La construcción de Hegemonía: La tarea pendiente del actual proceso político venezolano

El proceso de cambios que actualmente vive nuestro país está cargado de una dinámica rica en contradicciones que debería nutrir el debate en esa necesaria, pero postergada, construcción de una teoría política que explique y le de sustento epistémico a la particularidad del hecho político que acontece en Venezuela, es decir, la pretensión de construir un proceso revolucionario que se exprese en lo que se ha sintetizado como Socialismo del siglo XX.

El proyecto político emergente ya tiene nombre, tiene actores políticos preponderantes y goza de un fuerte liderazgo en la figura emblemática del Presidente Hugo Chávez. Pero aún, a catorce años del inicio de este cambio político, la lucha por construir una nueva Hegemonía política que permita irradiar e imponer éste nuevo proyecto político como Proyecto definitivamente hegemónico luce como una tarea pendiente y mientras eso no se logre la posibilidad de Restauración del Proyecto Político  de la IV República se mantiene ahí soterrado y latente, esperando el momento táctico y estratégico que viabilice su total Restauración. La posibilidad de Restauración del régimen político anterior y de su fracasado proyecto económico liberal, no es una idea descabellada.

La construcción hoy de un proyecto político hegemónico que permita consolidar los ideales de la revolución bolivariana como los fundamentos válidos y necesarios para legitimar el país por-venir, pasa, necesariamente, por resolver el papel de los actores económicos dominantes dentro del bloque en el poder. Si bien es cierto que el Estado venezolano ha buscado vías para convertirse en el actor fundamental que detente los principales flujos de renta y riqueza en el país (industria petrolera por ejemplo), no es menos cierto que actualmente existen agentes económicos de peso importante dentro de la actividad económica nacional, como el Grupo Mendoza y el Grupo Cisneros (y sus aliados externos), que también mantienen espacios de poder importantes (político-económico e ideológico) y un proyecto político que podríamos llamar de Restauración.

La coyuntura económica actual discurre entre los intentos gubernamentales de instaurar un eje emergente de acumulación apalancado por el Estado versus la presión de los agentes económicos tradicionales por restaurar sus viejos espacios de acumulación directa. En medio de esta pugna se mueven los representantes políticos de estos agentes económicos, caso Capriles Radosky, en su esfuerzo fallido por conquistar el control político del Estado para abrirle cause directo a los intereses de los agentes económicos tradicionales del país.

Dentro de esta confrontación por el control del Estado subyacen dos visiones de país que se expresan en dos proyectos políticos disímiles. Por un lado tenemos el proyecto que representa el Presidente Chávez, que expresa en el ideario de la Revolución Bolivariana, pero que en el fondo ha significado la instauración de un modelo económico de base keynesiana, lo cual implica una enorme presencia del Estado en la actividad económica junto con una gigantesca política de inversión en el área social, educativa, cultural, deportiva, habitacional, de salubridad y saneamiento ambiental que atiende y responde, prioritariamente, a los sectores sociales más postergados de la sociedad.

Confrontado ideológicamente a este modelo económico tenemos el proyecto de los sectores tradicionales cuyo ensayo se inició en 1989 con el paquete económico neoliberal de los segundos gobiernos de Carlos Andrés Pérez y de Rafael Caldera.  Este ensayo neoliberal fue abortado tras las fuertes protestas del 27-F de 1989 y la rebelión militar de 1992. El proyecto político de la oposición busca su restauración y con ello apalancar, nuevamente, la transferencia de riquezas desde los ejes de acumulación del Estado y desde los sectores de bajos ingresos hacia los sectores económicos tradicionales, como sucede hoy en medio de la crisis europea.

Pero estos tradicionales ejes o palancas de acumulación y de transferencia de renta y riquezas hacia los sectores económicos, aún dominantes, no han sido desconectados, sino que se mantienen. En efecto, las utilidades y ganancias del sector financieros han sido los más altos de toda su historia y más de la mitad de las tierras cultivables aún sigue perteneciéndole al 2% de la población. Se ha repetido muchas veces que Chávez tiene el Gobierno, pero no tiene el poder. Y a veces la ineficiencia y la ineficacia con que el Alto Gobierno maneja las empresas del Estado, la industria cementera, la industria eléctrica hacen pensar sobre la propia capacidad del gobierno del presidente Chávez para controlar las propias estructuras institucionales que componen el Estado.

Es evidente que La IV República emerge constantemente en las prácticas, usos y costumbres de la V República en boca y obra de un funcionariato que, aunque trajeado a la moda  con una cierta simbología que ya define el imaginario colectivo de los seguidores del Proyecto Socialista, reproduce en su praxis cotidiana, discursos, modos de relacionarse con los otros la concreción de un burocratismo rojo y anquilosado por las lisonjas y prebendas que otorga el uso del poder.

La construcción del Socialismo ha devenido, en muchos casos, en simple etiqueta que permite adular, conquistar y aparentar que se "usa" correctamente el discurso de la Revolución. Así  por ejemplo, las minas de carbón a cielo abierto en la Sierra del Perijá que permanece las 24 horas del día expulsando polvos y gases tóxicos a la atmósfera, se convierte en una mina "benigna" y el polvillo cancerígeno que se asienta en los pulmones de los trabajadores e indígenas que ahí laboran se transmuta por obra y gracia de la jerga pseudo-revolucionaria en una mina "Socialista" que promueve "el desarrollo sustentable" de la zona.

Cosas y casos como estos, repetidos a lo largo y ancho de nuestro país dibujan la escasa claridad que tienen los planificadores y burócratas del alto gobierno en cuanto a la bibliografía mínima a revisar y los vocablos básicos a manejar para poder desentrañar el profundo sentido político, social, ambiental, económico y humano que tiene, por ejemplo, el concepto de desarrollo sustentable que se cita en el Capítulo X de la Constitución Bolivariana (artículos 127,128 y 129), y que se asume como el horizonte de lo deseable dentro del cual se debe prefigurar y construir el proyecto de país emergente y que, por lo menos en términos teóricos, debe distanciarse profundamente de la visión desarrollista y depredadora que definió, y define aún, la noción de desarrollo.

Esas contradicciones, entre otras muchas, dificultan, no sólo la definición de un proyecto de desarrollo económico coherente en su teoría y en su praxis, sino también expresa la incongruencia del discurso y la poca o nula claridad teórica de algunos voceros del gobierno que tienen una habilidad increíble para simplificar los discursos profundos y comprometidos del presidente Chávez y convertirlos en simples frases descontextualizadas y banales.

Todo ello lo que dibuja es una situación de vulnerabilidad en la cual el Gobierno, a pesar de contar con un importante apoyo popular, no ha podido imponer su dominio de manera efectiva a todo el cuerpo social, un dominio que logre traducirse en un discurso y un proyecto que no sólo demuestre que es humanista y éticamente superior, sino que se concrete en una praxis y una gestión realmente revolucionaria: Porque no solamente hace lo que se debe hacer, sino que lo hace bien, cuando debe hacerse y lo hace mejor. Esa superioridad significa poder decir con todo derecho y certeza que en Socialismo se vive mejor, y que esa afirmación no pueda tener detractores, porque  no se le puede encontrar una prueba en contra. De lo que se trata es de demostrar en la práctica (ahí está el problema de la eficiencia y la eficacia) que éste proyecto político que defendemos es superior y por ello es deseable.

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Colectivo La Taringa-Nueva Esparta


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