Tras el humo del 3 de enero, cuando la llamada "calma estratégica" se hizo añicos al ritmo de los misiles, la primera reacción fue el estupor. Sin embargo, al enfriarse los cráteres y descifrar la inquietante "anomalía" del silencio de los radares –esa ausencia de defensa que hoy se analiza no como falla, sino como variable operativa– emerge una tesis audaz: lo que Washington celebra como una victoria quirúrgica es, en realidad, un cebo histórico. Y el imperio ha mordido el anzuelo con la arrogancia de quien se cree dueño del tiempo y la ley.
I. LA CAPTURA COMO CONFESIÓN: EL SUICIDIO DEL "ÁRBITRO"
La narrativa oficial en Washington califica los eventos como una operación de precisión, un "caso de libro" de efectividad militar. Sin embargo, es en la misma pulcritud operacional donde reside su mayor vulnerabilidad jurídica. La acción ejecutada –un ataque armado en territorio soberano para la captura de un mandatario– colisiona de frente con el Derecho Internacional consuetudinario y el sistema de seguridad colectiva erigido en 1945. Al optar por esta vía, Washington no ha demostrado fortaleza, sino que ha elegido desvestirse de su rol autoproclamado de garante para actuar bajo el prisma más crudo de la razón de fuerza.
La credibilidad institucional, ese capital intangible que tarda décadas en construirse, puede evaporarse en la hora que dura una operación militar. Lo que algunos celebran como triunfo, la historia del derecho bien podría registrarlo como un acto de renuncia a la propia autoridad moral. No es una demostración de poder; es la confesión implícita de quien abandona las reglas que una vez dijo custodiar. Aquí surge la primera duda sistémica: ¿Cómo podrá el mundo volver a confiar en un "árbitro" que, al verse acorralado, prefiere incendiar el reglamento antes que perder el juego?
II. EL CEBO DE LA UNIPOLARIDAD: LA TRAMPA DE LA "VICTORIA FÁCIL"
La facilidad misma de la captura constituye el primer eslabón de su propia condena. Desde la óptica del análisis estratégico, se asemeja a un "judo geopolítico": usar la fuerza desmedida del contrincante para desbalancearlo. La ejecución de la operación, en pleno año electoral norteamericano, invita a una lectura que trasciende lo geopolítico. Diversos analistas internacionales han señalado la creciente tentación de convertir la política exterior en espectáculo para consumo interno.
Esto plantea la pregunta incómoda: ¿Respondió la acción a una necesidad de seguridad hemisférica o a la urgencia de un hecho consumado televisivo? Al permitir que la agresión se materializara de forma tan obscenamente visible, se obligó a los Estados Unidos a exponer, ante el escrutinio global, que su política puede pivotar desde la presión diplomática hacia el terror directo en un solo movimiento. La "anomalía" no fue un fallo; fue el espacio cedido –ya sea por cálculo o por consecuencia– para que el agresor se adentrara en un laberinto de ilegalidad internacional sin salida elegante.
III. LA DOCTRINA MONROE SIGLO XXI: EL MANIFIESTO DE LA OCUPACIÓN CORPORATIVA
Esta acción no es un hecho aislado, sino que encuentra resonancia textual en documentos oficiales. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 de esa administración afirmaba la primacía absoluta de EE.UU. en el hemisferio y elevaba el "interés económico nacional" a pilar de seguridad. Es la Doctrina Monroe reactivada, pero ya no con la retórica del destino manifiesto, sino con el lenguaje frío de los contratos de proveedor único y la administración de activos.
Bajo esta lógica, revelada sin rodeos en dicha estrategia, las naciones soberanas son reducidas a inventarios de recursos y corredores logísticos. La exigencia –similar a la planteada recientemente al gobierno argentino en materia energética y de infraestructura– se erige ahora como un ultimátum tácito para la región: o se acepta el papel de vasallo proveedor en cadenas de valor extractivas, o se enfrenta el espectro de la "opción militar". El objetivo último queda al descubierto: no la promoción de la democracia, sino la administración corporativa del territorio ajeno.
IV. EL DESLINDE DEL CAPITOLIO: LA FRAGMENTACIÓN INTERNA COMO LEGADO
El supuesto éxito táctico de la captura podría ser el detonante de una crisis constitucional en las entrañas del poder norteamericano. Ante la magnitud de la violación a los principios de la Carta de la ONU –de la cual EE.UU. es miembro fundador–, es previsible que la estructura de poder en Washington comience a fracturarse. No tardarán en alzarse voces en el Congreso, e incluso en la prensa tradicional, argumentando que se trató de la acción unilateral de un "hombre fuerte", ejecutada al margen de los debidos controles y contrapesos.
El intento será salvar la institución sacrificando al individuo. Pero en ese mismo intento, confirmarán la tesis más peligrosa: si el aparato de seguridad del Estado más poderoso puede ser secuestrado por el impulso de un solo hombre para cometer un acto de piratería internacional, entonces ya no existe seguridad jurídica predecible para nadie en el planeta. ¿Estamos presenciando el momento en que el imperio deja de exportar orden para empezar a exportar su propia entropía institucional?
V. EL MOVIMIENTO DE GINEBRA: CUANDO EL "REO" SE TRANSFORMA EN "PRISIONERO DE GUERRA"
El Presidente Nicolás Maduro, al declararse Prisionero de Guerra y acogerse al III Convenio de Ginebra de 1949, ha ejecutado la jugada maestra que desplaza por completo el terreno del conflicto. Ya no se trata de un proceso penal doméstico en una corte de New York. Al invocar el Derecho Internacional Humanitario (DIH), traslada el caso a un sistema del cual Estados Unidos es parte y firmante.
Este movimiento tiene un efecto jurídico inmediato y devastador. Primero, porque el Convenio exige que los prisioneros de guerra sean tratados con respeto a su rango: cada exposición de Maduro como reo común es una violación flagrante que se documenta minuto a minuto. Segundo, porque desplaza la competencia de un juez federal a la esfera del derecho internacional, dejando al descubierto el verdadero objetivo: no la justicia, sino una ejecución política mediante lawfare. Y tercero, porque al tratarlo como prisionero de guerra, EE.UU. reconoce implícitamente a su gobierno como fuerza beligerante legítima. Este estatus es la bomba de relojería que ahora debe manejar el sistema judicial estadounidense.
VI. EL LABERINTO FINAL: DONDE LA PIRATERÍA ENCUENTRA SU PROCESO (Y SE AHOGA EN ÉL)
Esto es lo que el juez –ese conocedor del derecho público internacional– comienza a vislumbrar cuando se habla de "secuestro". Su sala no es un tribunal militar internacional, ni su código penal es el Convenio de Ginebra. Tiene entre manos lo que la jurisprudencia llamaría un 'cuerpo extraño' procesal: un Presidente soberano, declarado prisionero de guerra, acusado bajo un estatuto doméstico que no puede aplicársele.
El expediente es, por tanto, una "papa caliente" judicial. Sin la entrega formal de pruebas a la defensa –un derecho elemental– el proceso se vuelve írrito. Y el vacío más revelador: si las acusaciones ni siquiera incluyen a la Primera Dama, Cilia Flores, ¿bajo qué pretexto legal se secuestró a una mandataria sin cargo alguno? Cada intento de la fiscalía por forzar este caso en un molde ordinario solo profundiza el agujero. Este es el callejón sin salida final de la operación. El imperio no capturó a un reo conveniente; capturó un dilema jurídico insoluble. ¿Tendrá el sistema judicial norteamericano la integridad de admitir este "error de sistema" o terminará por demoler su fachada de independencia para cumplir un guion político?
VII. EPÍLOGO: EL CORO GLOBAL Y EL "NUNCA MÁS" COMO CONDICIÓN
La respuesta no se hizo esperar en el único foro que pretende regir la convivencia planetaria. Desde el Consejo de Seguridad de la ONU, un coro de voces –no de aliados retóricos, sino de potencias con intereses diversos– trazó un veredicto que enterró la narrativa de "operación quirúrgica". Fue la autopsia jurídica y moral de la unipolaridad.
México diagnosticó el daño estructural: "Un severo golpe a la Carta y al multilateralismo". China, miembro permanente, desgranó la violación: Estados Unidos había "pisoteado la soberanía de Venezuela... vulnerando gravemente los principios de igualdad soberana". Brasil, el gigante suramericano, rechazó "de manera categórica" actos que "traspasan una línea inaceptable".
No fueron voces aisladas. Pakistán advirtió sobre "peligrosos precedentes que pueden menoscabar las bases del marco jurídico mundial". Cuba denunció la "cobarde agresión" como parte de una campaña de guerra. Nicaragua urgió por la paz herida. Y Rusia dejó caer el peso de la historia sobre la hipocresía: "Los intentos de eludir valoraciones de principios por parte de quienes en otras situaciones se exigían con vehemencia el cumplimiento de la Carta... resultan especialmente hipócritas". Este no fue el bloqueo automático de un "eje del mal"; fue la defensa fría y universal del sistema de Estados contra el regreso de la piratería.
Venezuela, en ese instante, dejó de ser un "caso" para convertirse en la línea roja que el mundo se negó a ver cruzada. El mensaje enviado con fuego el 3 de enero encontró su respuesta en el frío cristal de los micrófonos de la ONU. La fuerza, por sí sola, ya no puede generar legitimidad, solo escombros y aislamiento.
La historia no recordará este día como el fin de una era en Venezuela, sino como el momento en que el gigante caminó hacia el abismo y descubrió que los pueblos ya no temen decírselo a la cara. Pero mientras la diplomacia internacional se asienta, queda una pregunta que solo el tiempo y la lucha interna podrán responder: ¿Bastará este "Nunca Más" diplomático para sanar el alma de una nación que tuvo que servir como cebo para desenmascarar al monstruo, o estamos apenas ante el inicio de una era de caos donde ya no existen reglas para nadie?
"Este artículo forma parte de una trilogía de análisis de Edgardo Mijares sobre los eventos de enero 2026. Puede leer las entregas anteriores aquí: Imperialismo en Agonía: El Bombardeo como confesión (crónica de la desesperación y la resistencia) - Por: Edgardo Mijares Valecillos - La Paz de los Traidores: Crónica de una Entrega Anunciada - Por: Edgardo Mijares Valecillos