La muerte del Estado


Si la vida pública ha alcanzado un estadio en que el pensamiento se transforma inevitablemente en mercancía y la lengua en embellecimiento de ésta, el intento de desnudar tal depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas y teóricas actuales antes de que sus consecuencias históricas universales lo tornen por completo imposible

Horkheimer y Adorno (1944) – Dialéctica del Iluminismo –

Estamos viviendo momentos muy degradantes para la República. Tenemos un Estado corrompido en todos sus niveles. Repetitivo en su retórica. Agotado en sus conceptos. Obnubilado en su fantasiosa historia “revolucionaria”. Esperando el día en que será invadido para luchar “asimétricamente” contra las fuerzas que siempre han deseado su derrocamiento.

Ese mismo Estado, quien todos los días intenta afinar un discurso con el mismo disco rayado, ya no encuentra contra quien apelar sus errores y desaciertos. El término “guerra” se ha convertido en un reparto de mendrugos lingüísticos porque no hay más sustantivos que emplear en la mente de quienes dirigen al país. Los enemigos de esa “guerra” pueden encontrarse en el imperio, en la “derecha”, en el paramilitarismo y hasta en el pueblo. Por ello, los culpables de nuestros problemas siempre serán gobiernos, o personajes extranjeros o exiliados cuando estén referidos a circunstancias políticas. Serán culpa de las transnacionales y empresarios cuando no haya más nada en los anaqueles. Incluso hemos sido acusados de “acaparadores domésticos”, porque según algunos voceros gubernamentales, tenemos un “alto poder adquisitivo”, no importa que los precios, fundamentalmente de esos alimentos, nos obliguen a convertirnos en limosneros de nuestro propio salario. Para qué hablar de los responsables del contrabando de extracción. Y ante ello ¿qué hacen el Ministerio Público y el Poder Judicial? ¡Nada! Todo es retórica. A la final no hay a quien acusar, porque sería acusarse el propio Estado en su ineptitud e ineficacia.

Lo irónico es que cuando, realmente, surgen voces extranjeras opinando sobre lo que ocurre en Venezuela, inmediatamente, la divagación de la “autodeterminación de los pueblos” y que nadie se meta en nuestros “asuntos internos” es la primera respuesta. Y si se trata de voces, precisamente internas, reclamando por un cambio o un auténtico “sacudón” en la conducción del Estado, los epítetos de “intelectuales de cafetín”, “izquierda trasnochada”, “traidor”, “vendepatria”, “fascistas”, “terroristas” o “golpistas” resultan los condicionantes más apropiados. Habría que preguntar: ¿Es qué no se puede disentir? ¿Cuál es el verbo que debe emplearse para mostrar nuestros desacuerdos con el Estado? ¿Será acaso que debemos responder a la “guerra” con más guerra? ¿O convertirnos en mercancía de pensamiento como bien lo ilustraran Horkheimer y Adorno en tiempos de segunda guerra mundial? ¿O es esa la “guerra” que tanto le preocupa al Estado, la guerra del pensamiento?

¡Claro! No faltará quien retrocediendo la historia, nos recuerde los hechos de 2002 y 2003 para justificar que aún estamos en esa “guerra”. Hechos que en suma contundencia política, bien pudieran también a llevarme, para recordar las razones por las cuales se levantó un pueblo un 27 de Febrero de 1989, o las acciones del líder Hugo Chávez y su movimiento militar cuando asestaron un golpe mortal a la agonizante política del status quo un 4 de Febrero de 1992. Es decir, si tomo por analogía aquel golpe de Estado de 2002 y la locura política de finales de ese año y comienzos de 2003, donde una oposición recalcitrante quiso deponer a Chávez y ésta salió derrotada, ¿acaso las razones que llevaron a la explosión del régimen de Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato, el cual no pudo concluir, no son muy parecidas a las que vivimos ahora en términos de inflación, escasez, delincuencia, asesinatos, corrupción y quiebra moral del Estado?

La historia siempre marcará una incertidumbre social. Pero los hechos de esa misma historia están marcando similares acontecimientos en lo político y económico. Estamos a las puertas de la muerte del Estado.

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Javier Antonio Vivas Santana

Lic. en Educación en las menciones de Ciencias Sociales y Lengua (UNA) Maestría en Educación mención Enseñanza del Castellano (UDO) Dr. en Educación (UPEL) Profesor de la Misión Sucre (2003 -2012)

 jvivassantana@gmail.com      @jvivassantana

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