El arte de perder amigos

El fuerte es más fuerte cuando está solo.

Siempre me han gustado los amigos implacables, sarcásticos y severos. Tuve amigos como Zaratustra, incendiarios, cantarines y altivos que jamás fueron mezquinos con los pecados que cometían.


Ellos me enseñaron a pecar en grande.


Y a no andar con tantos melindres ni con escrúpulos.


A veces hago un recuento de los “amigos” que se esfumaron; que un día aparecieron muy efusivos y dicharacheros, aparentando ser leales y firmes, y repentinamente desaparecieron, espantados.


Los mejores amigos que tuve fueron aquellos, muchos mayores que yo, curtidos en dolores y cruentas batallas, que me animaron a consumirme enteramente. Fue en realidad una camada de genios con los que aprendí lo poco con lo me he sostenido en tantos combates; puedo mencionar entre ellos a Ramón J. Sender, al políglota Santiago López Palacios, Eloy Chalbaud Cardona y a su hijo Carlos; al matemático y políglota Andrés Zavrostki, al expedicionario y etnólogo Jean Marc De Civireux, a los artistas populares Juan Félix Sánchez y su compañera Epifania Gil...


Todos ellos convertidos en llamas eternas.


Muchas han sido las tumbas levantadas a lo largo de este batallar incesante: cobardes sacudidos y espantados por el viento inclemente de lo fecundo. Para mí, no dieron la talla, porque como dice Nietzsche, “amistad que no eleva, rebaja”.


Hay en este camino de caídos irrecuperables, nombres que no valen la pena ni mencionar. Fueron menos que sombras, y menos que sombras deambulan sin cesar. Cuando alguien no da la talla, duele. No hay cosa que duela más que ver a los que se quiebran, a los que se quedan rezagados porque acabaron siendo ambiguos y vacilantes, que prefirieron el conformismo miserable del plato de lentejas.


Y la vida de uno ha estado signada por esos encuentros y caídas de tipos que se esfumaron sin dar la pelea; personajillos fofos, que en cuanto se presentaron las adversidades huyeron despavoridos.


Tuve un gran amigo (lo consideré un hermano), al pintor y escultor madrileño Francisco Antolín; con Antolín visitamos juntos al gran escritor aragonés Ramón J. Sender en San Diego, California. Nuestra amistad enfrentó sucesivos turbiones en esos años difíciles de la juventud, y un día Antolín comenzó a poner reparos a nuestra amistad, y acabó apartándose de mí. Hay un punto en la lucha en que se siente uno atrapado entre la locura y la muerte, y el desafío a lo desconocido aterra.


Tengo que decirlo, Antolín no tenía el temple creador, la voluntad creadora de un Armando Reverón, de un Juan Félix Sánchez o de un Argenis Rodríguez (a quien él conoció Madrid). Lástima.


Como él, tantos otros.


Cuando uno llega a la edad que tiene, a los pocos que se acercan a uno los acojo como a un hijo. Y el mayor deseo que uno pide, es que puedan y sepan resistir, que sepan sobre todo a vencerse a sí mismos. Uno tiene que dejarlos luchar solos. Porque uno ha venido solo a este mundo y solo tendrá que irse, y solo tiene que tomar difíciles decisiones. Uno desea que se aceren, que se vuelvan fuertes, con carácter. El estilo del hombre, al fin y al cabo lo define el carácter.


Ya yo no volveré a la pradera para incendiarla. Ya todo está calcinado, si miramos un poco atrás, con todo lo que ha hecho. Volveré a la montaña para quedarme en allí para siempre. Cumplí con un mandato.



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 @jsantroz

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