Carta a una señora que reza y reza

No me sorprende que me hayas quitado el saludo. Siempre supe que la hipocresía de los convencionalismos no era tu estilo. Lo tuyo, según descubrí conociéndote, es la hipocresía piadosa, ese arrogante golpe de pecho sin pecho ni golpe, ese la paz sea contigo sí, contigo no, de arroz con leche; ese “Señor, no soy digno que entres en mi casa” trasladado el jardinero “por favor, directo al jardín y por la reja de atrás.”

Tú, piadosa con los limosneros, resientes que se acaba la fuente de tu piedad impía. Resientes no ver al niño harapiento en la calle con la mano extendida para recibir tus migajas arrogantes, la salvación de tu alma a costa de la perdición de su vida. La condena perpetua de los pobres que serían bienaventurados, según tu doctrina, en otra vida; nunca en esta. Los derechos de los pobres te arrebatan la posibilidad de ejercer la caridad que no resuelve nada y que aplaca tu limitada consciencia. La piedad que te hace buena.

Tus puntuales rezos diarios en la misa de cinco, clamando dolor y muerte para quienes nos empeñamos en que venga a nos su Reino a este valle de lágrimas. Porque las lágrimas nunca fueron tuyas, porque los niños muertos de hambre nunca fueron los tuyos, porque las bienaventuranzas se adelantaron para ti y los tuyos, como se adelantaron para mi. La diferencia es que yo no me creí bienaventurada cuando mi bendición descansaba sobra la maldición de tantos.

Yo no rezo, yo no junté nunca mis manos enjoyadas para pedir por lo pobres, ni me sentí buena dándoles un bolívar que me sobraba. Yo fui mala desde chiquita, tú lo sabes. Yo no confieso pecados que no tengo, yo me niego a reducir a Jesús a una oblea insípida, y menos a creer que tragármela sea la salvación mi alma. No, yo no rezo, yo lucho por el derecho de tus limosneros a dejar de serlo. Yo no pido la muerte de nadie a un Dios convertido en sicario por tu odio, yo combato por la vida… yo no rezo, yo no odio, yo amo y construyo..

No te persignes como para exorcizarme, porque no hay remedio. Yo escogí el camino que me mostró mi papá, tú lo conociste: el que nos regalaba domingos felices sin misa, el loco que me compraba libros que nunca fueron cuentos de hadas. El que no hizo de mi una casta señorita, el que me enseñó a cuestionar todo, el que promovió siempre el derecho al pataleo. ¡El chavista, pues!

No, no es necesario el collar de ajos, ni el agua bendita importada de Roma, los vampiros son otros y se dan golpes de pecho -sin estacas- contigo. Tranquila que ya estoy terminando. Solo quería decirte que me alegra no parecerme a ti, que la mayoría no nos parezcamos a ti, porque de que no seamos como tú depende la paz de todos.

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