Dedicado a Ludovico Silva, poeta y filósofo nuestroamericano y a Shoshana Zuboff, vigía critica epistémica del capitalismo digital.
Un espacio atemporal. Una biblioteca flotante donde confluyen estantes de libros de distintos siglos. Ventanas que miran, simultáneamente, a Caracas en 1970 y a Cambridge, Massachusetts, en 2019. Dos sillones antiguos frente a frente. Una mesa de centro con un cuaderno y un teléfono inteligente que emite una tenue luz azul.
Este monólogo imaginario tiene el propósito de propiciar un encuentro entre dos pensadores, que desde contextos y épocas distintas, su obra busca develar, desentrañar las formas más sutiles de dominación capitalista. Ludovico Silva, desde una Venezuela que soñaba con la revolución, nos legó una herramienta categorial para entender cómo la ideología se internaliza hasta volverse invisible. Shoshana Zuboff, desde el corazón del imperio tecnológico, nos alerta sobre cómo esa misma dominación se ha vuelto predictiva, algorítmica y global. Ambos, cada uno a su manera, nos recuerdan que la libertad no es un dato, sino una conquista cotidiana de emancipación de la lucidez.
Ludovico Silva, venezolano, filósofo y poeta, atuendo de los años 70, bohemio, con un ejemplar de La plusvalía ideológica en las manos.
Shoshana Zuboff, estadounidense, socióloga, vestimenta contemporánea sobria, sostiene una tableta donde se lee The Age of Surveillance Capitalism.
Ludovico: usted es Shoshana Zuboff. La he leído. O más bien, he leído lo que de usted dicen. Dicen que habla de un capitalismo de vigilancia. Que los datos son el nuevo petróleo. Que las grandes tecnológicas nos expropian la experiencia. Ese artefacto... señala el teléfono ¿eso es la fábrica ahora? ¿Esa pequeña caja luminosa?
Shoshana: en esencia, sí. Pero no es solo la caja. Es todo el entramado los sensores, los algoritmos, los centros de datos que procesan cada clic, cada pausa, cada emoción que reflejamos en las pantallas. Es una arquitectura global diseñada para convertir la vida en datos, es lo que ahora se llama la dataficación.
Ludovico: ¡Caramba! Yo en los años 70 hablaba de la industria cultural, la televisión, la radio, la prensa. Decía que allí, en esos talleres de producción espiritual, se extraía una plusvalía ideológica, un excedente de conciencia que el capitalismo acumulaba para perpetuarse. Usted ha ido más lejos. Ya no es solo la conciencia, es la conducta total. Es el cuerpo, el movimiento, la pulsión.
Shoshana: No crea que he ido más lejos, he llegado a un lugar distinto porque el capitalismo mismo se transformó. Usted escribía en 1970, en plena Guerra Fría, bajo el influjo de la revolución cubana, de Marcuse, de la Escuela de Frankfurt. Su preocupación era cómo el sistema lograba que los dominados aceptaran su dominación sin necesidad de bayonetas. Cómo la ideología se volvía falsa conciencia y se alojaba en el preconsciente de los sujetos.
Ludovico: exacto, me apoyé en Freud, ¿sabe? En esa noción del preconsciente. Ese lugar de la psique donde se acumulan restos de memoria, percepciones acústicas y visuales, sin que el sujeto se dé cuenta. Y el capitalismo, a través de sus medios, inyectaba allí su veneno: mensajes ocultos disfrazados de entretenimiento, de noticias, de cultura. El resultado: un hombre esclavizado a las mercancías, creyéndose libre, feliz incluso, mientras su energía mental era expropiada para engrosar el capital ideológico que protegía al capital material. Eso es la plusvalía ideológica: el excedente de energía psíquica que el sistema le roba al sujeto para convertirlo en un repetidor de sus valores, en un engranaje dócil.
Shoshana: Y yo vengo a decirle que ese robo se ha perfeccionado. Que ya no se trata solo de inyectar mensajes en su preconsciente, sino de predecir su comportamiento para, luego, modificarlo. Usted hablaba de la industria cultural como un taller de producción espiritual. Yo hablo de las plataformas digitales como fábricas de modificación del comportamiento.
Ludovico: explíqueme eso. ¿Cómo modifican? ¿Acaso tienen un diván para cada uno de nosotros?
Shoshana: peor que eso. Tienen algo que usted no podía imaginar en 1970: inteligencia artificial y big data. Mire ese teléfono. Cada vez que lo usa, deja un rastro. Lo que busca, lo que le gusta, lo que le indigna, con quién habla, a dónde va, cuánto tiempo mira una foto. Ese rastro no es un simple dato. Es lo que yo llamo excedente conductual, es la materia prima.
Ludovico: ¿Materia prima para qué? ¿Para hacer mejores teléfonos?
Shoshana: no, para hacer productos predictivos. Las empresas como Google o Facebook no venden teléfonos ni servicios. Venden certidumbre sobre su comportamiento futuro. Le venden a los anunciantes la garantía de que usted, en determinadas condiciones, hará clic en tal o cual anuncio, comprará tal producto, votará por tal candidato, se indignará con tal noticia.
Ludovico: ¡Dios mío! Eso es más profundo que la ideología. La ideología buscaba que usted piense como el sistema quiere. ¡Esto busca que usted actúe como el sistema necesita, incluso antes de que usted sepa que va a actuar!
Shoshana: exacto, por eso hablo de un poder instrumentario. No es el poder que le prohíbe, que le reprime, que lo amenaza con la cárcel. Es un poder más sutil, más eficaz, moldea su entorno informativo, le muestra ciertas cosas y le oculta otras, le da recompensas, un me gusta o castigos, invisibilidad, censura algorítmica, para ir guiando su conducta hacia donde el mercado lo necesita.
Usted habló de la esclavitud inconsciente al sistema. Yo hablo de la pérdida de autonomía. Ya no somos clientes. Somos los objetos de una operación de extracción de materia prima a la que resulta cada vez más difícil escapar. El capitalismo industrial se alimentaba de la naturaleza. El capitalismo de vigilancia se alimenta de la naturaleza humana.
Ludovico: Es... es la realización de mis peores temores, pero llevada a un nivel que ni Marcuse imaginó. Yo veía la homogeneización, la industria cultural producía un hombre medio con respuestas prefabricadas, todos consumiendo lo mismo, pensando parecido. Usted me habla de lo contrario, de la hiperpersonalización.
Shoshana: sí, es la paradoja, para controlar mejor, le dan a cada quien su propio mundo. Su propia burbuja de filtros. Usted cree que está ejerciendo su libertad porque el algoritmo le muestra justo lo que le gusta. Pero en realidad, lo que hace es encerrarlo en una cárcel a su medida. Una cárcel donde los barrotes están hechos de sus propias preferencias.
Ludovico: mientras tanto, el capital se acumula. Ya no solo plusvalía material del trabajo obrero, no solo plusvalía ideológica de la conciencia. Sino plusvalía del comportamiento de la vida entera, del futuro. Porque usted dijo algo que me impresiona, dice que estos productos predictivos son mercados de futuros conductuales. Se comercia con lo que aún no ha ocurrido.
Shoshana: así es, se apropian de su vida futura. De la certeza sobre lo que usted hará. Esa es la mercancía última.
Ludovico: yo creía que la batalla era cultural. Que había que formar mentes lúcidamente entrenadas, como escribí, para desenmascarar la ideología. Para romper la falsa conciencia. Pero usted... usted me dice que ya no se trata solo de conciencia. Que la batalla es contra máquinas que nos conocen mejor que nosotros mismos.
Shoshana: no lo digo yo sola, lo dice la realidad, fíjese, Ludovico, en algo crucial, sin su categoría, sin la plusvalía ideológica, no se entiende del todo la mía. Usted fue el primero en ver que el capitalismo no solo explota el trabajo, sino la energía mental. Usted entendió que la dominación moderna opera en las sombras de la psique, en ese preconsciente donde se acumulan los mensajes sin que los filtremos.
Ludovico ¿Y usted qué hizo? ¿Ponerle algoritmos a ese preconsciente?
Shoshana: algo así, lo que usted describió como un proceso interno, psíquico, yo lo veo ahora externalizado en una infraestructura global, su preconsciente era un espacio psicológico singular, socialmente moldeado, pero alojado en cada persona. Mi algoritmo, es una máquina externa que procesa millones de preconscientes a la vez, los compara, los predice y los modifica sin pasar por la conciencia de nadie.
Ludovico: hay algo que me inquieta profundamente de todo esto, Shoshana. Y no es solo la técnica, ¿Y la libertad? Yo escribí que el hombre del capitalismo vivía en una libertad ilusoria. Creía elegir, pero elegía entre opciones ya prefabricadas. Usted... usted va más allá. Usted dice que ya ni siquiera elegimos, sino que nos empujan suavemente a elegir lo que otros quieren.
Shoshana: es el empujoncito, pero, no es un empujón brusco. Es un entorno diseñado para que ciertas opciones sean más fáciles, más atractivas, más naturales.
Ludovico: Me recuerda a lo que dije sobre la esclavitud inconsciente. Pero en mi época, el esclavo al menos sabía que trabajaba. Usted me dice que ahora trabajamos sin saberlo. Que cada interacción con esa caja luminosa es trabajo gratuito: trabajo de generar datos, de alimentar la máquina predictiva.
Shoshana: trabajo gratuito, además afectivo. Porque no solo damos datos fríos. Damos nuestras emociones, nuestras discusiones, nuestros amores, nuestras depresiones. Todo es capturado por el algoritmo. La salud mental se degrada porque la economía de la atención se alimenta de la ansiedad y la polarización. Usted habló de la industria cultural como productora de plusvalía ideológica. Yo hablo de las redes sociales como productoras de plusvalía emocional.
Ludovico: plusvalía emocional... qué término. Y todo esto, ¿tiene algún límite? ¿Alguna resistencia?
Shoshana: La ley va detrás, siempre lenta. En Europa hay normas de protección de datos. En algunos lugares se intenta regular. Pero la velocidad del algoritmo supera la capacidad del legislador. Y además, hay algo más grave: nos hemos habituado. Racionalizamos, decimos no tengo nada que ocultar. O simplemente nos entregamos porque es más cómodo. Usted lo dijo, el capitalismo ideológico lograba que el esclavo amara sus cadenas. Yo digo que el capitalismo de vigilancia logra que el esclavo diseñe sus propias cadenas y las decore con filtros de Instagram.
Ludovico: Shoshana, ¿usted cree que hay esperanza? Porque yo, a pesar de todo, creía en una revolución espiritual permanente. Creía que la lucidez, el entrenamiento de la mente, podía romper la falsa conciencia. ¿Usted qué cree? ¿Se puede ser lúcido frente a un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos?
Shoshana: esa es la pregunta que me hago cada día. Yo no tengo una respuesta fácil, sé una cosa, el primer paso es nombrar lo que ocurre. Por eso escribí mi libro. Por eso usted escribió el suyo. Nombrar la plusvalía ideológica, nombrar la plusvalía de la conducta y la plusvalía emocional, es ya un acto de resistencia. Es quitarle el disfraz de neutralidad tecnológica o de mejora de la experiencia. Es mostrar el vampiro.
Ludovico: el vampiro, Marx lo usó para el capital que se alimenta del trabajo. Yo lo usé para la ideología que se alimenta de la conciencia. Usted lo usa para los datos que se alimentan de la vida. Siempre el mismo vampiro, con distintos disfraces.
Shoshana: pero ahora, Ludovico, el vampiro no solo chupa sangre. Chupa futuro. Chupa la posibilidad misma de decidir. Y eso es más aterrador.
Ludovico: entonces, colega, tenemos trabajo. Usted desde su Harvard, yo desde mi Caracas imaginaria. Usted con sus datos, yo con mis poemas. Pero el mismo enemigo: ese capital que no se contenta con explotar cuerpos, que ahora quiere poseer almas y, sobre todo, espiritualidad y comportamientos, que uno mismo no decide, ni piensa.
Shoshana: me gusta eso: "poseer comportamientos, espiritualidades". Lo anotaré.
Ludovico: anótelo, pero no se olvide de citar a este viejo marxista tropical. Porque si algo he aprendido hoy, es que la lucha sigue siendo la misma, aunque las armas hayan cambiado. Usted tiene algoritmos. Yo tengo la certeza de que, como dije hace tantos años, la plusvalía ideológica es un excedente de energía psíquica del cual se apropia el capitalismo para su propia reproducción. Usted lo ha actualizado: ahora es un excedente de vida.
Shoshana: ¿Me permite? Quiero dejar esto escrito: "Diálogo con Ludovico Silva. Viernes 27 de febrero de 2026, en Caracas, capital de Venezuela.
Reflexiones finales
El capitalismo de vigilancia es la fase superior de la explotación ideológica. Lo que Ludovico Silva vio en la conciencia, Shoshana Zuboff lo ve en la conducta. Lo que él llamó industria cultural, ella lo llama infraestructura de modificación del comportamiento. Pero el horror es el mismo: un sistema que necesita colonizar la interioridad humana para sobrevivir.
¿Y que encontrará?, resistencia. Porque mientras haya un ser humano que pregunte, que dude, que se niegue a ser un dato, habrá posibilidad. La lucidez, no hay que subestimarla. Puede que los algoritmos nos conozcan, pero no nos entienden. Y esa diferencia...mejor dicho, ese ser distinto, es nuestro territorio de libertad.