acontecimientos, la información
cotidiana y el análisis de todos esos datos se amoldan al discurso maniqueísta
de los Estados Unidos, a la orden de movilización sin exclusiones. Todos los
conflictos sociales importantes reproducen esa dualidad simplificadora, en todos
se afirma la disciplina mediática del Imperio.
La distribución de la “verdad” es en líneas generales la misma que la de las
armas y su poder discursivo. Los EEUU, cuyo presupuesto de Defensa supera el de
los ocho países que le siguen en esa escala específica de los gastos en
armamento, monopoliza en la práctica el poder militar y la Verdad universal.
Washington proclama la verdad sin más resquicios que aquellos que permiten
algunos desahogos sin importancia de los aliados y el tributo obligado ante
opiniones públicas no totalmente domesticadas. La verdad de los EEUU, la verdad
de todos, sólo admite algunos matices colaterales.
La obediencia es la única norma imperativa del código ético de la
comunicación en nuestros días, la desvergüenza es su forma particular de
encubrimiento.
En el último mes de mayo, en el templo guerrero de West Point, provocando el
delirio patriótico de los futuros centuriones, el comandante en jefe Bush
proclamaba la última norma de la guerra antiterrorista de los Estados Unidos.
Washington está dispuesto a realizar “ataques preventivos” -no sólo sin
declaración de guerra o aviso previo, sino también sin causa comprobable alguna-
que alcanzarán de lleno, como en todas las guerras realizadas en los últimos
años, a la población civil.
En la disponibilidad para la guerra y el asesinato masivo, y en el desprecio
por el derecho internacional, la soberanía de los estados y el derecho de los
pueblos, los Estados Unidos están llegando mucho más allá que el modelo de
brutalidad y agresividad internacional del último siglo: el Tercer Reich.
La reacción de los fabricantes de la opinión pública es totalmente desolador.
Su complicidad no parece tener límites. El discurso humanicida de Bush,
acentuado después del 11 de septiembre y expresado con la máxima brutalidad en
West Point, ha sido calificado simplemente como “belicista” por lo grandes
medios más “progresistas”, quienes al mismo tiempo se apresuraban a contrastarlo
con el discurso “moderado” empleado en la siguiente visita a Europa [5].
De este modo, lo atroz era comentado sin escándalo, como una arenga de cuartel
frente al discurso razonable de la intervención ante el Bundestag alemán. Sin
embargo en ese viaje trasatlántico de la templanza, Bush reiteró todos sus
planteamientos e intenciones en relación con la campaña interminable, universal
y de incorporación obligatoria, e identificó la civilización europea con la
guerra antiterrorista.
Su única concesión a la “buena fe” de los medios fue la promesa de consultar
a sus aliados europeos en casos de ataques de gran envergadura como el previsto
contra Irak. Ya tenemos larga experiencia de cómo se procesan y cuál es el
ritual de esas consultas. El verdadero premio a la moderación deberíamos
reconocérselo al conjunto de medios de comunicación capaces de apañárselas para
no alterar –ante “bombardeos de alfombra”, ciudades arrasadas y embargos
genocidas- el sosiego, el bienestar moral y el conformismo apacible del
“ciudadano universal” [6].
En esa guerra “antiterrorista” que es en realidad la disciplina planetaria
del orden neoliberal, y que ha declarado Washington a todos los países y
organizaciones rebeldes del mundo, la información y la comunicación son un campo
de batalla permanente y cotidiano.
Tal como ha sucedido en otros escenarios de esa misma guerra global, los
grandes medios de comunicación –Falsimedia- han ajustado su “producción” al
cumplimiento meticuloso de la primera norma de esa guerra implacable: el
alineamiento en “orden de combate”.
La tarea esencial de Falsimedia es la de adaptar la conciencia del “ciudadano
universal” a la aceptación de las acciones de la “guerra total
antiterrorista”.
Los medios la han cumplido hasta el punto de que un proceso acelerado de
liquidación del derecho internacional e implantación de una dictadura
planetaria, como el que ha ocurrido en los últimos años, no ha tenido incidencia
alguna en la opinión pública. Y eso a pesar de la visibilidad del mismo,
derivada de la enorme coherencia con el objetivo de implantación de un orden
imperial que han tenido sus expresiones parciales, de la flagrante contradicción
con el sistema de valores proclamado, y de la publicidad de sus datos
esenciales. En ese escenario de la información toda posibilidad de denuncia o de
debate ha desaparecido. Los medios aparecen como un conjunto unánime, como un
subsistema integrado en el sistema de poder que gobierna el mundo.
[1] ¡Viva la Libertad, Tolerancia Cero!. Antonio Maira. El Viejo topo, nº144,
octubre 2000, El Viejo Topo.
[2] El caso de Amadou Diallo se hizo famoso. Diallo era un inmigrante negro
que fue tiroteado delante de su casa por varios policías y alcanzado por decenas
de disparos mientras enseñaba su documentación. Amadou no iba armado. Su delito
era ser negro y vivir en un “barrio sensible”. Los policías fueron
absueltos.
[3] Entrevista con G. W. Bush realizada por Bob Woodward y resumida por El
País 20 noviembre 2002
[4] Cádiz Rebelde nº 44. “Del Dr. Strangelove al Dr. Wouter Bassón”. Antonio
Maira, 1 junio de 2002.
“La Guerra de Destrucción Masiva Unilateral”. El Viejo Topo. No 169-170,
septiembre 2002.
[5] “Estados Unidos tiene que atacar al enemigo antes de que el enemigo
ataque; la guerra contra el terrorismo no se gana a la defensiva. Estas dos
ideas definen la filosofía militar de George W. Bush, que este fin de semana ha
formulado un planteamiento belicoso del orden internacional sumamente alejado
del lenguaje moderado que empleó hace unos días en su viaje por Europa”. El
País, 3 de junio.
[6] La función principal de esos medios es la creación de ese “ciudadano
universal” caracterizado por compartir fielmente la “opinión pública
generalizada”.
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