¿Guerra económica no mata gobierno?

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La Guerra es la continuación de la Economía, por otros medios. El capitalismo es rapiña de todos contra todos. Toda guerra es económica: busca destruir y confiscar los medios de producción del adversario. Los bombardeos sobre ciudades indefensas obligan a la población civil dejar la producción para cuidar heridos. El objetivo no es acabar con los soldados, sino con el abastecimiento.

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Durante la IV República, el valor más invocado por Acción Democrática era el de Abastecimiento. En mi libro La Lengua de la Demagogia analizo textos donde Betancourt menciona Abastecimiento 112 veces, Poder del Estado 90, Salarios 49, Elecciones 30, Producción sólo 26 veces. Con este discurso el bipartidismo mantuvo el poder varias décadas, hasta que se declaró a sí mismo la Guerra Económica firmando un Paquete con el Fondo Monetario Internacional. Gracias a él Carlos Andrés Pérez pasó en poco tiempo de Gran Líder Tercermundista a recluso en Los Teques.

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Hubo Guerra Económica contra toda revolución, incluso burguesa: contra la Inglesa, contra la Francesa. También contra las Revoluciones de verdad: contra la Soviética, la China, la Cubana, la Vietnamita, la Sandinista. Todas enfrentaron sabotaje y bloqueo. Hubo Guerra contra el demócrata Salvador Allende. Henry Kissinger juró que haría “llorar de miseria” a los chilenos. El espionaje sociológico del “Plan Camelot” reveló sus debilidades. Los acaparadores crearon desabastecimientos estratégicos, las damas de la oligarquía tocaron cacerolas, sindicatos suicidas lanzaron huelgas contra el gobierno que protegía sus derechos. Allende fue asesinado con tres mil chilenos más; a la población restante se le retiró seguridad social, educación superior gratuita, derechos laborales y libertad.

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Ni la mejor economía resiste al pillaje organizado e impune. Informa el INE que durante 14 años el 62,5% del gasto público se ha dedicado a fines sociales. Ello financia dramáticas mejoras en salud, alimentación, educación, vivienda y cultura. Señala José Gregorio Piña que desde 1997 hasta hoy, el ingreso mínimo legal está 110% por encima de la inflación, que más del 80% de los trabajadores gana por encima del Ingreso Mínimo Legal, que en 14 años el gobierno beneficia a más de 2,2 millones de nuevos pensionados con el equivalente del Salario Mínimo. Pero el saco más repleto se vacía si tiene desgarrones. Alimentos subsidiados son contrabandeados para Colombia por “bachaqueros”; dólares asignados para remesas y viajeros paran en destinatarios fantasmas y vendecupos. Las divisas para la importación benefician a gerentes de importaciones ficticias, que disipan en un año más de 20.000 millones de dólares, magnitud similar a los daños del sabotaje petrolero de 2002-2003. Sentencias de cortes transnacionales nos condenan a pagar otro tanto. Sabotajes premeditados vuelan refinerías como la de Amuay y cortan agua y electricidad. Estas venas abiertas de la economía venezolana deberían ser suturadas con la medida correctiva y la sanción ejemplar.

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En los automercados damas empiringotadas preguntan cómo en país tan rico puede haber desabastecimiento. Se les debería explicar que en un sistema mixto el sector privado comercializa mayoritariamente alimentos y artículos de primera necesidad, y decide escasez, sobreprecios y acaparamientos estratégicos. Esta explicación no se hace porque, por una razón u otra, los mejores defensores del bolivarianismo han ido desapareciendo de los medios de servicio público. Es como retirar del Titanic a los vigilantes de icebergs. Por si las moscas, alerto: iceberg a proa, y es del tamaño del Imperio.

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Una guerra no se gana pretendiendo que no existe, silenciando a quienes nos defienden ni tratando como aliado al adversario que nos ataca. La guerra que no se gana es la que no se pelea.


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