Para motores, el del Volkswagen de mi compadre ¿Cuál imperialismo?

Mi compadre y colega tiene un Volkswagen de finales de la década del sesenta. Nunca quiso deshacerse de ese escarabajo porque le gusta sentirse dentro de él, por lo menos es parte de lo que él dice, pese a lo incómodo que pueda parecer, tomando en cuenta que mide casi un metro ochenta.

Él, mi compadre, quien también fue mi compañero de partido, ambos militamos en el MIR, es ahora militante comunista y por tanto, como yo, sigue siendo antiimperialista; ¡ojalá no lea esto!, lo que dudo, porque sospecho podría no gustarle, sobre todo viniendo de mí. Por cierto, aunque parezca extraño a quienes sabemos de la historia y el costumbrismo sucrense, somos amigos, panas y compadres, siendo él carupanero y yo cumanés.

Léase bien esto que pongo en seguida. Los viejos izquierdistas de ahora, tanto como los viejos de antes, hemos sufrido de una fijación, según la cual, el imperialismo es gringo. Algo así como que tiene nacionalidad. Es un remanente de los resultados de la segunda guerra mundial. Desde añales atrás aprendimos, porque uno de vez en cuando ha leído algo, pese en el lado de allá y de acá haya claques, cogollos o "círculos ilustrados", que creen que no, el capital no tiene nacionalidad ni frontera. En la década del sesenta, siendo mi compadre y el suscrito casi unos carajitos, ya habíamos tenido noticias de unos teóricos nuestros, latinoamericanos, como Celso Furtado y Teotonio Dos Santos, quienes hablaron de la imbricación del capital. Pero aun así, quizás por viejos, no se nos quita la maña de pensar en la intimidad, allá donde se acurrucan los sentimientos, que el imperialismo es gringo, sólo habla inglés y es sobrino del Tío Sam. No olvidemos aquello que cantó Alí Primera, "el conquistador se volvió gringo y hasta al español jodió". Pero, no todo está en uno. De este lado, cuando se habla del imperio, por imperialismo, se piensa en USA y dejamos como libre de pecados a los capitales de viajan de aquí para allá, sin pasaporte, de otros países distintos al de "Tarzán de la selva" quien llegó a ser "rey de los monos en el África", como lo fueron alemanes nazis e italianos fascistas en plena guerra de la década del cincuenta del siglo pasado. No sé en verdad si ahora hay una nueva teoría de un imperialismo bueno y otro malo; es posible que sí, pero como uno no forma parte de los "círculos pensantes", donde se cuadra el círculo, de repente estamos obsoletos.

Claro, no nos queda duda que el capital y el imperialismo tienen su jefe de pandilla o mejor el jefe de todas, el poder de fuego y la guapetonería así lo definen. Es como en las pandillas comunes de la calle o cárceles; hay pandillas de pandillas, pranes y jefes de pranes.

Lo cierto de nuestro cuento es que mi compadre podría haber olvidado - ¡miren cuán olvidadizo es desde muy joven!, tanto que siempre se olvidaba poner su parte de la cuenta que solía pasar el mesonero – que ese pequeño carro, no sólo es alemán, sino en buena medida una obra de Hitler quien pidió un vehículo que, como los camellos, pudiese atravesar los desiertos africanos sin necesitar agua. Recuerde el lector, que ese automóvil no requiere H20 y menos el refrigerante, como agua saborizada, que inventaron los gringos o arroz con ajo, de Mendoza, para hacernos la vida más cara. Es pues un carro sin duda procedente de un imperio y, para más vainas, nazi. Es decir podría ser que mi compadre, por esa fatalidad nuestra, entre escoger un aliado, teniendo por delante dos rapaces, opte por escoger lo que uno siempre llama para consolarse, el mal menor. En este caso no sería por Hitler, sino Alemania que no nos jode mucho que digamos.

El, mi compadre, cuando uno, sus amigos, le hemos recriminado por qué no se deshace de esa carcacha –y esto no es ahora porque tanto él, como casi todo aquel que trabaja sujeto a salario o jubilación, que es nuestro caso, no puede comprar ni un triciclo que por cierto tampoco toma agua – siempre alegó que ese carro tenía la virtud que su mantenimiento era de bajo costo, consumía poca gasolina y sus repuestos o partes se conseguían en el mercado nacional fácilmente y en Colombia los fabricaban de buena calidad y baratísimos. Al parecer, mi compadre, no obstante el enredo del imperialismo, siempre tuvo claro lo de romper con el rentismo petrolero, pues además, su carrito puede recorrer el mundo, sin agua ahora cuando el niño aprieta y cuatro lochas de gasolina de 91 octanos. Supimos en aquellos tiempos lo del rentismo, con la ventaja para él sobre nosotros que se preparó para ello. No le agarraron desprevenido.

El seguía con su carro, sin caer "en la trampa del imperialismo", pese que el motor daba brincos, sonaba como una perola y en cualquier parte le dejaba tirado. ¡Sí! Tirado en el suelo. Porque ese carro le convirtió en mecánico. Tuvo que hacerlo, aprender mecánica; porque si hubiese tenido necesidad de buscar quienes le arreglasen las demasiadas frecuentes averías y hasta grúas para llevarlo de aquí allá, ya mi compadre estuviera en manos del FMI que es aliado del capital gringo, alemán y japonés. Por aquí, nada más, uno saca que el imperialismo también tiene los ojos oblicuos.

Por eso, cuando escucho hablar de motores prendidos, aparte de preocuparme por el de mi vieja carcacha que es imperialista gringa, algo así como "criolla" de allá, recordar tantos motores muchas veces prendidos para esto y para aquello y luego hallarles no sólo callados sino solitarios, encerrados y hasta por allí, en medio de una sabana abandonados, porque no es que no rugen, roncan, ni siquiera tosen, sino lo que es peor, no prenden. Están tirados allí y se les ve como tristes y es triste la cara que ponemos todos cuando pasamos por donde están ellos abandonados, con nuestros motores tosiendo y a punto también de callar para quedarse callados para siempre porque repararlos, esa simpleza, es como un sueño.

Sin embargo, mi compadre, antiimperialista, por años ha cambiado y recambiado piezas a su pequeño coche. Las piezas sustituidas las ha guardado y ahora, con su habilidad de mecánico para carros nazi-imperialistas, cuando en Alemania manda la señora Merkel, con no menos saña, aunque refinada, que Hitler, aquellas suele usar como quien remienda un traje. Si dudan lo de la Cancillera alemana basta con preguntarle a los griegos y los migrantes que por oleadas llegan a Europa. Cuando una pieza del carrito de mi compadre le echa vainas, le pone la vieja que corresponde, es decir la repasa y se va tosiendo por allí; mientras conduce sonreído e irónico su viejo escarabajo, piensa feliz que a él no le va a joder ningún imperialismo y se dice, como solía hacerlo mi suegro, "ni que se vista de cura"; nosotros, viejos de estos tiempos, afirmamos ante mi compadre para felicitarle por acertar, pero para que cambie el discurso.


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Eligio Damas


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