¿Es usted narcisista?

Narciso ve su imagen en el agua, la encuentra tan hermosa que se enamora de sí mismo, y queda ahogado en su reflejo.

No se ahogaban en el charco de su vanidad nuestros antepasados de la sociedad tribal o de castas, que se conocían todos y para quienes el mayor ornato se resumía en la mascada de chimó o la camisa de mochila que no estorbaba las faenas.

El Rey Petróleo facilitó la movilidad social y la geográfica hacia las ciudades, donde nadie nos conoce y el status debe mostrarse o fingirse comprando signos externos.

Buchiplumas, llamaban nuestros abuelos aldeanos a los citadinos que no comían para gastar en apariencias, ya comprometidos en el infatigable autoengaño de pretender ser más de lo que son.

Consultemos las estadísticas latinoamericanas de consumo anual de cosméticos per cápita, que encabeza Venezuela (US$ 390), por encima de Brasil (US$ 380) México (US$ 330) y Colombia (US$ 320) (Larepublica.pe. 23-7-2012).

De ello resulta una política cosmética, con talk shows que se convierten en partidos, animadores que pretenden ser diputados, manifiestos escritos por creativos, campañas políticas de marketing, programas redactados en agencias publicitarias y candidatos de fotoshop.

La incesante suplantación de la realidad por sus apariencias impone una exigente agenda que agota el año entero. No hay Liceo, Facultad o Universidad que no corone Reina ni equipo que no unja Madrina. En cada Estado hay Feria y en cada Feria Reina, de la Chinita, de San Sebastián, de San Cristóbal. Hay Chica Sambil y Chica MTV; eventos que culminan en el Miss Venezuela y el Míster Venezuela y el Míster Metrosexual y el Señora Venezuela y el Miss Mundo y el Miss Universo.

Contemplemos la irresistible ascensión de las redes sociales. No hay nulidad que no sienta que debe inundar la red con su foto, la de su mascota, su equipo de sonido, su automóvil, su apartamento, todo lo su que no le importa a los demás, absortos en sus automóviles, sus equipos de sonido, sus mascotas, sus imágenes.

Miremos los televisores eternamente encendidos: las estrellas de las películas representan aspirantes a estrellas, los shows tienen por tema shows, los musicales son sobre bailarines que aspiran a estelarizar musicales, las comedias se centran en personajes que hacen comedia, las series son sobre escritores o productores de series. La industria del espectáculo, que antes elaboraba reflejos de la realidad, degenera en autorreferencial, vale decir, en creadora de imágenes de sí misma.

Demos un paseo peripatético por la Academia y entremos a una defensa de tesis. Oh, sorpresa, el instrumental de la presentación es una mesa con champaña, pasapalos y mesoneros esperando el momento del descorche, perdón, de la aprobación: los signos exteriores del éxito lo anuncian y por tanto se confunden con él. Las tesistas ya no visten como estudiantes, sino como chicas de protocolo, con ajustadas minifaldas negras, tacones de aguja y carteras de marca. Para mayor abundamiento, habrá arreglos florales, bolígrafos, libretas de notas, globos, marcalibros y pendones con el logo y el título de la tesis, como si se lanzara una marca de desodorante y no un trabajo de investigación. El aparataje mediático de power point, proyectores y gráficos titilantes y multicolores casi oculta el tema de la tesis y el hecho de que no está demostrado. Muy difícil resulta para profesores más o menos borrachones raspar a una botella de champaña, de la que brotará una academia reducida a burbujas. Brindemos.

Asomémonos a los institutos que desbordan de estudiantes de comunicación social. Ninguno quiere ser reportero de investigación, redactor. Todos anhelan ser anclas, locutores, estrellas. Al plantarse ante la cámara, abruman al entrevistado con preguntas de cinco minutos y no lo dejan hablar, como si los entrevistados fueran ellos. Los más profundos deliran por acceder a ejecutivos de publicidad, vale decir, una vez más a promover el símbolo en lugar de la cosa real. Entendido lo cual, se comprenderá por qué especialidades médicas indispensables como oncología o geriatría se van quedando desiertas a favor de la cirugía plástica.

Leamos las páginas financieras. El capitalismo, al cual Marx en el Manifiesto Comunista elogió por su impresionante capacidad para producir mercancías, ahora confecciona signos. Dólar, euro y libra son papeles sin respaldo, que engendran un vendaval de títulos, acciones y cotizaciones cuyo valor real es cero. En los países desarrollados el sector primario minero, agrícola y pecuario y el secundario industrial devienen insignificantes ante el sobredimensionado sector de los servicios, que produce solo símbolos, apariencias, fantasmas. El capital financiero no es más que reflejo seductor de una nada que se refracta en burbujas tras burbujas que estallan silenciosamente. No nos ahoguemos con él.


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