La arrogancia vs la humildad

Un “Analfabeta Funcional”, también puede ser aquel  que dejando la humildad a un lado asume una posición de arrogante, sin conocer  o repudiando, el verdadero rol  del  maestro.

La arrogancia es una característica que presentan algunas personas y que refiere la altanería, soberbia y sentimiento de superioridad que hace que el individuo que la posee se sienta muy superior a los demás.
En tanto, a la persona que la ostenta, popularmente, se la denomina como arrogante.

El arrogante como su marca personal siempre tiende a exagerar su propia importancia con respecto al mundo que lo rodea.

Si bien generalmente uno puede identificar al arrogante a través de sus palabras, también es posible que el arrogante no se manifieste preeminentemente a través de lo que dice sino más a través de sus actos.
Por ejemplo, en una reunión o en cualquier otro ámbito, el arrogante será fácil de detectar porque será aquel que constantemente echará por la borda las opiniones y comentarios del resto de las personas, por supuesto, situándose el por encima de las mismas con sus propias opiniones y comentarios.

Por esto que mencionábamos es que casi siempre el arrogante resulta ser un individuo bastante impopular y desagradable con lo cual es preferible tener el menor contacto posible.

Por otro lado, el estereotipo que constituye el arrogante es muy usual de encontrar en la tradición narrativa; películas, cuentos, novelas y obras de teatro siempre presentan en sus argumentos a algún arrogante que hace de las suyas, porque los mismos, por las características que per se ostentan son muy ricos a la hora de tener que desarrollar cualquier tipo de trama argumental. Obviamente no son los buenos tipos, los héroes, sino los antagonistas, los malvados de la historia, quienes presentan esta característica tan común de la arrogancia.

El valor de la humildad también raya en contener la necesidad de decir o hacer gala de nuestras virtudes a los demás. Una persona que vive la humildad escucha atentamente lo que otro tiene que decir, el trabajo, el esfuerzo, las capacidades de su prójimo inclusive sus ideas, aunque se contraponga a las suyas propias, respetando, pero no necesariamente consintiendo. Jamás confundiendo el respeto y la tolerancia con la hipocresía, en lo cual se establece un límite bastante sutil que muchas veces se traspasa. Sabemos también que con humildad se pueden conseguir muchas cosas, y podemos llegar a sensibilizar el corazón más duro, abrir la puerta más herméticamente cerrada, allanar el camino más pedregoso, y alcanzar grandes cosas, pero siempre manteniendo la humildad. No creer que somos algo sin serlo, no creernos con capacidades plenas, puesto que todo lo que somos y todo lo que hemos alcanzado en la vida, también se lo debemos en parte a mucha gente que ha estado con nosotros entregándonos lo mejor de si. Es decir no somos autosuficientes en un valor absoluto, siempre requerimos de la ayuda de alguien o de algo, del mismo Dios. 

Ser humilde es dejar hacer y dejar ser, si aprendemos a eliminar la arrogancia, reconocemos las capacidades físicas, intelectuales y emocionales de los demás. Quien es más grande entre sus pares no es quien más espacio abarca, sino precisamente quien más inadvertido pasa, finalmente es quien impacta. La grandeza del hombre es su propia humildad. En la medida en que somos humildes, adquirimos grandeza en el corazón de los demás, y no en nuestro propio corazón; es cuando pasamos a ser altivos, altaneros y soberbios. Aspectos tan socialmente reprochables, pero que tan arraigado está en nuestro interior.

El éxito en el servicio a los demás proviene de la humildad; cuanto más humilde, mayores logros obtendremos. No significa no tener expectativas, ni proyectos; sino por el contrario, tener claro que aunque todo lo hubiésemos hecho, nada hemos hecho hasta ahora. 

No puede haber beneficio para el mundo sin la humildad. Lo contrario sólo es marketing y publicidad.

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Luis Daza


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