El motor del mundo

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Petróleo, motor del mundo. Sin él no funcionarían automóviles, ni aeroplanos, ni maquinarias cultivadoras y cosechadoras de alimentos, ni plásticos ni la mayoría de los insecticidas y fertilizantes. Una población mundial que sobrepasa los 7.000 millones de seres ya no puede regresar a la producción artesanal. Según la Energy Information Agency de Estados Unidos, para 2014 el mundo produce diariamente 914 millones de barriles de petróleo. En esta carrera para 2015 descuellan Estados Unidos, con 13.973.000 barriles diarios; Arabia Saudita, con 11.624.000; Rusia, con 10.853,000; China, con 4.572.000; Canadá, con 4.383.000; los Emiratos Árabes Unidos, con 3.471.000; Irán, con 3.375.000; Irak, con 3.371.000; Brasil, con 2.950.000; México, con 2.812.000; Kuwait, con 2.780.000; y Venezuela, con 2.689.000 barriles por día. Trece de los países productores están en la OPEP e intentan limitar su producción para obtener mejores precios y mantener sus reservas; el resto no tiene otra ley que la de extraer el máximo para el mayor beneficio inmediato. Entre unos y otros hay una Guerra Mundial permanente por el control del motor del mundo, o sea, del mundo.

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Bajo el capitalismo el precio del motor del mundo sube con auges y guerras y se precipita con crisis. En 1973 revienta la Guerra del Yon Kippur, y la OPEP decreta restricciones de exportación hacia los países que apoyaron a Israel contra Egipto: los precios del petróleo se cuadruplican, y muchos países productores nacionalizan las empresas. Estados Unidos raciona la energía y reduce el tamaño de sus autos. En 1979 Irán derroca al entreguista rey Pahlevi y sufre un bloqueo contra sus exportaciones. En 1990 repuntan los precios con la Guerra del Golfo y el embargo a la producción de Irak. En 2001 arranca la guerra contra Afganistán e Irak y el petróleo asciende vertiginosamente hasta los cien dólares por barril. Irak y Libia intentan disociar su petróleo del desvalorizado dólar, asociándolo al euro o a posibles divisas propias, y son bárbaramente aniquilados, y sus presidentes linchados. Irán convierte la mitad de las reservas de su Banco Central a euros, y es sancionado en 2012 con restricciones a la compra de su petróleo. La economía venezolana refleja traumáticamente estos altibajos. Nuestros medios de servicio público han omitido explicar que con un precio de los hidrocarburos que baja de los cien dólares por barril a menos de 40, los ingresos en divisas merman en la misma proporción, y con ellos decrecen nuestras posibilidades de importar bienes de consumo.

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Durante mucho tiempo asumí que cuando las multinacionales restablecieran la producción del devastado Irak, inundarían el mercado para hacer caer los precios y quebrar a la OPEP. A este diluvio de crudo en el mercado mundial se suman otros torrentes. Estados Unidos desarrolla frenéticamente su producción local y los hidrocarburos de esquistos, hasta figurar hoy como primer productor mundial. Arabia Saudita viola las cuotas de la OPEP para pagar compras de armamentos, equilibrar su castigado presupuesto y aliviar sus exhaustas reservas financieras. Se retiran las sanciones contra Irán, y éste lanza al mercado cuantiosas reservas. El Daesh vende a precio de gallina flaca el aceite de los pozos saqueados en Libia, Irak y Siria. Así cayó vertiginosamente el barril venezolano de $100 en 2005 a $43 en 2015, y sigue en su picada, y no por culpa de un mandatario o partido vernáculo, sino de la oscilante economía capitalista.

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No sólo aumenta la oferta global de hidrocarburos: también disminuye su demanda. Con la crisis mundial, desde 2009 decrece el consumo de la energía. China, que adquiría más de 5 millones de barriles diarios y era gran cliente de Rusia y Venezuela, decelera su economía. Los planes de privatización de PEMEX quedan en suspenso. La inversión en hidrocarburos se estanca o retrocede. Sería el momento para que las transnacionales inundaran el mundo de petróleo barato para arruinar a las empresas nacionalizadas, quebrar a sus Estados y comprarlas a precio de gallina flaca.

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Pero la baja en los precios tiene límites precisos: el costo de producción. Al Reino Unido le cuesta producir un barril de petróleo $52,50; a Canadá $41; a Estados Unidos $36,20, y el costo de la energía de esquistos es mucho mayor (Paul Ausick, www.247st.com 25-11-2015). Para los países desarrollados, jugar a la baja quebraría sus empresas antes que las del Tercer Mundo. Pues las compañías de Kuwait lo producen a $8,50 por barril, las de Arabia Saudita a $9,90, las de Irak a $10,70, las de los Emiratos Árabes Unidos a $12,30, la de Irán a $12,30, las de Rusia a $17,20, la de Venezuela a $23,50, con una ganancia actual sobre el precio de venta de menos de 20 dólares.

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Ello explica en parte las actuales dificultades económicas en Venezuela y en los países productores de energía. ¿Durarán para siempre? La transitoria reducción del consumo acarrea reducción de las inversiones en la producción de combustible fósil, y esta traerá a corto plazo una escasez que disparará de nuevo los precios. Sobrepasamos el llamado pico de Hubbert: hemos consumido más de la mitad de todas las reservas de hidrocarburos del planeta. En Venezuela está la quinta parte lo que resta de ellas. En otras palabras, somos dueños del futuro. La actual arremetida política de la derecha no tiene otra meta que quitarle al pueblo el control de esas inmensas reservas energéticas y transferírselo a las transnacionales. No nos las dejemos quitar de las manos.


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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo.

 brittoluis@gmail.com

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