De cómo “Fuente Ovejuna” se deshizo de un maula o ineficiente

-“¿Quién mató al Comendador?”

-“Fuente Ovejuna, señor.”

Y pasó todo el pueblo, uno a uno, a someterse a los rigores del interrogatorio. Al Comendador, por ladino, muerte le dieron. Y como fue un acto de justicia popular, todos asumieron aquel gesto como suyo. Y cuando a alguno en la villa preguntaban sobre el autor de la muerte, respondía con maliciosa entonación:

-“Fuente Ovejuna, señor.”

Lope de Vega en aquella obra, metió al pueblo, a la gente inédita, a las víctimas de siempre, ignorada por la justicia, para que en un acto subversivo, o desestabilizador, para decirlo con término muy desacreditado, pero de moda puesto, castigase a quien bien lo merecía. El gran escritor del Siglo de Oro español, mostró el poder del soberano. Es la época del Renacimiento, del siglo de las luces. En la literatura, en el arte en general, como en la política, el pueblo comienza a ocupar los primeros planos y los escritores, poetas y pintores señalaban el camino. La justicia popular no estaba escrita en ningún libro y ninguna autoridad dispuesta a administrarla.

A un alcalde corrupto, o por lo menos indolente, un Comendador maula y cualquier otro funcionario indigno, no debemos despacharlo al otro mundo como en la obra de Lope, donde otro acto de justicia no tenía cabida, pero si someterlo al juicio divino de la gente. Fuente Ovejuna es una buena enseñanza; el pueblo nuestro preparado está para saber descubrir a pillos y hacer valer sus derechos.

En una bella película checa de los años sesenta, titulada “Un día un gato”, llegó a un pueblo un felino que al mirar a algún personaje de color a éste pintaba. Cada color representaba un defecto, vicio o virtud. De modo que ladrones, mentirosos, avaros, etc., al toparse al gato y por el temor que éste los mirase y les asignase justo el color que merecían, huían despavoridos. Y esto, ya era una manera de denunciarlos y exponerlos a la justicia popular; pero también una poética manera de quitárselos de encima.

Hoy, los ladinos, ladrones, embusteros y maulas son bastante conocidos; unos cuantos quieren volver desde ultratumba. Y si aún no les conocemos, pero poco ganó y mucho gasta o tiene, allí hay una pista. Sólo tenemos que sobre él poner el ojo del gato. No importa que después salgan diciendo que de una cosa política se trata. Si el gato les pintó, no hay quien les quite las rayas. Están allí a flor de piel, porque es la verdad verdadera.

Al Alcalde que dispuso a real saber y conveniencia los bienes y dineros de Fuente Ovejuna o se desentendió de sus obligaciones, no hacerlo un mártir. Que no vengan aquí sus homólogos, unos en parte y otros en el todo, a exhibirlo como víctima de infundios y atropellos; como si el gato no lo hubiese pintado del color que en justicia debe, sino que puso la cagada. No hagamos caso si salen a quejarse a la Comisión Internacional de Derechos Humanos, a la Corte de la Haya o la Celestial.

El gato los pintó y con una tintura indeleble. Por allí van y aunque usen disfraces y lloren como víctimas, el ojo del gato es infalible y justiciero.

Y esperemos con paciencia, que no será tanto como Job, que los mecanismos que hoy administra Fuente Ovejuna, se encarguen del asunto. Pues ella y el gato, buenos observadores como el Satèlite Miranda, sabrán en el momento preciso cuàndo y còmo aplicar la justicia popular; claro aquella que en las leyes permitida està.

Cuando la justicia se apresura y no usa los medios adecuados (Fuente Ovejuna bastante paciencia tuvo), puede ocurrir que el gato, ante tanto llantén y familiares desfilando para pedir clemencia, por sentimentalismo exacerbado, confunda los colores y los villanos se pinten de mártires llorones.

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