Si uno se sienta en la plaza del barrio, con un cafecito en la mano, y escucha la conversación de la gente, siempre sale la misma pregunta:
“¿Y ahora qué quiere Trump? ¿Por qué anda lanzando advertencias a Panamá, a Venezuela, a Nicaragua… hasta hablando de Groenlandia?”
La cosa, vista desde América Latina, no parece un simple arrebato. No es improvisación ni berrinche. Es reacción. EEUU siente que el piso se le está moviendo. Durante décadas fue el jefe indiscutido del barrio, pero hoy ve que China avanza firme, no solo en Asia o África, sino también en lo que históricamente consideró su “patio trasero”.
Eso, en el fondo, es una versión moderna de la vieja Doctrina Monroe, América Latina como zona bajo la sombra de Washington. Desde el siglo XIX, Estados Unidos dejó claro que esta región era parte de su esfera estratégica. Hubo intervenciones militares, apoyo a dictaduras, bloqueos y sanciones cuando algún gobierno no se alineaba.
Como escribió Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, “Nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros”. Y esa frase todavía duele porque la región sigue vendiendo materias primas y dependiendo de financiamiento externo.
Ahí es donde entra China en escena. Hoy el tablero mundial ya no es el mismo. China se convirtió en socio comercial clave de varios países sudamericanos.
Compra soya a Brasil, cobre a Perú, petróleo a Venezuela, litio en la región andina. Invierte en puertos, energía, telecomunicaciones e infraestructura. Y además mantiene una enorme ganancia comercial en su intercambio con EEUU, algo que siempre genera tensión en Washington.
Pero ojo, China no es una ONG. Es una potencia con intereses claros, asegurar materias primas, ampliar mercados y ganar influencia tecnológica y financiera.
-
En Venezuela fue socio financiero fuerte, con préstamos respaldados en petróleo.
-
En Brasil y Perú hay empresas chinas metidas en minería y en puertos estratégicos del Pacífico.
-
En Panamá, cuando se fortalecieron las relaciones con Pekín, en Washington se encendieron las alarmas por el peso geoestratégico del Canal y su influencia y manejo económico.
-
En el caso específico del mismo EEUU, desde que China entró a la Organización Mundial del Comercio en 2001, empezó a venderle muchísimo a Estados Unidos.
-
China exporta (vende) más productos a EEUU que los que compra. Veamos algunos ejemplos: celulares y electrónicos (como los iPhone, que se fabrican en China, aunque sean de Apple), ropa, zapatos y textiles, juguetes, electrodomésticos, paneles solares.
-
Durante años, EEUU ha tenido un déficit comercial con China (le compra más de lo que le vende). Eso significa que más dinero sale de EEUU hacia China por comercio.
-
China no solo vende productos. También usa los dólares que gana para comprar bonos del gobierno estadounidense. Es decir, China le presta dinero al gobierno de EEUU y este le paga intereses. China es uno de los mayores acreedores extranjeros de EEUU.
-
¿Cuánto le debe EEUU a China?, la cifra cambia con el tiempo, pero en años recientes ha estado alrededor de, entre 750 mil millones y 900 mil millones de dólares. En algunos años llegó a deberle más de 1 billón de dólares.
-
China también ha expandido su presencia económica en EEUU mediante:
- Inversiones, como compra de bienes raíces. Compra de empresas tecnológicas o industriales, Inversión en infraestructura y energía.
- Empresas chinas operando en EEUU, como Huawei (aunque ha tenido restricciones), TikTok, empresas automotrices y de baterías.
- ¿Por qué esto genera tensión? Porque EEUU depende de productos chinos baratos, China depende del mercado estadounidense, pero ambos compiten por ser la mayor potencia económica mundial.
- Además, hay temas de tecnología, seguridad y poder político. Por eso hemos visto guerras comerciales, aranceles y tensiones desde el gobierno de Donald Trump, y luego continuaron bajo Joe Biden.
En fin, China le vende mucho a EEUU. Le presta dinero comprando su deuda. Invierte en empresas y propiedades. Compite por liderazgo mundial.
Y EEUU consume productos chinos. Le debe dinero. Pero sigue siendo la economía más grande y con el dólar como moneda dominante.
La diferencia que muchos sienten en la región latinoamericana tiene que ver con el método. China llega con comercio e inversión. EEUU, históricamente, ha mezclado comercio con sanciones, bloqueos y presión militar.
Como dice el sociólogo Atilio Borón: “Estados Unidos no tolera competidores en lo que considera su zona de influencia”.
Y después está el caso de Groenlandia. No está en América Latina, pero el tema no fue un chiste. En 2019, durante la presidencia de Donald Trump, surgió la idea de que EEUU debería “comprar” Groenlandia. Sonó raro, pero tenía lógica estratégica.
Groenlandia tiene tierras raras, uranio y minerales clave para la transición energética y la industria tecnológica. Además, está en el Ártico, donde el deshielo abre nuevas rutas marítimas. Y para completar el cuadro, empresas chinas han mostrado interés en invertir allí. Para Washington, que capital chino gane influencia en un punto tan sensible del Atlántico Norte es línea roja.
El patrón se repite, donde China avanza económicamente en zonas consideradas estratégicas, EEUU reacciona.
¿Y América Latina qué pinta en todo esto? Mucho. Aquí la competencia se traduce en presión diplomática y económica:
– En Venezuela, sanciones severas y control sobre el negocio petrolero.
– En Nicaragua, advertencias constantes.
– En Panamá, cuestionamientos por la relación con China y la seguridad del Canal.
– En Brasil, tensiones comerciales indirectas.
Incluso líderes como Luiz Inácio Lula da Silva hablan de un mundo multipolar, donde la región no dependa únicamente de Washington.
Ahora bien, la gran pregunta es otra: ¿China es aliado del Sur global o simplemente otro centro de poder?
El riesgo es repetir la historia, exportar materias primas e importar productos industrializados, solo que cambiando de socio.
Como advertía José Carlos Mariátegui: “No queremos que el socialismo sea copia ni calco, sino creación heroica”. Hoy podríamos decir lo mismo del desarrollo, no se trata de cambiar de amo, sino de construir soberanía real.
Lo que está en juego no es solo una pelea comercial entre Washington y Pekín. Es una transición hacia un mundo multipolar. EEUU defiende su hegemonía. China expande su influencia. América Latina y el Ártico se vuelven piezas del ajedrez global.
Cuando Trump presiona, no es solo discurso electoral. Es parte de una estrategia más amplia para frenar el avance chino en zonas que considera vitales.
Pero la pregunta más importante no es qué quiere Trump ni qué quiere Pekín. Es qué queremos nosotros.
Porque cuando dos gigantes se enfrentan, la tierra tiembla. Y si uno no está firme, lo pisan. Por eso el desafío no es alinearse ciegamente con uno u otro, sino apostar por:
-
La Integración regional.
-
La Diversificación productiva.
-
La Soberanía tecnológica.
-
El Control democrático de los recursos naturales.
Porque al final, más que geopolítica, lo que está en juego es la dignidad y la capacidad de decidir nuestro propio rumbo.