26/01/2014

Cianuro en gotas 60

Las medidas cambiarias probablemente sean la mayor metida de pata gubernamental en los últimos 15 años. No hay por donde defenderlas y lograron el curioso efecto de poner contra ellas a los escuálidos -como era previsible, porque se oponen a cualquier cosa- y a la casi totalidad de los chavistas. Se trata de unas normas imbéciles, improvisadas, piratas y a contramano. Los razonables precios del petróleo, la buena situación de las reservas e, incluso, hechos que no dependen de la voluntad de Venezuela, como la subida del oro en el mercado internacional (cuánta razón tuvo Chávez al presionar para que se cambiara a oro buena parte de los activos internacionales del Banco Central y, paralelamente, dónde se meterán la lengua todos esos sabios economistas opositores que tanto criticaron la decisión), más bien presagiaban una salida optimista: elevar los cupos para viajes y, muy especialmente, la ridícula asignación para compras en el exterior. Se aprecia tanta torpeza, en lo económico y en lo político, que da miedo el permiso a verdaderos bolsas para tomar decisiones cruciales. Es más, en este caso las medidas son tan abiertamente absurdas, que despiertan sospechas de que buscan desestabilizar desde adentro.

Una de las características de las normas cambiarias es que demuestran no sólo una piratería e improvisación terrible, sino también que tenemos funcionarios de alto rango sin corazón, sin alma, sin sensibilidad. Decisiones de ese tipo se tienen listas en los últimos días del año, para que entren en vigor el primero de enero. Sólo los canallas mantienen en la incertidumbre a la gente durante casi un mes. Esos desalmados crearon verdaderas tragedias. Fue un golpe horrendo para personas que iban a viajar empezando 2014, y se encontraron en el limbo. Esa conducta es inaceptable y contrarrevolucionaria. A los revolucionarios les duele el sufrimiento de la gente. Sólo los canallas causan tanto daño no sólo con su estupidez y piratería, sino por su desidía y desdén hacia la gente común. Pero hay que ver cómo esos mismos seres sin entraña corren para no afectar los intereses de los ricos.


Por cierto, ningún funcionario ha explicado porque las medidas cambiarias, que se sabía iban a adoptarse, no estaban listas a fines de 2013. No dan explicación simplemente porque no la hay o, mejor dicho, porque nadie sale a admitir que es un pirata que improvisa con un tema crucial.

Alejandro Fléming, el padre real de la devaluación, guarda un cauteloso silencio sobre el tema. Prácticamente no declara y se limita a enviar ocasionales gacetillas a la prensa. El bulto se lo tuvo que echar Rafael Ramírez, que en relación con este tema sale más que muerto'e mango, pese a que es tradicionalmente discreto. Es él quien se quema, sin ser el padre de la criatura.

Por cierto, Alejandro Fléming hace bien en callar, porque cuando habla, la pone. Para justificar la plasta de las medidas cambiarias contra la clase media y popular, aseguró que con el drástico recorte a los viajeros, a las remesas y a las compras en el exterior, se ahorrarán 1.576 millones de dólares. Aun suponiendo que la cifra sea cierta, es una solemne imbecilidad, una simple majadería asumir el enorme costo político de esa decisión, que aleja todavía más de la revolución a la clase media, para ese ahorro miserable. El monto representa poco más del 1 por ciento de las divisas que le ingresan al Fisco. Hay que ser bien pendejo para formar ese zaperoco por un supuesto ahorro ridículo.

El problema con las divisas no es lo que gastan los viajeros, los estudiantes o con las compras en el exterior. En cifras redondas, todos esos conceptos son apenas 5 mil millones de dólares. Donde está el rollo, y eso no lo tocaron los pendejos y culillúos, es en los más de 50 mil millones de dólares en importaciones del sector privado. De esa cifra, al menos 15 mil millones es sobrefacturación. Es dinero que se roban los empresarios. A finales de año vimos ejemplos horribles de cómo los importadores especulan, cobrando precios exagerados y, encima, lograron muchos más dólares de los que valía su mercancía. Es en los 50 mil millones, y no en los 5 mil, donde realmente se puede ahorrar. Los bolsiclones que tomaron estas medidas equivalen a un médico que le llegue un paciente que se desangra con una arteria seccionada, pero dedica su esfuerzo a curarle una uñita encarnada. Hay un chorro de más de 50 mil millones, y tratan de ahorrar en las goticas de 5 mil.

Dicho sea de paso, los autores de las medidas cambiarias carecen de autoridad moral para ellas. No se le puede imponer sacrificios a la clase media y popular, cuando el empresariado se lucra con los dólares de Cadivi. La pregunta obvia es dónde están los presos por sobrefacturar ¿Qué pasó con los comerciantes detectados sobrefacturando, con las cifras del sobreprecio leídas en televisión por Alejandro Fléming? Resulta insólito que tengamos ministros culillúos o sobornados. Funcionarios que toleran la más absoluta impunidad para los ricos, pero son muy valientes contra los pobres. Así no actúan los revolucionarios, pero sí los cortesanos y jalabolas.



Muy sensata e inteligente es la postura del gobierno en relación con la colonia estadounidense de Puerto Rico y el apoyo a su independencia. Es una respuesta normal a un imperio que habla de libertad y democracia, pero tiene sojuzgado a un país latino. Venezuela puede incendiarle la sabana a los gringos, del mismo modo que ellos intentan desestabilizarnos. Por demás, es destacable la propuesta de que el Estado “libre” asociado ingrese en la Celac y en Petrocaribe.

Dicho sea de paso, una de las pendejadas que con más frecuencia se le escucha a los escuálidos pitiyanquies, es envidiar la situación colonial de Puerto Rico. Esos arrastrados afirman que ese país es el más afortunado de América, porque sus habitantes son gringos, pueden vivir en la metrópoli y, además, sin la menor base dicen que en la isla hay prosperidad, trabajo y riqueza. La realidad es que la miseria en Puerto Rico es de tal naturaleza, que la gente tiene que emigrar huyéndole al hambre. Por algo hay más del doble de puertoriqueños en Nueva York que en San Juan. A la gente que le va bien no se le ocurre irse de su país a otro, donde es tratado como un paria.


Luis Zamora, lector de Cianuro en Gotas, propone una medida muy eficaz con los pajúos que promueven y respaldan la ley del desarme: eliminar los escoltas y guardaespaldas. Es muy cómoda la postura del Pajúo Mayor, que se desplaza con un ejército de espalderos: va en tres camionetas blindadas y siempre más de 10 hombres, entre el Sebín y la Policía de Aragua. Soraya al Achkar lleva una escolta más reducida, en dos vehículos, pero más que suficiente para garantizarle que no sufrirá los embates del hampa. Como se ve, al Tareck y a la Soraya les es muy fácil pretender quitarle sus armas a ciudadanos decentes, que sólo cuentan con ellas para defenderse ellos y sus familias.


Hay seres sucios que desprecian la verdad. Roberto Briceño León, un bolsa pretencioso y de hablar engolado, invitado permanente de Globovisión, cuyo ridículo bigotico refleja claramente su mente, inventa cifras y hechos para hablar de la delincuencia. Así, sin la menor prueba, afirma que en Venezuela se incrementó la violencia desde que Chávez llegó a Miraflores. Luego, asegura que en Venezuela hubo el año pasado 25 mil homicidios, según cifras del Observatorio Venezolano de la Violencia, del cual Briceño es dueño y único accionista. Es decir, semejante pendejo se ríe del método científico y se cita a sí mismo, dando por buenas las cifras que él se inventa por razones politiqueras. Una de las razones por las que es tan difícil combatir la delincuencia es por esos desaprensivos como Briceño León, que partidizan esa tema y tratan de sacar de él algún provecho político o, en su caso, quitarle dinero a EEUU hablando mal de Venezuela.

Por cierto, ese bolsa de Roberto Briceño León es tan, pero tan imbécil, que incurre en evidentes contradicciones. Dice que el año empezó especialmente violento y que en Caracas hubo 190 homicidios en los primeros 15 días. Nótese que en las festividades, la violencia se incrementa notablemente. Aún así, estamos hablando de 12 asesinatos diarios, o 4.600 al año. Aunque la cifra es escalofriante, no se parece en nada a los 24 mil homicidios anuales que se inventó el choro Briceño. La Gran Caracas representa más de un tercio de los asesinatos en Venezuela, es decir, que en el peor escenario, en los primeros días del año, que sabemos son especialmente elevados en homicidios, tenemos una tasa de menos de 12 mil asesinatos anuales -y en la cifra de ingresos a la morgue que cita Briceño hay también sucidios y accidentes, también muy altos en esos días-, es decir, la mitad de lo que ese embustero dice que se producen en el país.


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Alberto Nolia


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