Para Pedro Calzadilla, ministro de Cultura

Una propuesta política para un museo impertinente

A Pedro Calzadilla
Ministro del Poder Popular para la Cultura

La VII Bienal de Berlín ha logrado lo que a nosotros nos cuesta: utilizar las instituciones del campo del arte para mostrar experiencias políticas-simbólicas. Aunque los movimientos sociales latinoamericanos son de los más fuertes y estables del mundo (según Boaventura de Sousa Santos), en Venezuela no siempre hemos sabido crear la versión institucional de esos movimientos —porque quizás no nos ha hecho falta o porque nos ha parecido una inmensa contradicción—.

Pero hoy esa contradicción no se sostiene. Necesitamos que las instituciones sirvan: que tengan sentido y cumplan su función social. Lo que hoy ocurre en Berlín, que para nosotros no es novedad, confirma la posibilidad de utilizar las instituciones para fortalecer procesos indisciplinados, anti-institucionales, emancipatorios y populares. Argelia Bravo y el Comando María Moñitos lo están haciendo. El Grupo Provisional lo hizo. Carmen Hernández lleva una vida profesional diciendo que se puede hacer.

Pensando en esas experiencias, y con un ánimo panfletario, quiero sumar a la lista de museos imaginarios un ítem más. Para ello me fundo en algunas exposiciones que recuerdo, y que propusieron una revisión política del campo del arte: Zona de distensión (CELARG), Cartas del barrio (MUJABO), Reacción y polémica en el arte venezolano (GAN), Entre Juyá y Pulowi (MAC), Arte y política (MBA), Desde el cuerpo (MBA), Born in America (MUJABO), Aula7: escuela de cuadros y pepeas (MAC).

*

Imaginemos un escenario hipotético: la transformación de uno de nuestros museos nacionales en un espacio de activación política.[1] La función de este museo sería hacer visibles los procesos emancipatorios nacionales e internacionales. Utilizando recursos tradicionales del campo del arte, que por naturaleza son conservadores (exposición, coleccionismo, curaduría, obras), se puede, transformando el uso de esos recursos, hacer de ese museo un espacio para la creación y el fortalecimiento de redes políticas efectivas, y para la divulgación masiva de experiencias políticas concretas.

Otra función de este museo sería insertar en el cuerpo institucional (y en los sistemas simbólicos hegemónicos) el poder activo y revolucionario de los movimientos sociales. La fuerza humana laboral del museo trabajaría para mostrar procesos políticos-simbólicos, y no sólo estéticos; procesos cuyos objetivos finales sean la politización de la sociedad.

En un museo así no habría visitantes sino activistas en potencia o activistas con experiencia. No habría espectadores sino sujetos en vías de formarse una conciencia política. Las exposiciones tendrían en trabajos como Aula7: escuela de cuadros y pepas, Desde el cuerpo o Zona de distensión sus paradigmas. No se exhibirían cosas sino acciones. Se pondrían en escena ejercicios de formación y de toma de posición ante problemas políticos concretos (como hoy ocurre en Aula 7).

Las obras de la colección servirían para hacer visible el carácter político del arte, o la relación entre arte y política. Se estudiaría cómo el arte ha respondido y responde a situaciones políticas (privadas, estatales), o cómo ha formulado modelos políticos. En lugar de hacer apologías del arte moderno, se harían visibles las perspectivas políticas de la historia del arte (como la visión de Marta Traba sobre el estructuralismo, por ejemplo). Y en lugar de coleccionar sólo objetos, se crearía un archivo público de registros activos, de documentos que hicieran visible la raíz política de los procesos (comenzando, por ejemplo, por el “carteo” institucional).

La programación de este museo se dividiría en situaciones expositivas. En ellas sucederían acciones políticas tradicionales: formación de cuadros, reuniones para la planificación de estrategias populares que conduzcan a la toma del poder, etc. En cada situación expositiva coincidirían sujetos provenientes del campo del arte (curadores, promotores culturales, artistas, investigadores, etc.) y uno o varios colectivos de activismo político. Estos dos actores trabajarían diseñando y ejecutando una o varias acciones políticas efectivas, que persigan objetivos específicos. La tarea del museo sería: 1) hacer un registro activo que permita la sistematización de las acciones, y la generación y divulgación de conocimientos intercambiables (como las experiencias y las estrategias de activismo político, por ejemplo); 2) visibilizar los procesos de creación de esas acciones (a través de dispositivos museográficos y editoriales); 3) servir de espacio para el encuentro y fortalecimiento de colectivos y de personas.

Una comunidad que lucha por la tenencia de la tierra, organizada en torno al Movimiento de Pobladores y Pobladoras (por ejemplo), o un colectivo que luche por la valoración política de la lactancia materna, pueden ser acompañados por un grupo de artistas para desarrollar, en conjunto, herramientas simbólicas útiles que sirvan para resolver problemas reales. El museo sería un espacio de comunicación entre las comunidades, los colectivos y los artistas, y una herramienta de divulgación.

Ello requiere, desde luego, un equipo transdisciplinario que active políticamente el museo, reutilizando su infraestructura y su fuerza humana laboral. Al trabajar menos desde la lógica de la representación, propia de las estéticas y las políticas modernas, y más desde la participación y el protagonismo político de colectivos y subjetividades, este museo necesitaría un equipo de personas provenientes de las ciencias sociales (sicología social-comunitaria, antropología visual, cultura visual, ciencias políticas, economía, etc.) y especialistas del campo del arte.

Dos cosas más tendría este museo: 1) una relación estable con los programas de servicios comunitarios de las universidades, lo cual garantizaría la participación formativa y propositiva de estudiantes universitarios; 2) un intercambio internacional constante con invitados provenientes del campo del arte contemporáneo y del activismo latinoamericano y mundial.

[email protected]


[1] Entre nosotros no tiene sentido el museo fundado en la exhibición de poéticas formalistas o esteticistas, sino en la comunicación de acciones y propuestas políticas-simbólicas, generadas por colectivos e instituciones de todo el país.


Esta nota ha sido leída aproximadamente 1115 veces.



Recomienda la lectura de esta nota a través de las redes sociales




US Y /actualidad/a148014.htmlCUS