Venezuela. La orquesta milagrosa

Domingo, 18/01/2026 08:47 PM

Así llaman a la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, integrada por 150 músicos: el menor tiene 14 años; los mayores, 26, incluido su director, Gustavo Dudamel. "Fantástico", "soberbio", "nada igual", "deben volver". La audiencia del concierto número 48 de los Proms —cita obligada de la música clásica en los veranos londinenses— no daba crédito a lo que acababa de presenciar en el Royal Albert Hall.

En cuanto uno se descuida, le acusan de simplificar y de comparar. Como si no nos pasáramos la vida haciendo precisamente eso: simplificando y comparando. Este es mejor que aquel; este otro es demagogo porque es campechano; y el de más allá, muy demócrata porque así lo avalan las urnas. Se llega incluso a considerar demócrata a Bush en los medios, cuando no es más que un cafre al servicio de un sistema inmundo; y autócrata a Chávez porque trata de consolidar una revolución socialista que buena falta hacía a su país, como a casi todos los países sudamericanos, históricamente convertidos en fincas privadas del cafre y de los suyos, de sus Exxon y de sus holdings.

Todo esto viene a cuento de un efecto poco medible, pero real, de los cambios producidos en Venezuela. Un efecto de repercusión mundial que, por moverse en el ámbito estrecho de la música culta, sólo valoran minorías: la Orquesta Simón Bolívar, que ha dejado boquiabierto al exigente público londinense de los Proms. La actuación apoteósica de la orquesta, bajo la batuta de Gustavo Dudamel, de apenas 26 años, es un exponente más de los frutos de la revolución chavista. Pero, como todo aquello que no se mide ni se cuenta según los criterios del capitalismo, sus perseguidores filisteos se niegan a reconocerlo. Ellos sólo valoran las cosas por su precio, no por su valor intrínseco. No lo tiene. La cultura no tiene precio.

Conviene no olvidar que toda revolución socialista persigue un propósito esencial: expandir el acceso a la cultura y ponerla al alcance de todos. Los melómanos somos difíciles de domesticar, porque vivimos una vida interior que nos blinda frente a los engaños y manipulaciones a los que el poder somete a la sociedad. Podremos ser idealistas o vivir en las nubes, pero despreciamos a quienes intentan domesticarnos. La cultura —y muy especialmente la música profunda— hace al ciudadano más independiente. Por eso los dueños virtuales de estas democracias basura la persiguen, fomentando la música superficial y las imitaciones degradadas de la cultura superior, cuando no su simple banalización. Ni siquiera el folclore se salva.

Chávez demuestra que existen razones sobradas para apoyarle por su amplitud de miras. Y estoy convencido de que el público londinense, tras escuchar la Sinfonía nº 10 de Shostakóvich, se llevó a Chávez en el bolsillo. Después, el programa alivió la intensidad de la velada con West Side Story, de Bernstein; Huapango, del mexicano Moncayo; el Danzón nº 2, de Arturo Márquez; y Estancia, del argentino Ginastera.

Ningún amante de la buena música puede desdeñar elogios como estos. "Nunca había presenciado una reacción semejante", aseguraba la publicista de la BBC, organizadora del evento. "He visto respuestas entusiastas, pero nunca a este nivel", escribía David Fanning en The Telegraph. Se dice, además, que Plácido Domingo lloró al escuchar a la Simón Bolívar. Todo indica que Chávez está en todo y que el socialismo sabe honrar los sentimientos más nobles, además de atender a las necesidades colectivas. No como el capitalismo, que sólo aspira a satisfacer los intereses de quienes ya tienen mucho y quieren tener más, con escaso aprecio por la cultura y aún menos por el arte.

Jaime Richart

21 Agosto 2007

Nota de actualización (2026)

Vista con la perspectiva que concede el tiempo, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y el sistema de orquestas venezolano —El Sistema, fundado por José Antonio Abreu— se han consolidado como uno de los proyectos culturales y pedagógicos más influyentes del último medio siglo. Gustavo Dudamel se convirtió después en una de las figuras centrales de la dirección orquestal internacional, al frente de instituciones como la Filarmónica de Los Ángeles, y la experiencia venezolana fue replicada, con mayor o menor fortuna, en numerosos países.

Ello no invalida, sino que refuerza, la tesis central de este texto: que los efectos más profundos de una política cultural no siempre son cuantificables en términos económicos ni inmediatamente traducibles al lenguaje del poder. La evolución posterior de Venezuela, marcada por graves conflictos políticos, sociales y económicos, no borra el hecho de que, durante un periodo decisivo, se produjo una democratización real del acceso a la música y a la formación artística de alto nivel.

La historia no avanza en línea recta. Pero cuando se revisa aquel episodio concreto —la irrupción de una orquesta juvenil latinoamericana en el corazón de la tradición musical europea— sigue siendo difícil negar que allí ocurrió algo excepcional: la demostración palpable de que la cultura, cuando se toma en serio, puede actuar como fuerza emancipadora, incluso en contextos políticos controvertidos en Europa. Es posible que el demente inculto estadounidense que ha sometido recientemente a Venezuela odiase tanto la deriva de una cultura superior en América -la de la nación venezolana- como ambicionaba su petróleo

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