La política exterior de los Estados Unidos siempre ha sido un ejercicio de pragmatismo crudo envuelto en retórica de conveniencia. Sin embargo, el reciente discurso del Estado de la Unión del presidente Donald Trump ha dejado a la comunidad internacional en un estado de estupor calculado.
Al referirse a Venezuela como su "nuevo amigo y socio" mientras celebra la llegada de 80 millones de barriles de crudo venezolano a puertos estadounidenses, Washington no está anunciando una era de paz, sino una reconfiguración de su estrategia de seguridad energética a expensas de la coherencia ideológica.
Resulta casi esquizofrénico que, mientras aún resuenan los ecos de los decretos ejecutivos renovados durante 11 años que califican a Venezuela como una "amenaza inusual y extraordinaria" para la seguridad nacional de los EE. UU., hoy la Casa Blanca extienda una alfombra roja (o mejor dicho, una manguera de succión) hacia el petróleo venezolano.
Esta contradicción pone de manifiesto dos realidades ineludibles:
El fracaso de la política de "Cambio de Régimen": Tras años de asfixia económica y medidas coercitivas unilaterales, Washington ha tenido que reconocer que el Estado venezolano no solo ha resistido, sino que sigue siendo el eje gravitacional del mercado energético hemisférico.
La fragilidad energética estadounidense: A pesar del aumento de su producción interna, la sed de la industria pesada del Golfo de México por el crudo complejo de la faja petrolífera del Orinoco es una dependencia estructural que ninguna sanción pudo quebrar.
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas y la reactivación de las conexiones comerciales por parte de empresas estadounidenses no deben interpretarse como un cheque en blanco: cualquier acercamiento debe basarse en el respeto mutuo y la autodeterminación.
Venezuela, bajo este nuevo esquema de "socio", se enfrenta al desafío de no permitir que la voracidad de las transnacionales vulnere la Ley Orgánica de Hidrocarburos. La soberanía nacional no se negocia por una foto en Washington o por el levantamiento de sanciones que, de entrada, nunca debieron existir por ser contrarias a la Carta de las Naciones Unidas.
El peligro de ser el "nuevo amigo" de un imperio en crisis es que la amistad estadounidense suele durar lo que tarda en agotarse el recurso de interés. La historia de las Relaciones Internacionales está plagada de "amigos" que fueron desechados en cuanto dejaron de ser útiles a los intereses del Capitolio.
"En la geopolítica del petróleo, el 'socio' de hoy es el objetivo de mañana si no se mantiene una postura de defensa irrestricta de los intereses nacionales."
La reactivación del comercio debe servir para el desarrollo productivo del país y no para el retorno a una economía de enclave. La llegada de esos 80 millones de barriles a EE. UU. debe ser vista como una transacción comercial entre iguales, no como el tributo de una periferia sometida.
Venezuela ha demostrado que la resistencia tiene frutos. Sin embargo, la guardia no puede bajarse. Si somos una "amenaza" es porque nuestra existencia soberana cuestiona la hegemonía absoluta; si somos "amigos" es porque nuestra riqueza es indispensable para el funcionamiento del mundo industrializado.
El reto para el Estado venezolano es navegar esta nueva etapa con la astucia necesaria para blindar su economía, diversificar sus aliados y recordar que la única garantía de paz es la fortaleza de su propia soberanía.