Chavista, revolucionario y de izquierda

El fenómeno “Chávez” produjo tan inimaginable conmoción intelectual en la región que pasará bastante tiempo antes que podamos cuantificar el verdadero impacto causado al status quo. “Chavólogos” e ilustres –al calor de la revolución– estudiaron y opinaron tendidamente acerca del proceso, visionando su curso, pertinencia y caducidad. Ahora nos toca resumir qué de la “doctrina” chavista queda, y cuáles serán sus efectos futuros.

Un primer paso se orienta, sin duda, a lo ontológico: necesitamos saber a la brevedad posible –y sobre todo luego de tantas acomodaciones– cuáles son los conceptos más fundamentales del nuevo ideario nacional. En otras palabras, necesitamos mapear a los actores que intervienen en la construcción del socialismo –delimitarlos–; y ponderar su participación.

Ciertamente, tal como se entiende, son las personas –y no las estructuras– las que cambian las sociedades. Por ello, queremos enfocarnos en definir qué se entiende por chavista, revolucionario e intelectual de izquierda, como cualidades excluyentes. Trataremos de mostrar que estos tres sujetos no se aglutinan en torno a un mismo sentimiento político, sino que más bien forman parte de una mezcla irresoluta. Así que, asumido este propósito, apoltrónese –como en el cine– en su curul para ver los siguientes amorfismos.

Discrepancias

Tres individuos disputan los espacios de la política nacional, tres y no uno, interactúan sin reconocimiento mutuo. Están los que se creen chavistas cuando en realidad son revolucionarios; los que se creen de izquierdas cuando más bien fungen como militantes; y los que se hacen pasar por militantes cuando en realidad solo son chavistas de corazón. ¿Qué no éramos un solo sentir?, dirá alguno; o, ¿cuándo dejamos de ser uno?, pensarán otros. Lo cierto es que ya no tocamos bajo un mismo son. ¿Qué somos entonces? A estas discrepancias nos debemos. Comencemos.

Como en la trinidad política (pueblo, fuerzas armadas y gobierno), existe una entidad de tres elementos cuyos múltiplos son muy curiosos. Hay chavistas, sí, pero también hay revolucionarios… y más allá, intelectuales de izquierda. Lo importante es destacar que –por la naturaleza de cada quien– no hay eclecticismo entre ellos, es decir, no visionan un mismo proceso y, por tanto, actúan con perspectivas distintas. Veamos por qué.

Se es chavista si se tiene a Chávez como figura única, histórica e insustituible, esto es, como único ídolo y razón de ser. Su camino –el de ellos– los ilumina Hugo Chávez hombre y no Hugo Chávez idea (en tanto que no existe un manual doctrinario del líder). Se es revolucionario –según las etimologías– si se tiene el impulso natural de revolver, de volver a comenzar, de pensar lo ya pensado; de modificar lo convencionalmente tenido por cierto; si se promueve lo nuevo, otro camino, o si se cambia de paradigmas; y –sobre todo– si se prefiere más la acción que la dialéctica. Se es de izquierda en la medida en que se filosofe acerca de todas estas cosas; si se tiende a evaluar más en macro que en micro y, además, si se está movido a estudiar la sociedad desde una perspectiva del poder global.

Se engaña por chavista quien no siga a Maduro (por ser este el sucesor escogido por Chávez); quien obstaculice la labor eficiente y, sobre todo, quien vote por su contrario. Se engaña por revolucionario quien no promueva cambios donde quiera que esté, quien no tenga iniciativas, quien no active a los suyos; y se engaña por intelectual de izquierda quien no elucubre asuntos nuevos, quien no haga pensar a nadie.

Al chavismo le sigue la condena de no tener doctrina, de ser una entelequia invisible en la brumosa heterogeneidad de las consignas: cantos al socialismo, diversidad étnica y religiosa, movimientos progresistas, inclusión, otredad. El chavismo sufre desde la perspectiva de su líder, único orientador de emociones. Su concepto, el de revolución bolivariana, se adhiere únicamente a lo tangible, es decir, a la estela humana dejada por el gran mentor. Al revolucionario lo persigue la inconformidad, las ansias de prontitud, la falta de liderazgo local –de escasa autoridad y responsabilidad–, la ineptitud, lo marginal de su participación, la falta de herramientas propias; lo hiere, también, su propia inadaptabilidad y lo vasto del saber. Al intelectual de izquierda lo agobian la corta visión, la praxis imposible, las utopías, lo complejo de las estructuras, el concierto global de poderes, la preponderancia del dinero sobre los designios nacionales, el discurso circunspecto, el ensayo crítico, la ética social, la falta de vocación y, sobre todo, la falta de inventiva. Estas tres visiones no sincréticas –y su inconciencia– traducen un poco en evidente negligencia.

El chavista depende de su brazo ejecutor, de la instrucción del líder, pues sin liderazgo no hay chavismo. El revolucionario espera en delegación de funciones, en autoridad y, sobre todo, en responsabilidades compartidas; sin coordinación multidisciplinaria no hay revolución. El intelectual de izquierda aspira debates de altura, voz; sin vaticinio certero (no electoral) no hay encumbramiento.

El despropósito de ellos está en no conocerse, en yuxtaponer sus roles. Hablamos de intelectuales que “bajan” al chavismo a condenar la teoría a la charlatanería; de revolucionarios que tienen más voz que voto; y de chavistas con más preponderancia que otra cosa. Se fractura el proceso cuando se estrechan las manos y ninguno acierta.

Un mal chavista estorba, no demanda, no revoca. Un mal revolucionario improvisa, no genera, no transforma, es tibieza de espíritu. Un mal intelectual de izquierda no aporta novedad al debate, no se lanza al futuro, no resume, todo lo densa, nada en pozos conocidos.

Un chavista verdadero –tal como lo vemos– apoya incondicionalmente y destituye lo indeseable; en ello consiste su fuerza de masas. Un revolucionario verdadero puede castigar con su voto, pero no se le perdona que publicite su decisión; debe morir con ella como un mártir. Un intelectual de izquierda –con verdadera vocación utilitaria– no espera que todo ocurra, se anticipa a los hechos; si no da en el clavo, no sirve, debe desecharse. El mayor riesgo del chavismo es que olvide a su líder; el del revolucionario, que cause división; y el del intelectual de izquierda, que se aburguese. Tareas pendientes quedan, y no son pocas: el chavista debe comprometerse a sí mismo a aprender; el revolucionario, enseñar con su ejemplo; y el intelectual de izquierda, a sacrificar lo convencional.

¿Y qué de aquellos que no forman parte de esta clasificación? Pues, de la radicalidad y del limbo mimético hablaremos en su oportunidad.

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