La mano en el corazón y la rodilla en tierra

Este proyecto, hoy convertido en Patria grande, se está construyendo con dolor, con enorme sacrificio pero con una inmensa fe en que las lágrimas derramadas harán más fértil la tierra del mañana. No es poca cosa este difícil trance, pero sí es una hermosa fortuna sabernos protagonistas de un proceso ya inscrito en la historia latinoamericana. Eso debemos agradecérselo a ese hombre inmenso, comprendido sólo por quienes han podido ver, más allá de sus palabras y acciones, la grandeza de un corazón generoso y de un visionario como pocos ha parido este continente.

Gracias, Chávez, por habernos abierto los ojos para comprender que el país se nos estaba yendo de las manos, y nosotros permanecíamos embelesados en la contemplación de nuestros modestos progresos personales. Gracias Chávez por haber hecho posible que las letras subieran cerro y que seamos un país libre de analfabetismo. Infinita gratitud por el esfuerzo de sembrar salud en callejones sin luz, o allá donde la “civilización” no ha logrado aún perpetrar su crimen de destruir lo autóctono. Gracias por haber sido el primero.

Gracias también, en nombre de los pueblos marginados del mundo, por haber encendido la llama, no sólo en nuestro continente, sino allá donde se hablan otras lenguas, se practican otras creencias y adonde ha llegado el grito libertario. Ellos están unidos en oración con nosotros. La espada de Bolívar hoy recorre el mundo entero.

Gracias infinitas, Presidente, por haber sabido contener las aguas agitadas e impedir que los bandos que hoy giran en torno tuyo, conviertan en sangre las emociones encontradas que los animan. Los que estamos contigo sabemos que tú has sido el muro que lo evita. Los enemigos, enceguecidos por su odio, no se percatan de lo que perderían si tú no estás.

¿Qué historias podemos contarte que no sepas, acerca de lo grandioso que han sido estos catorce años de dignidad? Arañero, tú memorizaste todas las historias de este país. Sabes cómo se llama uno y de dónde viene. Conoces hacia atrás y hacia adelante las pisadas de cada quien. Te has permitido el lujo de voltearnos la historia y partirla en dos. ¿Un pecado? Tal vez has sido demasiado bondadoso e indulgente. Pero de eso no podemos culparte, a no ser que te reclamemos permisividad con los demás y demasiada exigencia contigo mismo. Esa injusticia, ese desequilibrio, es la única queja. El resto se lo dejamos a los miserables de siempre, incapaces de medir tu estatura ni de comprender el momento histórico que vivimos. Pero no nos ocupemos de ellos; mejor es ignorarlos para no descender.

Nicolás dijo el jueves que hoy somos mejores personas que hace unos años. Eso es verdad y es lo más bonito. Ahora cuentas con un ejército de ocho millones de pueblo bueno y de gente con conciencia, que valora el alcance de sus logros y no se los va a dejar arrebatar. Estamos tristes porque no nos gusta tu dolor. Lloramos por ello y rezamos porque pronto te tengamos de vuelta, para que ese montón de madres que te añoran y de hombres que han derramado sin pudor alguno, lágrimas por ti, puedan abrazarte y arrullarte con su amor infinito. Firmes, con la rodilla en tierra y el corazón abierto, te regalaremos hoy un país teñido de rojo pasión y, con paciencia, te esperaremos.

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