El día en que bajaron de los cerros*

A 27 años de la explosión social que se le recuerda con inmenso dolor e indignación como "El Caracazo", se impone que en cada rincón de la Patria se hable del mismo en todas sus facetas y dimensiones, no solamente para intentar inventariar los resultados de la tragedia humana que eso produjo, con el asesinato de no menos dos mil personas, igual cantidad de desaparecidos e incontables heridos, además de cuantiosos daños materiales, luego de una balacera indiscriminada e indetenible por más de tres días por parte de un ejército al servicio de los peores intereses del pueblo, tutelado por una oligarquía y su calaña de títeres políticos adecos y buena parte de compinches de otras agrupaciones políticas minoritarias de la más extrema derecha, sino para que jamás se olvide que las causas de esa Rebelión Popular no fueron otras que la atroz desigualdad social que mostraba, entonces, el país, con una pobreza abismal general que superaba con creces el 50%, una pobreza extrema de más del 15%, un desempleo como nunca antes había registrado la historia del país de los últimos cuarenta años y las cada vez más crecientes dificultades de todo orden para el acceso a los servicios médicos y a la educación gratuitos, servicios esos que se fueron gradualmente deteriorando a niveles de la mayor perversidad, pues quienes detentaban el poder habían adelantado por años políticas de Estado dirigidas expresamente a privatizarlos, por la vía de reducir, año tras año, las inversiones públicas en esas áreas tan sensibles, debiéndose aclarar que para los gobernantes de esos años, tales erogaciones eran calificadas como gastos y jamás como una inversión social, tal y como la Revolución Bolivariana las tipifica desde que asumió el poder en 1999.

Fue tal la magnitud de esa explosión del pueblo y las causas que la produjeron, que hasta medios internacionales concentrados, como el diario El País de España, el que para esa fecha aún mantenía una moderada decencia y un cierto equilibrio informativo, todo lo cual a la fecha y desde -quizás- hace unos 15/18 años, sus dueños optaron por echar esa "muy extraña virtud" a las cloacas madrileñas, hizo conocer su versión de lo acontecido en la tierra de Bolívar, dentro de una objetividad que sorprende, la cual hemos considerado bien interesante darla a conocer a nuestros lectores de Aporrea, a los solos fines de decirles que quienes en la oposición están voceando la inminencia de que un acontecimiento similar se va a repetir en nuestra Venezuela por la crisis que atraviesa debido a los altos índices de desabastecimiento de alimentos y medicinas, están cometiendo un grave error que lo pudieran pagar demasiado caro, pues de ocurrir ahora una rebelión popular de tal calibre, sería para cobrarles a esa oposición y a sus financistas (las cámaras y asociaciones de Comercio en manos de la burguesía parasitaria) el daño inmenso que le han causado al pueblo acaparando y especulando sin medida alguna los alimentos y no queremos ni pensar cuales pudieran ser las terribles consecuencias en términos, al menos, de destrucción y daños de bienes en general y dinero, lo que ocurriría si ese pueblo optara por hacerse justicia por sus propias manos.

No olvidemos, como nos lo ha venido indicando la historia de todos los edades y de todas las latitudes, ese tipo de eventos nunca es posible saber cómo y cuando terminan…

Ojalá y esta oposición recapacite, coja mínimo como decimos en criollo y deje quieto lo que está quieto…!!! El pueblo todo clama por la paz y para que haya paz, se impone la racionalidad y el compromiso ineludible de todos porque se guarde el absoluto respeto a las normas de la democracia que están perfectamente definidas en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Veamos, pues, lo que divulgó el diario El País de España bajo el título que hemos utilizado para estas líneas, en su edición del 5 de marzo de 1989:

"Lo que temía la Caracas acomodada, la irrupción de los marginados, ha bañado de sangre el país y "es sólo un aviso"

"La boda del siglo tituló con todas sus cinco columnas de primera página el pasado 19 de febrero el Diario de Caracas, con un breve antetítulo que decía: La crisis tiene sus excepciones. Por encima de una foto de los novios escribía el periódico que "fue la de la pareja Fernández Tinoco-Cisneros Fontanels, Gonzalo y Mariela, quienes contrajeron nupcias en la capilla de las Siervas del Santísimo. De allí el cortejo partió en 20 pullmans y un Rolls Royce hasta el Alto Hatillo, donde un bufé rebosante de caviar, langosta y salmón fumée, regado por champaña La Grand Dame -de la cosecha más apetecida-, esperaban a 5.000 invitados, de los cuales 200 habían llegado desde el extranjero, con pasaje pagado desde Caracas.

Al mismo tiempo que los invitados degustaban el "bufé rebosante", en la cadena de supermercados Cada, la mayor del país, propiedad de la familia de la novia, Mariela Cisneros, el grupo financiero más fuerte de Venezuela, faltaban buena parte de los productos básicos. Lo mismo ocurría en gran parte de los comercios del país. El anuncio de la entrada en vigor de nuevas medidas económicas, anunciadas por Carlos Andrés Pérez, que había asumido la presidencia el 2 de febrero, desencadenó la codicia de los comerciantes. En espera de las subidas de los precios liberados, los comercios retenían mercancías en las bodegas. El mercado quedaba desabastecido en un país que había dejado de ser la Venezuela saudí de los años setenta, época de la primera presidencia de Pérez, y había entrado de lleno en la crisis de los ochenta, de la deuda externa y la pauperización. Una cuestión semántica

Caracas está situada en un valle a casi 1.000 metros de altura y tiene un clima de eterna primavera. La ciudad creció por los montes que la rodean e invadió los cerros, donde sobreviven los pobres, y las colinas, donde moran los ricos. Geográficamente, no existen diferencias entre cerros y colinas, pero la nomeclatura se encarga de marcar claramente las fronteras: cerros para pobres y colinas para ricos. Por las noches desde el valle de Caracas se ven las miles de lucecitas de los cerros, que rodean de forma amenazadora la ciudad. Comentario habitual, con un leve toque de cinismo, en torno a una cara bebida de importación, solía ser en Caracas: "¿Qué ocurrirá el día que bajen de los cerros?".

El lunes 27 de febrero se juntaron en una constelación la deuda externa, el Fondo Monetario Internacional y las transnacionales; la voracidad y lujo desenfrenado de la oligarquía criolla con sus bodas del siglo; el desgobierno de años de despilfarro durante la Venezuela saudí; la falta de previsión de políticos tecnócratas, que no supieron, o no quisieron, creer en los altos porcentajes de población que vivían la miseria absoluta; también las expectativas despertadas por la nueva presidencia de Pérez que recibían una ducha fría en forma de subidas de precios, cuando todos esperaban la llegada de un Mesías populista que empezara con el reparto imposible. En el libro La reforma del Estado, editado por la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, se constata que entre 1984 y 1988 el número de hogares pobres pasó de 944.000 a 1.919.000, que no tienen acceso a la canasta de consumo normativo, considerada como básica para alimentación, vivienda y salud. Según el mismo estudio, "el 20% más rico de la población percibe el 60% del ingreso total, en tanto que el 20%, más pobre únicamente recibe el 7% de esa misma entrada".

La conjunción de todos estos factores en el cinturón de miseria que rodea a Caracas era un com6ustible capaz de provocar, en cualquier momento, un incendio. La chispa que desencadenó todo fue una subida de los precios del transporte. Venezuela se ufanaba de tener la gasolina más barata del mundo. Antes de la revuelta, un litro de gasolina Super costa 1,50 bolívares (4,50 pesetas). Con la subida de precios el litro de Super se puso en 2,75 bolívares (7,95 pesetas). Probablemente siga siendo, a pesar del incremento, la gasolina más barata del mundo, pero la subida fue el disparo de salida, que desencadenó los motines más graves de la reciente historia venezolana, incluida la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, según dicen los viejos del lugar.

La subida del transporte

Guarenas es una ciudad-dormitorio situada al Este de Caracas. Cuando el lunes 27 de febrero muchos tomaban los autobuses que trasladan a la capital, para ganarse el pan que faltaba en los supermercados, se encontraron con que los precios del transporte se habían disparado hasta un 300%. Los transportistas aprovecharon la subida de la gasolina, de un 75%, para elevar desorbitatamente el precio de los billetes. Con tonos agresivos, decían a los viajeros: "El precio es ese y, si no está conforme, se va". Allí prendió la chispa que hizo arder durante tres días Venezuela y llegó incluso a hacer reflexionar a los que en las metrópolis del primer mundo fijan los intereses de la deuda externa, si realmente no será verdad eso que se viene anunciado de que un fantasma recorre América Latina, la explosión de todo un continente.

A la quema de autobuses siguieron los saqueos. En los ranchos (chabolas) de Caracas falta todo, menos la antena de televisión, conectada a una electricidad probablemente pirateada de la conducción de energía. Esa televisión que atonta las mentes con culebrones telenovelados y, al mismo tiempo, despierta deseos frustrados con una publicidad obsesiva de un mundo inaccesible de bebidas importadas y lujos imposibles para los centenares de miles de marginados de la sociedad venezolana. Tras tomar las calles y quemar los carros (coches), la agresividad resultante de años de frustración se orientó hacia objetivos más prácticos y concretos: los supermercados y establecimientos comerciales. La periodista Estrella Gutiérrez describe que "como bandadas de langostas, habitantes de los cerros que bordean el valle de Caracas y donde se asientan los barrios más pobres, descendían, en grupos familiares completos, y arrasaban con todo a su paso, para volver a sus hogares cargados con lo más posible". Las imágenes de la televisión sirvieron de multiplicador y pauta de conducta, casi una invitación al pillaje. En un primer momento la policía no reprimió. Esto animó más a los que participaban en la orgía de un botín fácil de aquellos bienes que toda la vida les habían sido vedados.

En ocasiones era posible ver cómo bandas de gente de todas las edades saqueaban un comercio mientras que la Policía Metropolitana permanecía casi impasible, entre cómplice e impotente. Algún policía llegó incluso a advertir a los saqueadores que tuviesen cuidado y se apresurasen, porque "va a llegar la Guardia". Un sargento de la Policía Metropolitana comentaba a Estrella Gutiérrez: "Nos han dicho que no disparemos a la gente. Además, ¿por qué vamos a hacerlo, si nosotros somos del pueblo?".

Esta actitud permisiva inicial de la policía hizo incontrolable la explosión social. El Gobierno tuvo que recurrir a las Fuerzas Armadas, suspensión de garantías constitucionales e implantación del toque de queda en todo el territorio nacional.

El presidente Pérez explicó después a la Prensa internacional que "el movimiento especulativo, que se ha producido en sectores del comercio. y de la producción hoy ha tenido una lección tremenda, porque es bueno saber que estas manifestaciones, que se produjeron en Caracas, no tuviron el sesgo político de ser una protesta contra el Gobierno o contra los partidos, sino que fue una acción contra la riqueza fue una protesta contra los ricos".

Antes y después

La historia venezolana pasará a escribirse desde un antes y un después de la reciente explosión social. De momento, las organizaciones patronales parecen haber aprendido la lección. Días antes se habían mostrado reticentes, pero después de lo sucedido aceptaron un aumento salarial para el sector privado de 2.000 bolívares (6.000 pesetas).

"Lo ocurrido ha sido un aviso", comentaba Elisa, una madre de familia de clase media. Esa frase resume el sentir de muchos venezolanos. La cuestión ahora es saber si la explosión y la bajada de los cerros, con su secuela de casi un millar de muertos, han tenido un efecto de vacuna o sólo ha sido un comienzo."

Efectivamente, le recomendamos a la dirigencia opositora que anda desesperada por tumbar al gobierno sin ofrecerle nada al pueblo y que por sus corta experiencia al frente de la AN, sólo se puede inferir que será una doble dosis de noeliberalismo salvaje, que relea la historia, que rebobine los sucesos del Caracazo y recuerde que esa insurrección popular que dejó un saldo terrible de compatriotas asesinados, sucedió porque el pueblo pasaba hambre y carecía de los ingresos mínimos necesarios para medio subsistir. Hoy padece los rigores de una escasez mayormente inducida, pero tiene un gobierno que hace todos los días lo indecible para que sobrelleve esa calamidad, por la vía de ajustarle cada vez que sean necesarios sus ingresos, garantizarle el acceso a los alimentos básicos y a precios justos a través de sus redes de distribución y los mercados abiertos y asegurarle de manera concreta que los programas sociales que se vienen cumpliendo sin rezago alguno, como los que tienen que ver con la vivienda, la salud y la educación, entre otros, jamás serán paralizados y eso el pueblo que despertó con la llegada de Chávez a Miraflores en 1999, sabe que sólo en Revolución ello es posible y jamás lo sería con los adecos, copeyanos y sus derivados de nuevo en el poder.

Que no olviden los opositores esa realidad, la cual es imposible de ocultarla, pues allí están las cifras y veamos, al menos una de ellas, de muy alta significación: Para fines de la década de los noventa y ya entrado el año 2000, el 50% de las riquezas del país estaban en manos de menos del 10% de la población…

(*) El día en que bajaron de los cerros | Edición impresa | EL ...

rioliver@gaml.com


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Iván Oliver Rugeles


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