Breves (y tristes) reflexiones de un profesional sin vivienda

El asunto es así: estoy absolutamente, palmariamente, radicalmente de acuerdo que todos los venezolanos y venezolanas tengan una vivienda digna. Parto de esta afirmación que me parece justa y necesaria. Entiendo que el Gobierno nacional está haciendo un esfuerzo titánico para que las familias más desposeídas de nuestro país pueda tener su techo propio; de hecho, en el último año y medio, la Revolución ha utilizado ingentes recursos para que buena parte de la población, sobre todo los grupos más vulnerables, puedan adquirir una vivienda digna. No entender eso sería igual a no querer ver al país salir adelante.

Pero el asunto también pasa por entender que existe una franja más o menos ancha de la población que atraviesa problemas con la vivienda. No quiero hablar en abstracto, por lo cual expondré, brevemente, mi situación, en el entendido de que más de un profesional se verá reflejado en mi texto. El asunto es de una sencillez primaria y elemental: no tengo casa. Y esa expresión (“no tengo casa”) condensa una profunda frustración; sobre todo en el marco de una sociedad que aún no logra deslastrarse de la división social del trabajo; misma que supone, desafortunadamente, que el trabajo intelectual se erige por encima del trabajo manual. La división social del trabajo supone también, en términos más concretos, que un obrero no puede tener las mismas posibilidades que un, pongamos por caso, profesor universitario para obtener una vivienda digna.

Ahora bien, por fortuna esto de la división social del trabajo ha tenido un viraje importante en el país; con Chávez y la Revolución los obreros, taxistas, buhoneros, albañiles, torneros, peluqueros, policías y otros pueden tener una vivienda digna. De hecho, son esos sectores quienes más han salido beneficiados con las políticas masivas de construcción de vivienda que acomete el Gobierno Revolucionario a lo largo y ancho de la nación. Eso es un salto significativo para entroncar con una nueva forma de hacer políticas públicas en el país. Las mayorías primero, sobre todo porque han sido éstas las espaldas, los hombros, las piernas, las manos y las almas que han soportado por siglos al sistema explotador capitalista.

Antes bien, soy docente universitario desde hace 13 años; tengo una especialización, una maestría y con un doctorado en el exterior (fase de tesis). Tengo 37 años y por estos asuntos de la vida estoy solo actualmente: no tengo novia ni tengo hijos. Vivo, como muchos otros venezolanos y venezolanas, en condiciones precarias. Vivo en una habitación alquilada en El Valle. Desde que uno es pequeño, nuestros padres nos “machacan” una idea: “debes estudiar para que seas un profesional y puedas echar pa´lante”. Ahora me cuestiono a mí mismo y me pregunto: ¿Qué es echar pa´lante? ¿Echar pa´lante supone tener una vivienda digna producto de tu esfuerzo sostenido? ¿Por qué esa insistencia de los padres de uno por el estudio universitario? ¿Echar pa´lante se relaciona con ser un profesional universitario? Pero no sé por qué, y a pesar de haber hecho lo que mis padres me decían, siento que no eché pa´lante, por lo menos eso no se expresa materialmente en el hecho tener mi propia vivienda. Entonces uno cree que sí, que en efecto, y por alguna razón uno merece una vivienda digna tanto o más que cualquier venezolano, sobre todo por aquello que tan insistentemente te dicen hasta los peloteros de Grandes Ligas cuando los entrevistan y les hacen la pregunta-cliché: “¿Qué mensaje le das a la juventud que tanto te admira?”, a lo cual todos dicen al unísono: “bueno, que estudien mucho, primero los estudios luego el deporte, eso sí…”. Entonces estudiar se convierte en un deber, en una forma importante para alcanzar algún nivel material que te permita un mejor modus vivendi.

Debo resaltar que en la misma base social se va vertebrando toda una estructura del sentir respecto del estudio y el desarrollo material y espiritual de la persona. De hecho, hay quienes llegan al extremo de decir cosas como: “Hay que estudiar para ser alguien en la vida”, cosa con la cual no estoy de acuerdo en lo absoluto, toda vez que he conocido a muchas personas que no poseen educación formal y han logrado alcanzar un nivel material y espiritual que les permite ser exitosos en la vida; además que no estoy de acuerdo que una actividad humana como el estudio esté por encima de otras tantas actividades humanas. Eso es darle una plusvaloración al estudio formal.

En lo que sí podemos convenir es que en Venezuela y en muchas partes del mundo, el estudio formal universitario se asocia con el conocimiento y esto a su vez estaría asociado con una clase dirigente que serviría de palanca para el fortalecimiento integral de un país. Es decir, se espera de los profesionales universitarios un tipo de tarea que vaya en correspondencia con el desarrollo integral de la patria; es así como los médicos, los abogados, los profesores (en todos los niveles y modalidades educativas), los ingenieros, los científicos (biólogos, químicos, físicos, matemáticos, entre otros), los filósofos, los antropólogos, los sociólogos, los arquitectos, los licenciados en artes, en letras, los filólogos y una larga lista de profesionales más son vistos como una fuerza motriz que sirve de músculo para echar a andar un país; todo ello sin desmedro de otras profesiones y oficios (claro que no) igualmente importantes para el empuje de la patria.

Lo que intento colocar de relieve son las condiciones materiales, objetivas, en las cuales debe vivir un profesional universitario de cualquier rama del saber; lo penoso que es verse a sí mismo y no verse en ese espejo ideal que tus padres “machacaban” hasta la saciedad: “debes estudiar para que seas un profesional y puedas echar pa´lante” y hasta te lo repetían los peloteros de Grandes Ligas. Si echar pa´lante significa, entre otras tantas cosas, tener tu propia vivienda producto de tu esfuerzo denodado y sostenido, entonces, lamento decepcionar a mis padres: no eché pa´lante. Si echar pa´lante significa además tener un sueldo digno, o sea, que te alcance para comprar en el mercado, viajar en bus, comprar ropa y, de vez en cuando (casi que en caso excepcionales), tomarte un vinito o ir al cine, entonces tampoco eché pa´lante. Como quiera que sea, hoy me ocupa un asunto menos menudo y más trascendental, sin dudas.

El hecho de ser profesional y no tener una vivienda tiene implicaciones no sólo a nivel socio-político, sino también a nivel emocional; tiene que ver con una estructura del sentir que, de a poco, se va quebrando, disminuyendo, apagando. Un profesional sin vivienda y con sueldo enanizado (y hablaré de los profesionales porque es mi gremio), sin dejar de entender (atender) las necesidades de los demás miembros económicamente activos de nuestro país, va contracorriente a cualquier pretensión de ser potencia en algo. Y es que el asunto tiene ribetes psicológicos profundos, sobre todo tiene que ver con la piscología social de un país. Si por años, desde siempre, desde la revolución industrial y la división social del trabajo, que sigue viva en las mentes y emocionalidades del país, te dicen que hay que estudiar y ser profesional para echar pa´lante, y luego de ser profesional ni siquiera puedes tener una vivienda digna, entonces algo salió mal, algo no está bien.

De qué sirvieron años de estudio, horas de lecturas y escrituras. De qué sirvió que uno se vaya al exterior a hacer, con todo el sacrificio que ello implica, un doctorado (sin tener el más mínimo apoyo de tu universidad ni del Estado). Llegas al país creyendo que por lo menos puedes tener una apartamentico, digamos que en La Candelaria. No, eso no es para los profesionales en este país, por lo menos no para los honrados y esperanzados; no para quienes creen que su esfuerzo y dedicación se puede ver coronado en un sencillo apartamento de 90 metros cuadrado. Debes vivir alquilado, por años, luego buscarte una novia, casarte y luego, después de eso, de mucho, puedes aspirar a un apartamento. No importa que tú no te quieras casar, que no quieras tener hijos; la moral cristiana, apostólica, romana… burguesa, te dice que para tener apartamento, lo primero que debes hacer es casarte; ¿y si eso de casarse no va con uno?, bueno, nada, te jodiste; no hay apartamento, ya lo dijo claro y raspao el ministro Molina: la prioridad son los damnificados, luego los grupos vulnerados, luego las madres solteras con muchos hijos, luego los viejitos, luego… ¿y los profesionales honrados, con estudios de cuarto y quinto nivel, solteros y sin compromisos, esos no, esos no van? Quedan fuera. Y vuelve la pregunta: ¿Para qué me “maté” estudiando? ¿Para qué publicar artículos de investigación en revistas científicas y querer terminar un libro? ¿Me ha dado eso mejores posibilidades de vida? Sigo alquilado en un cuarto y siento que el cuarto no se corresponde con lo mucho que estudié; esa es una verdad que hiela la sangre y que debe ponernos a reflexionar como país. Conozco muchos colegas y profesionales de otras ramas que están transitando el mismo camino desesperanzador.

Heme aquí, pensando que si de pronto no hubiese estudiado, que tuviese un puestico de venta de aguacate frente al Centro Comercial El Valle, si tuviera cinco hijos y un rancho cayéndose, entonces allí, justo allí, sí puedo tener chance de un apartamentico en Plaza Venezuela de esos que construye la Gran Misión Vivienda Venezuela: tres habitaciones, dos baños y full equipo. De pronto algún lector muy concienzudo, de esos que son expertos en determinar flujos ideológicos, de esos que analizan entre línea y van a los intersticios del texto, determina que yo soy un pequeño burgués reaccionario. Que mis estudios terminaron por ofuscar mi percepción de la realidad y que no soy capaz de entender cómo se da la dinámica política hoy en el país; de pronto ese aguzado lector pueda encontrar que mi texto despide la tinta propia de la reacción, del pitiyanquismo que brota por cada uno de mis poros. Lo cierto es que mi lugar de enunciación no sólo tiene que ver con situaciones emocionales, históricas y culturales, también tiene que ver con los lugares concretos donde habito materialmente hablando y, en buena medida, eso también te determina y condiciona tu enunciación, tu acto elocutivo. Yo escribo desde este cuarto higiénico de 3 por 2, en El Valle; y eso no tiene mucho que ver con eso de echar pa´lante.

Y ante esto, uno se mete en el portal de Banavih, allí hay uno simuladores de los más interesantes. El cuento es que uno mete sus datos, mi sueldo como docente ordinario-asistente es de apenas 4.015 Bs. Resulta que por ese sueldo, y de acuerdo al simulador para acceder al crédito FAOV, no hay posibilidades ciertas de obtener financiamiento, pues necesitas al menos una cuota inicial de 200.000 Bs., que como es de suponer no tengo. Eso si la vivienda cuesta 600.000 Bs. La única forma de tener esos 200.000 es ahorrar de forma sostenida por al menos unos cuatro años, el asunto es que mi capacidad de ahorro se ve reducida porque sólo de alquiler debo cancelar 1.500 Bs.; si saco cuenta, no me da para ahorra casi nada, porque mi salario real se reduce a casi 2.000 Bs. El asunto es: no soy lo suficientemente pobre como para aspirar aun departamento como el que están haciendo frente a la UCV, frente al paseo Los Símbolos, al lado de La Toyota. Tampoco soy lo suficientemente rico como para aspirar a un departamento en la Lagunita. En todo caso mis aspiraciones son bastante más modestas, más finitas y terrenales. Un departamento que pueda pagar con mi sueldo de profesor universitario. Un departamento normal, sencillo, para yo poder desarrollarme a mis anchas, para ser mejor profesional y mejor persona. Un departamento que permita que este servidor siga siendo el venezolano de bien que ha sido a lo largo de sus años.

Ahora me interrogo: ¿Se equivocaron los miles de padres y medres que le “machacan” esa idea constante a sus hijos: “estudien para que puedan echar pa´lante? O peor aún: ¿Fuimos demasiados ilusos en creer que estudiando, formándonos y trabajando arduamente por nuestro país lograríamos obtener unas mejores condiciones de vida? El tiempo ha dado su palabra y no se equivoca. Un país como el nuestro necesita que todos puedan tener oportunidades para desarrollarse plena y dignamente, sobre todo quienes trabajan con tesón y aportan desde su labor a construir la patria nueva.

Heme aquí, en este cuarto alquilado echando las palabras al viento, a la calle. No tengo otra esperanza que no sea la de rumiar, a través de este texto, mi pequeña, íntima y desolada insatisfacción, misma que se fue cocinando a fuego lento dentro de mí, profesional universitario sin techo propio. De pronto mis padres sí se equivocaron en el mensaje, a lo mejor si hubiese tomado un guante y una pelota y no le hubiera parado tanto a esa cantaleta de “estudia para que eches pa´lante” hubiese sido un Grandes Liga, tal y como lo es mi buen amigo Rafael Betancourt quien seguro tiene una casa y hasta un carrito; lo interesante en todo esto era que Rafa, quien vivía en Cumaná Tercera, en mi natal Cumaná, era mejor estudiante que yo; sin embargo su talento para el estudio lo dejó a un lado y se dedicó a ser pelotero; yo en cambio, peor estudiante que él, me dediqué a estudiar. La realidad es que yo vivo alquilado y él de seguro está descansando su brazo para la próxima temporada de Grandes Ligas. Así que padres y representantes de mi país, piensen bien qué tipo de consejos les dan a sus hijos; que yo por mi parte, cuando tenga el mío (obstinado y paciente yo), le diré: “hijo, estudia para que puedas echar pa´lante…”. En suma, ¿será que las cosas deben cambiar? Creo que sí, hay que generar nuevas y mejores condiciones de inclusión, porque hay una parte de la población, que en el caso de la vivienda, se siente excluida, está excluida.

Johan López
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