Rashomon de Berruecos IV

El conde de Txala, su padre de Usted, calla despectivamente cuando se pronuncian estas ofensas pero entiendo que a usted algo le ha hablado de los pactos de Ayacucho. Tal puedo colegir del párrafo de su carta donde alude a "los pactos de solidaridad liberal contraídos por causa de la batalla de Ayacucho". Tales pactos, mi joven conde, son verdad. Podemos y debemos discutir su intención pero no el hecho de que sucedieron. Yo los presencié, hacen de ello veintidós años. Vivíamos el día anterior al de la batalla y el marqués de Txala vino a nuestro campamento. Recuerdo su seca mirada, su frente pálida. Era de noche, la noche que, según explica el teniente Barría en sus memorias, (cuyo envío le agradezco) los hombres de su guardia, entre ellos el propio teniente, le vieron alejarse tras unas piedras rechazando todo acompañamiento y sonriendo. Diré lo que hizo el marqués una vez que Barría lo perdió de vista.

Descendió hasta Bunta, el poblado donde acampábamos y entró en reunión con nosotros, los enemigos, los alzados contra su rey. Sólo supimos de él cuando estaba entre nosotros. Sonreía. Yo le observaba fascinado mientras pensaba que había caminado ocho millas dentro de nuestro campo sin ser notado. "¿Se habrá hecho invisible?", me pregunté, imaginando a los centinelas situados cada cien metros que no lo sintieron. Si hubiera venido a agredir lo hubiera logrado. Ahora era perfectamente visible. Su uniforme y su espada, le identificaban como general español. También la fama de su rostro. El viejo revólver le resultaba un adorno en la cintura de hombre rodeado de enemigos. Nadie le tocó, por supuesto, el mariscal Sucre no lo hubiese permitido. Avanzamos hacia la cocina de la casa cuartel donde nos albergábamos. Cruzando el pasillo lleno de soldados, yo pensaba que dos mil hombres iban a morir en la batalla del día siguiente. Sentía difusa emoción sabiendo que esas almas, que estaban dentro de cuerpos calientes, uniformados, hechos de huesos y de carne, sentados alrededor de fuegos que los calentaban, a la vez hablaban en otro plano entre ellas, con lenguaje egipcio o bien con palabras que no se conocen en el mundo. Simultáneamente estaban en tierra y disueltas en el aire oscuro.

Convocado conjuntamente por el mariscal y su padre de usted mediante los siete pases sobrios que pauta la regla, brotó el bafometo sobre una mesa. ¡Imposible escena más estremecedora! Jamás había yo visto aquel homúnculo cuyo origen en las religiones sirias conocía nada más por libros. Sabía por ellos que aún hoy los arqueólogos al romper la tierra siria descubren tumbas de gatos, a causa de haber sido aquel animal objeto de culto allá, teniéndosele por animal sagrado. Aprendieron a emborracharlo de una pasta hecha de cuatro hierbas. Tal sucedió en los tiempos viejísimos, luego vinieron magos que lo convocaban nada más con palabras y gestos. Lo tenía ante mi, danzaba, parado en dos patas y hablaba palabras dictadas por el Espíritu que los católicos llaman Espíritu Santo en ejercicio de corrupción litúrgica y teológica. Numen lo es de los masones templarios, descendientes de los cruzados del mismo nombre, que lo trajeron de la Siria y la Palestina a Europa. Masones templarios éramos y a mis ojos de neófito aquella imagen resultaba de pesadilla, con la faz, el tamaño, el cuerpo y los ojos de un gato, y la joya enorme fulgiéndole en la frente negra de pelos.

De invocarlo acusó el fiscal Nogaret a los maestros presididos por Jacques de Molay. Lo rodeaban unas llamas débiles, viejas de quinientos años, las de la pira en que ardieron Jacques y los otros hermanos en una plaza de París. Ahora me constaba cuan verdad era la masónica afirmación de que siguen encendidas esas llamas y continuarán quemando hasta que quede construido el Templo sobre el redondo mundo y vengada la injusta ejecución de los maestros. Aquel fuego intemporal no quemaba el pequeño círculo de la mesa que ocupaba el animal ni se reflejaba sobre las paredes de la fea estancia ni producía sombras en ellas, apenas iluminaba los rostros del mariscal y del padre de usted y les ponía un leve brillo rojo.

Decía ahora palabras en turco. El tema era la Cuarta Concentración. La Cuarta Concentración es la que compete a la orden masónica construir en esta América española, habiendo sido la primera el Protestantismo, la segunda la Independencia de los Estados Unidos, la tercera la Revolución Francesa. Es política del tamaño de emperadores y puede traducirse sin mayor violencia bajo forma de incanato. Tal era la luz, marqués querido, que esperaban del bafometo su ilustre padre y el mariscal Sucre. Bajo un emperador que reinaría en Lima habría de funcionar y el nombre de emperador era sólo uno, por posibilidad. No había dos candidato aunque acaso el sucesor lo sería el buen hombre que tenía a mi lado. Da vértigo recordarse, humilde capitán, en semejante compañía. De incanato hablaba el ídolo. No traduciré a usted su palabra, no estoy autorizado para ello, además porque, explicada así, en la volanda de una carta, sería documento bueno para la interpretación torpe. Simplemente digo que estaba tan posible en aquellos días. tan inminente Lord Byron al tiempo que emprendía en aquellas fechas la Quinta Concentración, que acaecerá en Turquía y Grecia, había nombrado Bolívar a su barco y colocaba al héroe dentro de su poema La edad de Bronce, que es un programa masónico.

Recuerdo al mariscal aceptando la imposición salida de la boca de otros tiempos. Recuerdo el rostro de su padre de Usted, mucho más trabajado por los años, aceptándola con la cara inmóvil. Lo evoco levantándose de su silla con el uniforme desteñido con el que atravesaría pocos minutos después entre las hogueras de los soldados, porque todavía estaba oscuro el cielo. El mariscal también se levantó, yo igualmente, imitándolos. Miramos largo rato el lugar donde el homúnculo había desparecido junto a su fuego. Entonces nos dimos la mano a tres, dijimos cada uno "Pacto". El marqués se despidió de nosotros en la puerta del caserón, se alejó.

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