A la memoria de D. Francisco Herrera Luque:

Venezuela en los primeros años de la conquista

En la tierra de gracia (Venezuela) los indios son feroces guerreros. Todavía en el año de 1569, fundada ya la ciudad de Caracas, se atrevían los caribes a hacer incursiones por pueblos tan cercanos y protegidos como Caraballeda.

Además de su ferocidad, el caribe era valiente hasta lo inhumano. Dice el padre Caulín: La nación caribe somete a las más crueles pruebas a los hombres que elige por sus caciques, tales como las siguientes: después de un largo ayuno, les dan a beber una totuma de ajíes picantes, los más fuertes, desleídos, y lo que deben tomar sin la menor demostración de ardor o acrimonia. Al mismo tiempo los acuestan desnudos en una hamaca, echándoles encima una porción de bachacos mordedores, los más feroces; deben sufrir todo el tiempo que les parezca conveniente a los interesados; y si en estas pruebas severísimas no demuestran la menor flaqueza ni cobardía, lo proclaman cacique, obedeciendo entonces sus órdenes.

Dice el padre Aguado: La encomienda en Venezuela, como en toda América, tiene tres símbolos: hambre, látigo y cepo. Los indios trabajan para sus amos desde el amanecer hasta la caída del sol. “Trabajan para el dicho encomendadero en labranzas de maíz y caña dulce que muelen en un trapiche que tiene, trasnochándolos y madrugándolos para la dicha molienda y demás dello compran de su pobreza las herramientas con que trabajan porque el dicho encomendero no se las dá”. No les dan tiempo a las hembras ni para criar a sus hijos. Aran la tierra, despueblan bosques con los dolores de entuertos. Violan las indiecillas antes de que les salgan tetas. El hijo del encomendero Hipólito Rodríguez tortura a un indio llamado Miguel, y luego lo cuelga de una viga porque le ha dicho al gobernador que le daba malos tratos. Hay cientos de expedientes como éste. Uno dice: “Dixo que el dicho encomendero asota de ordinario a los indios y después los aprisiona en grillos, cadenas y otras priciones de madera”. Veamos otro: “Los mata a palos con un palo gordo que trabe. A un indio principal lo coxió y amarrados a manos y pies, le dio muchos azotes hasta que lo dejó medio muerto.”

Hay una india Beatriz que se ha casado en secreto con Juan, un indio de la encomienda. El encomendero la tiene reservada para sí. Muele a palos al uno y al otro. El poder del encomendero llega hasta las indias que se han casado con españoles. Juan Cortes de los Ríos tiene que mover cielos y tierra para que le devuelvan a su legítima mujer Ana. A Sancho del Villar se le van dos años para recobrar a Aycarantar, la del dulce nombre. El encomendero Juan Rodríguez se niega obstinadamente.

Los españoles de Venezuela en nada se diferencian de los de Santo Domingo. Trasladan hombres y mujeres de una encomienda a otra haciendo caso omiso de sus nexos efectivos. Separan a los padres de los hijos, a los hombres de las mujeres. A los quiriquires los sacan del Tuy para llevarlos a Petaquire; los de Puerto Cabello van a Paracotos, los de los Teques a Santiago de León. Por el camino van cayendo centenares de infelices. Terminarán por extinguirse en el fondo de las encomiendas.

Según Juan Fernández de León, Francisco Infante y Juan Pérez Valenzuela, en el año 1567, existían entre 20 y 30.000 indios en el Valle de Caracas. En 1589 se han reducido a 4 ó 5.000.

El padre Aguado afirma que a fines del siglo XVI quedaban en la región de Coro unos doscientos caquetíos. En la época de Juan de Ampíes eran unos catorce mil.

Juan de Orpín, en una representación que hizo a la Audiencia de Santo Domingo a principio del siglo XVII, decía que los palenques se habían reducido de 500.000 a 50.000 en los años que iban de conquista. Según Arcila Farías, el mal trato de los encomenderos hizo desaparecer los dos tercios de la población indígena de Barinas. El visitador Vázquez de Cisneros encuentra que hacia 1620 la despoblación indígena ha sido tan grande en la Provincia de Mérida que sólo quedan 3.114 indios varones. Arcila señala como causa fundamental de esta mortandad las guerras de la conquista. En orden de importancia siguen: enfermedades, malos tratos, esclavitud, expediciones y suicidios.

Juego, Peculado e intrigas en los albores de Caracas. A la encomienda, el chisme y la intriga se añaden el juego. El conquistador es un jugador empedernido. En los tiempos de Pimentel se recaudaron en impuestos por conceptos de barajas, 1.456 maravedíes. A Diego Plazuela se le decomisan noventa barajas de naipes. Hay garitos por todas partes. Se juegan la vida, la hacienda y las encomiendas. Los pobladores de Caracas riñen como los del Tocuyo y Coro, constantemente entre sí. María Zabala se aprovecha de los indios de Andrés Machado. La ciudad se llena de anónimos contra Doña Francisca de Rojas. Se dice que es obra de sus sobrinos. D. Juan de Pimentel ha tratado de forzar a dos señoras “de lo más principal”. La cosa termina en matrimonio. Escoge a Doña María de Guzmán. A diego Fresneda lo tienen preso por bígamo. A Juan tostado le han robado las mulas. No se puede vender nada a los indios que no sea a la luz del día, dice una ordenanza, de lo contrario, los roban.

El Gobernador y todo el Cabildo rompen con el Obispo porque les ha hecho una alusión en su sermón del domingo sobre el tamaño de los cojines. En lo sucesivo oirán misa en San Francisco.

En 1597 un pesquisador de la Audiencia de Santo Domingo, acusa al gobernador Salazar, de Margarita, a Vides el de Cumaná, a Osorio el de Caracas, de ser unos ladrones que asaltan el Tesoro Público. También incluye a los oficiales reales. No se salva ni D. Simón Bolívar, a quien señala como “encubridor de fraudes”. Se llama Pedro Liaño el probo magistrado.

Los encomendaderos se roban unos a los otros. Esteban Lorenzo y Juan López Dorado se acusan mutuamente de ladrones. Francisco Infante, después de intrigar todo lo que puede, termina por robarle las tierras al cacique Baruta. Garci Gonzáles de Silva, además de romántico, es la personificación del terrateniente agresivo: Desposee por las malas a sus compatriotas Miguel Hernández y a doce pequeños propietarios. Con las armas en la mano se metió en las tierras de Manuel Figueredo.

Así fueron los años primeros de Caracas. No llegaban a trescientos hombres cuando este malestar sobrecogió a sus pobladores.

Decía el gobernador Mazariegos en Carta al rey, en 1571, que en toda la provincia de Venezuela había ocho pueblos y quinientos españoles. El Padre Froilán de Río Negro dice en su obra El Fundador de Caracas, D. Diego de Losada, que Caracas tenía 50 o 60 vecinos en 1568; cuatrocientos españoles en 1593 y mil hacia 1740.

Los primeros locos de Caracas: Simón Bolívar, el viejo, sufre hacia 1595 de una enfermedad demencial que lo deja incapacitado para valerse y en la mayor miseria. Diego Ruíz Vallejo, de los conquistadores y vecinos de la ciudad, está tan caduco y falto de memoria y le tiemblan las manos en tanto extremo que no puede firmar. Deja todos sus bienes a la esposa “por sus arras de limpieza y virginidad”. La ciudad se desternilla de risa. La decrepitud de D. Diego afecta al buen gobierno, porque es el contador. El pleitista gobernador D. Luis de Rojas, luego de litigar con toda la población, termina pidiendo limosnas en 1597.

Escribe José Antonio Calcaño: “Seis años gobernó D. Luis de Rojas y su gobierno fue bastante perjudicial para la ciudad. Cometió innumerables abusos, sembró rencores, promovió vivas rivalidades para debilitar a sus opositores, trató de violar a las damas principales y todo esto lo coronó con el asesinato”.

Hay casos como el de Alonso Andrea de Ledesma, octogenario vecino de Santiago de León, que ante la vista del pirata, en vez de huir como hacen todos, se pone la muerte con su coraza y, como una prefiguración del Quijote, se lanza contra Amias Preston (1595). En este drama de Preston y Caracas hay otro personaje. Se llama Villapando. Es un español que vive sólo en las tierras de Guaicamacuto. Cuando llega el pirata se incorpora de su lecho de enfermo para enseñarle gratuitamente el camino secreto a Caracas. El gobernador Juan de Pimentel comienza violando señoras y termina, como Ojeda, en un convento.

Así fueron los primeros años de la vida en Venezuela. ¿Fue obra este desasosiego de la personalidad conflictiva de los Viajeros de Indias? ¿Radica en esa simiente que España aventó sobre estas tierras el malestar que todavía vivimos? De asistirse a la evolución de estos hechos, trataremos con sorpresa y temor que a través de casi quinientos años la huella de los Viajeros de Indias permanece incólume. ¿Será una huella perenne?

¡Pa’lante Comandante, estamos contigo! Lucharemos, Viviremos y Venceremos.

Hasta la victoria siempre y Patria socialista.

¡Gringos Go Home! Libertad para los cinco héroes de la Humanidad.

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