¿Me está llamando Bruto?

Hace un par de días tuve un intercambio de ideas con una persona a través de la red social Twitter, nada extraordinario en estos tempos, cuando se han convertido estas en espacios para el debate, el contraste de ideas e incluso la medición de fuerzas, sin ahondar en la poderosísima herramienta de comunicación que representan, pues eso sería entrar en otra discusión.

El punto es que leí un tweet donde una usuaria opinaba que el gran problema de Latinoamérica radicaba en que sus líderes eran escogidos por personas que en lugar de usar el periódico para leer, lo utilizarían como papel higiénico – obviamente, dicho por ella en términos mucho más vulgares –. A juicio de esta persona, que confesó ser de padres europeos, las problemáticas que afrontan las sociedades latinoamericanas serían consecuencia la “pobre” cultura de los latinos y la incapacidad de ejercer un voto realmente consciente, teniendo en cuenta las carencias y necesidades de la región, así como la manera y las personas idóneas para darles solución.

Tal posición hizo retomar una reflexión de hace algunos meses, la cual no me atribuyo, pues fue planteada por muchos, más considero importante rescatarla:

El discurso de la oposición ha tendido a suavizarse con el transcurrir del tiempo, sin duda, una serie de derrotas consecutivas han propiciado algunos aprendizajes. La dirigencia política que otrora no guardaba el menor recato para arremeter contra el adversario, ante la necesidad de ganar aceptación entre el electorado se presenta hoy día como opción de diálogo, reconciliación y unión para el pueblo venezolano, retórica que es acompañada por sus seguidores, o al menos así lo fue hasta el pasado 8 de octubre.

Una vez conocidos los resultados de los comicios presidenciales, lo que se desató fue realmente sorprendente. En medio del estado de depresión colectiva de quienes respaldaron a la opción perdedora, las manifestaciones de desprecio y odio se hicieron protagonistas, y es que, olvidando la promesa de reencontrarnos, la oposición intentó justificar su desventura en la supuesta ignorancia de quienes se identifican con el proyecto político que encarna Hugo Chávez.

Desde hace mucho tiempo se ha intentado estigmatizar al pueblo chavista como ignorante, sin raciocinio y con severas limitaciones intelectuales. Es realmente lamentable ver como un sector de la población – numeroso, pero a fin de cuentas minoritario –, pretende imponer su criterio al resto de la ciudadanía. Ciertamente, la sociedad está dividida y sería más fácil avanzar en pro del interés nacional, si se lograran identificar puntos de interés común y trabajar en función de ellos, sin embargo esto jamás será posible mientras la minoría permanezca en un estado psicológico de negación a reconocer y aceptar la razón del contrario – la mayoría –.

Considero inaceptable e indignante que siendo mayoría y tras 14 años de Gobierno en revolución, siga el pueblo chavista, el humilde, el obrero y el campesino, siendo víctima de los señalamientos, el irrespeto y hasta la humillación por parte de quienes se asumen iluminados por la divina providencia y depositarios del sacrosanto derecho de hacer prevalecer su pensamiento político, por sobre las ideas y convicciones de un pueblo entero.

¡Vaya ironía! quieres en su narrativa reivindican los valores democráticos, la justicia y la igualdad, en la praxis asumen posiciones totalmente denigrantes hacia sus semejantes, y dejan ver su verdadero ideal político, según el cual sería un régimen aristocrático el mejor modelo para el ejercicio del poder, añorando un Gobierno de “los mejores”, lo más preparados, aun cuando sus propuestas representen la copia fiel de un sistema en crisis, plagado de contradicciones que lo hacen inviable.

Ignoran estos sectores el altísimo nivel de consciencia que ha conquistado hoy día el pueblo venezolano, que entiende y respalda las necesarias transformaciones que tienen lugar en el país, que ha recuperado el sentido de identidad y pertinencia hacia su tierra, sus tradiciones, pasado y presente, tal y como viene ocurriendo en todo el continente, incluso en aquellos países con sociedades que históricamente han demostrado ser ultra conservadoras.

Pareciera incomodar a algunos el hecho de que un vendedor de perros calientes, una conserje o un vigilante sean capaces de hablar de historia, economía y política internacional, sin ningún temor y con la misma asertividad y fluidez que cualquier entendido en la materia. Rechazan absolutamente que en la Venezuela de hoy una buhonera sea Diputada de la Asamblea Nacional, un obrero Vicepresidente Ejecutivo, pero sobre todo, que un “sambo” de pelo malo y con verruga, se erija como el Presidente de la República, y más allá de eso, líder indiscutible de un proyecto de dimensiones históricas y que trasciende las fronteras de nuestra patria.

El llamado en esta oportunidad es al adversario. El país necesita de una oposición verdaderamente seria, cuyas propuestas obliguen a gobernantes y electores a una reflexión y cuestionamiento constante sobre la manera como se conduce la nación, una permanente evaluación a lo interno de las estructuras gubernamentales, que indiscutiblemente garantizaría una gestión pública mucho más eficiente. Sin embargo, para que esto algún día suceda, debe la oposición formularse una revisión profunda. El primer paso debería ser el asumir con dignidad y madurez sus derrotas – a las que ya deberían estar acostumbrados –, tratando de seguir aprendiendo de cada una de ellas, como efectivamente lo han hecho y quedó demostrado en el importante crecimiento que obtuvieron recientemente. Reconozcan y respeten la voluntad de la incuestionable mayoría y procuren aportar desde su visión, a la construcción de ese mejor país para todos, tan cacareado en tiempos de campaña electoral.

Gustavo Malavé
Internacionalista
@gmal509

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