Pudiéramos terminar siendo unos crueles y cobardes revolucionarios

Según cuenta la leyenda, Aquiles, el de los pies ligeros, no podía ser herido en batalla debido a que, cuando nació, su madre Tetis, ninfa del mar, quiso hacerlo inmortal empapándolo de las aguas del río Estigia, que era el límite entre la tierra y el mundo de los muertos y que, entre los ríos infernales, era el río precisamente del odio. Pero al sostenerlo por el talón derecho haría ese punto, paradójicamente, el que lo convirtiera en vulnerable. Allí quedó clavada por cierto la flecha envenenada que le disparara Paris, y que acabara con su vida de guerrero invencible.

Hugo Chávez, nuestro Aquiles, el de las respuestas ligeras a sus dificultades y a las de su pueblo, también ha sido invencible durante catorce años dentro de esta guerra del amor, que es la Revolución Bolivariana, y que el pueblo venezolano impidiera que fuera herido, por haberlo sumergido en el Caroní, ese río de la energía amorosa que ambos crearan a través de la magia de los cantos épicos.

Pero como Tetis a Aquiles, alguien inocentemente lo agarró, en este caso por la pelvis, y lo convirtió en vulnerable. Y así el Paris de un injusto destino -esa recidiva de un cáncer maldito y agresivo- parece haberle clavado una flecha envenenada, justamente, allí, en su pelvis “aquílea”.

Pero si ese indigno destino lograra suavizar en algo su sanguinario veredicto, y Chávez sobreviviera aunque en frágiles condiciones (como no resulta incoherente recelar, no obstante nuestros incluso rogantes y lacrimógenos deseos de absoluta sanación) Chávez, con semejante espada de Damocles pendiendo sobre su mirada visionaria y angustiada, no debiera seguir al frente del gobierno, porque entonces, los crueles, los inhumanos terminaríamos resultando nosotros, su pueblo, que por incapaces e irresponsables le habríamos pedido su inmolación que, por eso mismo, desmereciéramos.

¿Resultaría lógico y sobre todo justo que le pidiéramos, sin tomar para nada en cuenta su salud debilitada por la acción de ese cáncer, que permaneciera en la presidencia, que no necesariamente significa el poder, porque en el poder, él siempre seguirá?

¿Y la posibilidad de salvar o al menos prolongar su vida, no importa?
No creo que su amado pueblo vaya a tener el “valor” de cargar con lo que sería esa histórica y atormentadora culpa por miedo a continuar la Revolución sin su presencia activa.

El tiempo de la verdad pudiera haber llegado y nos está poniendo a prueba a ver si es veraz que ya, la Revolución Bolivariana no depende de la acción de un grande hombre, que es Chávez. Porque siendo así, cualquier sacrificio que hubiera hecho, o que hiciera hoy (ya que en su mermado estado, estaría solo en condiciones de hacer sacrificios) habrían sido en vano. Y eso sí lo decepcionaría totalmente, y hasta mortalmente.

Porque es que él lo expresó muy claro: “Yo creo en este pueblo”, como cuando se entregó a sus enemigos aquel calamitoso 11 de abril, cuando su vida no llegó a valer medio. ¿Y qué pasó? ¿Quién lo rescató de aquella segura muerte? Por lo que simplemente debe creer -y con fundadas razones- que su pueblo no va a permitir que la Revolución perezca en esas mismas y hoy más poderosas manos. Eso tiene incluso mucho sentido histórico. ¡Pues demostremos a él qué es así, y hagamos por tanto que sea feliz como él ha querido que seamos nosotros, al regalarle los imperecederos resultados de su épica acción política y revolucionaria!

¿Y cuál es el miedo, pues? ¿Es que nos creemos incapaces, o qué?
¿O es qué acaso les tememos a nuestras propias insignificancias que aflorarían ante nuestras individuales ansias de poder?

¿A eso es que le tememos?

Entonces no tendríamos salvación, porque la Revolución duraría lo que dure la vida de Chávez, como excepción humana que es.

De manera que me voy a permitir sugerir lo siguiente:

Sin tomar en consideración para nada la vulgar y utilitaria sacralización que la oposición quiere hacer del 10 de enero, y salvo que exista una razón ciclópea que lo recomiende, en virtud de la estabilidad política del país (que no está en consideración, ni estará, porque ella es evidente), Chávez debiera declararse incapacitado para continuar ejerciendo el cargo de presidente, cuando él lo considere prudente, pensando en su propia vida y nosotros también pensando en la suya, que es lo más importante, sin tener que apelar a las interpretaciones de la Constitución que incluso favorecen palpablemente que pudiera continuar su primera magistratura hasta que se declarara eventualmente su falta absoluta. Él lo asomó con su lúcida visión antes de regresar a La Habana para su complicada nueva cirugía, pues, sospecho que así sería de maligno, lo que su mal pondría ante su conciencia, para tener que hacernos ver, sin miramientos, esa desventurada posibilidad.

Esto marcaría el evento de que Diosdado se encargue de la presidencia, se convoque a nuevas elecciones que Nicolás seguro ganará y Chávez se quedaría en La Habana recuperándose cuanto sea necesario, tranquilo, relajado, sin estar pendiente de las angustiosas coyunturas, hasta que se recupere totalmente, regresando al cabo de ese tiempo a su patria, como líder indiscutible de la Revolución que es, y siempre será.
Y si para entonces, las circunstancias de su salud no lo hicieran correr riesgos, y menos mortales, él mismo habría de evaluar las que presente su voluntad y deseo de optar nuevamente a la presidencia de la Venezuela de sus desvelos, en 2019.

Pero a la vez, con dichas elecciones se celebraría un referéndum consultivo, cuya pregunta sería: ¿ESTÁ USTED DE ACUERDO CON QUE SI EL EX PRESIDENTE HUGO RAFAEL CHÁVEZ FRÍAS Y LÍDER INDISCUTIBLE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA, FALLECIERA DURANTE EL LAPSO DEL PERIÓDO CONSTITUCIONAL QUE SE INICIA, SEAN SUS RESTOS MORTALES LLEVADOS AL PANTEÓN NACIONAL, DE UNA VEZ?

Y así se sacaría del debate político tal innegable merecimiento, llegado el caso.
Pero insisto en esto: la vida de Chávez es lo más importante en toda esta vil celada que nos ha tendido la historia, y veo muy difícil, que amenazado tan severamente por un cáncer con tan porfiada recidiva pueda (tomando en cuenta su descomunal sentido de la responsabilidad y el ejercicio siempre angustioso del poder en la línea de fuego revolucionaria) preservar su admirable vida.
Y yo quiero a Chávez vivo. Les ruego que me comprendan. Ya he llorado demasiado por su destino incierto, que no veo incierto para la Patria, si nosotros hacemos bien el trabajo que nos corresponde desde nuestros respectivos puestos de lucha.

Y si la condición que Dios pusiera, fuera la de que tuviera que ir a un paredón, para que me fusilaran a cambio de que él viviera, yo, por un ser como él, lo haría encantado de la vida, porque Chávez es la dignidad de mi patria; porque Chávez, es, mi propia dignidad.

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Raúl Betancourt López


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