Crónicas desde Caracas. Tercera parte

¿Un nuevo escenario?

Comencé a escribir esta última parte de las crónicas caraqueñas el pasado domingo 7 en la noche, día de las elecciones presidenciales en Venezuela, mientras los minutos se enlentecían contradiciendo todas las leyes del tiempo. Sentado frente al televisor, ahora a miles de kilómetros de Caracas, esperaba como millones de venezolanos, como decenas de millones de latinoamericanos, el momento en que la presidenta del Consejo Nacional Electoral Tibisay Lucena, leyera el acta de los resultados definitivos de una de las elecciones presidenciales más importantes de los últimos tiempos.

El epílogo ya es conocido y comentado en todos los tonos y todos los puntos de vista, bien o mal intencionados, a través de la prensa mundial y las ahora sagradas redes sociales. No hablaremos por lo tanto de ello dejando la euforia y la sana alegría a ese pueblo que, a conciencia o sin ella, está escribiendo una página histórica en una Latinoamérica que pugna por superar un letargo que ya se prolonga por demasiado tiempo.

El tenor de este último artículo debo confesarlo y es también lógico que así fuera dependía del desenlace de la batalla democrática que se daba en el país del socialismo bolivariano. Una derrota, o un triunfo estrecho que alentara el golpismo, habrían terminado con las grandes conquistas y las esperanzas de un pueblo que ha vivido en la miseria y la injusticia por un tiempo demasiado prolongado. Habría significado, además, la derrota de un modelo de socialismo inédito en su forma y en el camino que recorre, el camino de la democracia burguesa, que para un proceso revolucionario está lleno de peligros por la facilidad que el sistema ofrece a la derecha para el complot y el sabotaje.

No es, sin duda, la victoria definitiva, nunca la hay, como no la hubo ni siquiera para el formidable avance del socialismo del siglo XX que se hundió en sus propios errores, precisamente aquellos que el socialismo bolivariano intenta corregir.  El triunfo del domingo pasado es, quizás, si apenas un respiro. Lo importante es que el pueblo venezolano lo sabe y hay que prepararse para las nuevas batallas, lo que no da tiempo para solazarse en la alegría legítima de la limpia victoria obtenida. Hay que continuar sobre la marcha y de eso queremos hablar.

El ejemplo es inherente a toda revolución.

Al finalizar el artículo anterior dejamos planteada una pregunta que, a la luz del nuevo escenario, cobra gran importancia: ¿cómo proyectar la revolución bolivariana hacia el corazón del pueblo latinoamericano, y también mundial, como se proyectaron los grandes movimientos sociales del siglo pasado? Afirmábamos en esa segunda crónica desde Caracas que la mirada refractaria, y incluso el rechazo a la figura de Chávez en ciertos sectores teóricamente progresistas, es una realidad que debe ser abordada con un profundo sentido de autocrítica tanto en el seno de la conducción bolivariana como también, y principalmente, en los movimientos sociopolíticos de la izquierda continental.

Dejamos también planteadas algunas interrogantes sobre el tema: ¿se trata acaso de una expresión de los nuevos tiempos, la abulia y el egoísmo de una época, la de ahora, carente de ideales trascendentes? ¿O es que la corrupción y el acomodo se establecieron como una plaga en el seno de los dirigentes otrora furibundos izquierdista? Y lo último: ¿es que una parte de la  responsabilidad corresponde a la propia revolución bolivariana que no ha sabido, o no ha buscado, proyectarse hacia el resto de América como una esperanza factible de germinar en cualquier sitio y no sólo en la idiosincrasia y los recursos materiales con que cuenta el proceso venezolano?.

Creo que usted lo piensa igual que yo: eclécticamente hay un poco de cada interrogante. Quizás si lo más complejo es lo primero: un desencanto profundo en la sociedad humana luego que el más grande ideal libertario y progresista concebido por el hombre, el socialismo, establecido en casi la mitad del mundo del siglo XX, haya fracasado estrepitosamente arrastrando en su derrumbe más que la muralla de Berlín las esperanzas de millones de desposeídos, los humillados y ofendidos, en todos los confines del planeta.

Lo más difícil es, sin duda, despertar la conciencia revolucionaria de un mundo hundido en la borrachera neoliberal que se irguió como la gran solución a los problemas de la sociedad, coincidiendo con el desmantelamiento del socialismo clásico. Los más lúcidos, aquellos que se resistieron al estigma de los tiempos, pronosticaron, ciencia en mano, que la panacea capitalista acabaría más temprano que tarde por desplomarse. El deterioro duró, sin embargo un par de decenas de años hasta llegar a la crisis galopante que hoy sacude al mundo, tiempo suficiente, no obstante, para alentar el oportunismo y la traición de los furibundos revolucionarios del siglo XX.

Juventud, es tuya el alba de oro.

Afortunadamente este statu quo, el de la apatía y el desencanto, ha comenzado a revertirse en directa proporción al fracaso del neoliberalismo internacional. La contradicción biológica que Allende atribuyera a los jóvenes que no son revolucionarios, empieza a resolverse luego que una generación completa fuera sumida en el oropel capitalista para terminar tragada por la decepción y escepticismo. No es de extrañar, entonces, a la luz de las leyes dialécticas de la sociedad, que la formidable reacción de la nueva generación de jóvenes que se oponen al capitalismo en las calles del mundo, tenga a los anquilosados profitadores del agiotismo con el alma en un hilo.        

Chile, en el concierto de naciones latinoamericanas, ha sido quizás el punto donde con más fuerza golpeó la política del adormecimiento y el engaño, cuyos principales responsables han sido los seudo izquierdistas que durante 20 años adobaron el neoliberalismo local con el barniz del progresismo. El anestésico ha sido el éxito económico del país, ubicado, sin embargo, en los primeros lugares de la desigualdad y la injusticia de la distribución de la riqueza. Ha sido responsabilidad exclusiva de la gran traición de una izquierda que viró hacia la socialdemocracia, la misma que se derrumba hoy en Europa y que no sólo es incapaz de resolver la hecatombe económica que la corroe, sino que aparece cada vez más impotente ante la arremetida violenta de las masas que terminaron por saturarse.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con Venezuela, dirá usted? En el caso chileno, y en mayor o menor grado en otras latitudes, los grandes traidores de la historia, que van desde un partido comunista que en Chile ha ido sucumbiendo al oportunismo, pasando por toda la gama de socialdemócratas de la Concertación, se alinean con la derecha cada vez que de atacar al proceso venezolano se trate. Ven en el ejemplo socialista bolivariano el peligro inminente de una caída masiva de su propio antifaz izquierdista. Es un espejo molesto porque los retrata desnudos ante los principios que abandonaron en pos del acomodo y las prebendas que les ha traído gobernar para la derecha económica, timando al pueblo con un pasado que dejaron olvidado en la trastienda de la historia.

En lo que respecta al grado de responsabilidad que tiene la propia revolución bolivariana en el entusiasmo limitado que despierta en las masas latinoamericanas y más sorprendentemente aún, en los jóvenes que hoy encabezan la rebelión contra el modelo neoliberal hay que decir que luego del clamoroso triunfo del 7 de octubre, se vive un momento expectante, un nuevo escenario, por el protagonismo que semejante hecho pasó a ocupar en el mundo. Aprovecharlo dependerá de la habilidad y el interés prioritario que esta estrategia tenga para el gobierno socialista que encabeza Chávez.

Una responsabilidad histórica.

La política exterior de Venezuela, muchos de cuyos méritos se deben al canciller Nicolás Maduro, hoy nombrado además vicepresidente, ha sido justa y ha logrado posesionar a la revolución como un líder legítimo ante países tan importantes como China y Rusia, además del Medio Oriente y gran parte de los gobiernos latinoamericanos. Pero han sido éxitos que se podrían definir por arriba, es decir a nivel de estados, de organismos internacionales, incluso de mandatarios que en lo personal más que las coaliciones que los apoyan  han comprendido la importancia de la calidad de bastión progresista que exhibe Venezuela ante la arremetida del neoliberalismo imperialista.

La base, sin embargo, las masas populares, los pueblos, no han hecho suya en su justa dimensión la gran importancia que el proceso bolivariano tiene para el futuro continental. El gobierno de Chávez debe apuntar principalmente a los jóvenes que más allá de las fronteras venezolanas toman el protagonismo de la rebelión mundial, establecer contactos directos entre organizaciones estudiantiles y comunitarias de Venezuela y sus pares en Latinoamérica. Propiciar el intercambio de delegaciones juveniles y de trabajadores, tanto para que vayan a conocer los grandes cambios sociales y económicos de la revolución socialista, como para que los propios dirigentes de las fuerzas sociales venezolanas, juveniles, estudiantiles, trabajadores, poblacionales, difundan esa experiencia en el resto de los países latinoamericanos.

El 16 de diciembre el socialismo venezolano deberá librar otra gran batalla. Se trata ahora de elegir a los gobernadores de los 23 estados que conforman la nación, y al frente tiene otra vez a las mismas fuerza reaccionarias que han acumulado un poco más de odio contra el pueblo luego de su derrota del 7 de octubre. Hay que aprovechar el momento para estructurar definitivamente un movimiento solidario que pase a la ofensiva sacando a la luz pública los verdaderos valores del proceso bolivariano.

Es, sin duda, una tarea urgente. No sea que el día de mañana la historia nos juzgue con la misma severidad por nuestra ceguera y abulia como lo hará con la piara de dirigentes corruptos y vendidos que traicionan hoy los principios y los ideales por los cuales dijeron algún día luchar en la más cínica de las posturas.

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