Hablar acerca de eso “es una discusión bizantina”

La OEA no tiene compón

  “El Ñeco Luis”, en los alrededores del parque Ayacucho, se solazaba en calificar, cuando le venía en gana, alguna de las conversaciones que empatásemos, diciendo con desdén:

           -“¡Coño, eso no es más que una discusión bizantina!”

           Él no estudiaba nada, aunque “Condorito”, decía que acudía a una escuela nocturna, para el aprendizaje de las primeras letras por los lados del Dique, cerca de la desembocadura del Manzanares.

         Eso sí, “el Ñeco”, todas las noches, pasadas las ocho, se llegaba a la plaza del Mariscal, donde un gran número de alumnos del Liceo Sucre concurríamos a estudiar. Se sentaba en uno de los bancos, conversaba con quien estuviese dispuesto y esperaba los varios momentos cuando optábamos “por descansar” y nos reuníamos en grupos a discutir cualquier tema. Seleccionaba alguno, no al azar,  y cada noche participaba, metiendo su cucharada, en todas las discusiones, cada vez con mayor sensatez.

        En aquellas reuniones escuchó hablar de Bizancio, de la prodigiosa cultura bizantina, y aquella expresión que se aplicaba cuando se decía mucho y hasta cosas muy importantes, pero que poco tenían que ver con el asunto en cuestión.

       En casos o conversaciones que le resultaban incomprensibles e inútiles para el asunto que se abordaba y era de su interés, solía decir con desplante:

        -“Hablan pura paja y nada hacen. Viven enrollados en discusiones bizantinas. Mientras las vainas siguen igualitas.”

        El “`Ñeco”, como muchas cosas, llegó a entender el exacto significado de la expresión y cuándo y en qué circunstancia utilizarla, pero prefirió para toda su vida, manejarla como una vía de escape. Colocado en cualquier disparadero, se salía por la tangente, calificando aquello de:

        -“Esto no es más que una discusión bizantina, mejor cojo mi cachachá y me marcho por donde vine.”

          Dicho y hecho; terminaba de hablar cuando ya se había separado varios metros de quien algo le reclamaba o exigía. En efecto, un buen día, con toda su sutil cojera, se fue a la montaña, donde según él, se hacía y no se hablaba pendejadas.

       He recordado al “Ñeco”, ahora cuando el señor Insulza, viendo el moho y deterioro general que atosiga a la OEA, ha comenzado a hablar de reformar alguna cosa, sin hacer muchas precisiones. Quizás esté pensando ilusamente en promover algún cambio para que todo siga igual y se detengan las transformaciones que anuncian e imponen borrascas y huracanes. El pobre, no tiene otra salida que intentar pegar sus tablas lo mejor que pueda para que no se las lleven los agitados vientos.

      Lo malo es que el canciller Patiño de Ecuador, haya entonado una canción del agrado de Insulsa. Dijo el representante del presidente Correa que la OEA se reforma o desaparece.

      Si el “Ñeco”, en alguna parte les estuviese oyendo o leyendo, seguro ya está diciendo y esta vez con mucha  propiedad, “eso de Insulsa y Patiño, no es más que un palabrerío, o una discusión bizantina.”

       A la OEA no la compone nadie, ni el agua de la muchachita. Como decimos coloquialmente los venezolanos, no tiene compón. Nació torcida, mala intencionada y pierde el tiempo quien crea que puede reformarla, enderezarla o cambiarle de actitud. Ni los planes de Iris Valera para los  privados de libertad, con todo el humanismo de por medio, lograrían algo con la pérfida OEA. Gente que allí acude no está dispuesta a mejorar.

       Eso de reformar la OEA,  es el sueño iluso de Insulza para seguir pegado a la teta de alguna forma; quizás que los gringos le consigan una mejor chamba por los servicios prestados.

       La OEA agoniza, está en estado terminal y no podemos hacer nada para evitar su muerte, si queremos vivir. La única reforma valedera para los pueblos nuestros, es que EEUU y Canadá se vayan a lo suyo y se arrejunten como les corresponde. Para este caso, ya tenemos al CELAC, donde estamos quiénes somos y debemos estar.

             No hay otra reforma posible, pues la OEA se está muriendo de muerte natural. Es un “pegoste” de culturas, intereses dispares, distintos y por eso se le caen los pedazos.

          Lo demás, como diría el “Ñeco”, es pura discusión bizantina. 

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