Allende, siempre Allende

Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973 día nefasto para la historia de América Latina. Lloran los valientes, los luchadores, los soñadores, lloran las madres por sus hijos, lloran los hijos por sus padres y sus madres, lloran por el valeroso, por el combativo, por el persistente, por el inefable Salvador Allende. Mi casa una confusión, un desasosiego, una tristeza que invadía a cada uno de nosotros, qué impotencia, qué rabia, qué indignación. Los cobardes, la canalla y el imperio, otra vez el imperio, había logrado su perverso plan. Ya no mas Revolución en Chile, ya no mas Allende.

Papá y mamá lloraban desconsoladamente, parecía que un ser muy nuestro había muerto. Nosotros, los más pequeños, sólo lográbamos comprender que algo muy grave había sucedido, algo que nos debía afectar muy directamente y que afectaría de algún modo nuestra vida. Preguntábamos qué ocurre, qué es tan duro como para generar una conmoción familiar de esa magnitud. Mis viejos, luchadores y comunistas de toda la vida, tratando de hacer de tripas corazón, nos explicaron que se le había dado un zarpazo de muerte a la democracia latinoamericana y más que eso a una revolución naciente. Que el pueblo chileno estaba herido de muerte y todos los pueblos hermanos también. Que el imperio americano, una vez mas había perpetrado un ataque certero a un proceso emancipatorio de nuestro continente. Papá con voz fuerte e increpante, nos preguntó si entendíamos y le contestamos que sí, que era algo terrible y que no estábamos de acuerdo con ello, preguntamos que podíamos hacer al respecto y nos contestó con una frase del Che, “si tu eres capaz de temblar cuando se cometa una injusticia en cualquier parte en el mundo, somos compañeros”. Recalcaron, tanto mamá como papá, que no olvidáramos nunca esa premisa, que ese tenía que ser parte del norte de nuestra vida.

Y desde entonces cada vez que se cumple un aniversario de aquel triste acontecimiento, me retrogrado a esos instantes y una vez más se apodera de mí esa sensación de impotencia por lo sucedido, de indignación por la forma y por sus consecuencias en los años venideros. Me propuse como un sueño ponerle flores a la tumba de Allende en su Chile natal. Hice mi sueño realidad y el año pasado lo pude cristalizar, no sólo le puse flores, también marché con el pueblo chileno y añoré su Allende, el mío, el nuestro. Fue una experiencia única, poder cantar junto al pueblo Chileno el himno de la unidad, ondear sus banderas, las nuestras solidarias con su causa, con su luto, por Allende, Víctor Jara y tantos y tantos mártires de esa Revolución inconclusa. Pude en nombre de mis viejos y de mis hermanos, rendirle honores a aquel soldado valiente por el que seguiré diciendo: Allende, siempre Allende.

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