¡Esa clase media acongojada!

Desde lejos la percibí en veces triste y otras violenta. Furtivas lágrimas bajaban por sus mejillas rosadas y turgentes. Levantaba la cabeza y miraba hacia el techo, sin duda buscando el cielo, suspiraba profundo y daba muestras de gran inconformidad. No tuve dudas que pasaba por un mal momento.

Por todo aquello, le seguí con paciencia, por cada uno de los pasillos que transitaba del supermercado, sin dejar se percatase. Observé como miraba los estantes con detenimiento, escrutando cada espacio; repetía aquellos gestos y luego giraba con cierta lentitud la cabeza de un lado a otro en gesto sin duda recriminatorio.

Era una dama de hermoso aspecto. Figura escultural, bien vestida, como si fuese a un espectáculo donde debía dejar la mejor impresión y atraer todas las miradas. El sitio donde estaba no podía ser más atrayente, tomando en cuenta que era sólo lo que ya dijimos, un supermercado. Aunque debo advertir que el mismo está ubicado dentro de un Centro Comercial donde concurre mucha gente de diferente procedencia a hacer sus compras, dejarse ver, ver gente amiga y hasta a alguien quien no lo es. Para constatar si están vivos o “afortunadamente muertos”. Para esto se pregunta y habrá alguien quien informe.

El Centro Comercial y el supermercado son algo totalmente distintos a los viejos y hasta como macabros mercados parroquiales o de provincia, donde las damas nunca concurrían; allí se enviaban por los “mandados” a las muchachas del servicio de adentro.

Después de seguirla con tanto disimulo como para que ella no se cerciorase de mi “vigilancia”, lo que logré con éxito, me le acerqué mientras distraída estaba observando un anaquel con evidente desconsuelo y rabia al mismo tiempo.

-“Hola ¿como está?

De esa manera un tanto tímida le abordé e intenté entablar conversación para indagar la causa de su aparente pésimo estado de ánimo.

-Bien, gracias.

Luego, después de tomar aire hasta llenar los pulmones y vaciarlos lentamente, como quien acaba de terminar una carrera larga y agitada, me habló de su pesar, tal como yo esperaba. Parecìa un volcán iniciando la erupción.

-Bueno, a decir verdad, no estoy nada bien. Después de revisar palmo a palmo este supermercado, el mismo donde habitualmente me abastezco, he terminado decepcionada, triste y extremadamente disgustada. Hasta me siento amenazada. Esto parece un mercal o PDVAL de esos del gobierno.

-¿Amenazada ha dicho usted? Entonces algo grave le acontece. ¿Podría contarme para brindarle mi respaldo?

Volvió a respirar profundo, exhaló con lentitud, mientras nuevas lágrimas bajaban hacia sus mejillas.

-“He comprobado al escudriñar estos estantes que nos amenaza el comunismo. Está llegando como la bruma que baja de las montañas al final de la tarde y termina cubriendo todos los espacios.”

Hice un gran esfuerzo para no mostrar mi asombro y más, no dejar escapar una sonrisa.

-“¿Por qué dice usted eso? ¿Qué prueba hay en los estantes?”

-“¡Mire!, dijo con contundencia, “observe con detenimiento, compare con el pasado. Compruebe como las viejas marcas de productos, las que estábamos acostumbrados a consumir, casi no se hayan.”

-“Pero hay de todo, nada falta”, dije no sin temor me llamase ñángara, desdentado, amigo o sapo del gobierno.

“Habrá de eso que usted llama de todo. Pero nuestras viejas marcas, esas que siempre consumimos, a las que estamos habituados no; y eso es una razón para sufrir y saber que el comunismo viene ya.”

Pensé, que iba agregar al final “y viene bailando el cha, cha.” Lo que casi me provocó risa. Pero me contuve, porque no lo dijo y su lamentable estado. Ahora fui yo quien tomó aire para saciar los pulmones, calmarme, porque lo que puede ser chistoso en veces suele producirnos calentera y me decidí a interrogarle de nuevo:

-¿Cuándo usted viaja, porque supongo que lo hace con frecuencia, no le incomoda no hallar esos productos que ahora busca?

-“Eso es distinto. Porque allá fuera, sobre todo en Miami, todo lo que usted consiga es decente y no hay manera que simbolice comunismo.”

No intenté continuar con aquella conversación. Me dio tristeza constatar cuànta gente acongojada y hasta atribulada hay en la clase media, no por padecer dificultades, al contrario nada les falta, salvo un poco, tantito así, de inteligencia y generosidad.

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