Hacia un comunismo soberano y productivista: Lecciones críticas del modelo soviético y propuestas para una España futura

Lunes, 19/01/2026 08:26 AM

La caída de la Unión Soviética y el colapso del bloque socialista en Europa del Este se erigieron, para el imaginario político occidental, como la prueba definitiva del fracaso histórico del comunismo. Esta narrativa, sin embargo, confunde un modelo concreto—y fallido—con la totalidad de la idea comunista. Sostener que el comunismo está condenado a repetir los errores del régimen soviético es un reduccionismo ahistórico. Es posible, y necesario, construir una propuesta comunista contemporánea que, aprendiendo de los desaciertos del pasado—su burocratización, su autoritarismo político homogenizante y su aislamiento cultural—, retenga y reformule algunos de sus aciertos estructurales en un contexto nacional soberano. Para el caso de España, esto implicaría una síntesis que priorice la soberanía nacional, la planificación económica productivista y la cohesión cultural, alejándose tanto del sovietismo como del globalismo liberal.

En primer lugar, del modelo soviético es imperativo retener la centralidad de un Estado soberano y fuerte, con un ejército independiente de alianzas atlantistas. La experiencia histórica demuestra que ningún proyecto social alternativo puede sobrevivir bajo la constante injerencia o amenaza externa. Para una España futura, esto significaría la salida de la OTAN, la expulsión de las bases militares extranjeras (especialmente las estadounidenses) y la construcción de una capacidad defensiva autónoma. Esta fuerza no estaría orientada a la expansión ideológica, sino a la protección de la integridad nacional frente a amenazas multifacéticas: desde las presiones geopolíticas globales de Estados Unidos hasta alianzas regionales hostiles (como la entente Marruecos-Israel) o formas de guerra híbrida, incluidos los flujos migratorios descontrolados que pueden minar la cohesión social y los servicios públicos.

El segundo pilar irrenunciable es la planificación económica estratégica. El error soviético no fue planificar, sino hacerlo de forma rígida, ignorando la innovación y las necesidades del consumidor. La lección positiva es la capacidad del Estado para movilizar recursos hacia objetivos nacionales. España requeriría un Nuevo Instituto Nacional de Industria, potenciado con capital público, que relance un tejido productivo orientado a la autosuficiencia estratégica, el pleno empleo y la cultura del trabajo productivo. Se superaría así la economía especulativa, financiarizada y de servicios precarios, recuperando la soberanía industrial y energética. Este productivismo ecológicamente consciente se complementaría con un ambicioso plan de repoblación rural y regeneración ambiental. Frente a la España vaciada, se promoverían políticas natalistas y se crearían cooperativas y empresas estatales agroalimentarias. A los inmigrantes en situación irregular se les ofrecería, como alternativa a la expulsión, la integración a través del trabajo en estos proyectos de repoblación, reforestación masiva y una nueva política hidráulica que revierta la desertificación.

El modelo territorial debe superar tanto el centralismo asfixiante como los nacionalismos privilegiados. La fórmula idónea sería una República Federal igualitaria, donde queden abolidos por ley los regímenes forales discriminatorios (Concierto Económico vasco, régimen fiscal de Navarra) y se prohíba cualquier privilegio histórico de territorios como Cataluña. La autonomía existiría, pero bajo un estricto principio de solidaridad interterritorial y rendición de cuentas, acabando con el parasitismo de élites regionales que han usado sus competencias para fomentar el separatismo y la desigualdad.

En el ámbito socio-cultural, se garantizaría la libertad de cultos privada, pero se prohibiría de manera expresa el proselitismo público y la influencia cultural de religiones alógenas cuyos valores sean incompatibles con los fundamentos históricos de España, como el islamismo político o el judaísmo sionista. La tradición católica, como sustrato cultural e histórico esencial, sería reconocida en la Constitución, pero separada definitivamente del Estado: la Iglesia vería desaparecer la enseñanza religiosa confesional de las escuelas públicas, al igual que cualquier enseñanza coránica. Paralelamente, se combatirían las ideologías pseudocientíficas importadas (la ideología de género, el wokeismo), que fracturan a la clase trabajadora en identidades enfrentadas, debilitando la conciencia de clase y la unidad nacional. La nueva España se definiría como una República de los Trabajadores, donde el principio "quien no trabaje, que no coma" (de inspiración paulina y soviética) enfatice la dignidad de la contribución productiva al bien común.

Finalmente, la relación con Europa debe ser renegociada desde una posición de fuerza soberana. Si la Unión Europea sigue siendo un corsé neoliberal e imperial que impide la planificación económica, el proteccionismo estratégico y la soberanía política, la salida (el "Spexit") sería no solo posible, sino necesaria. El objetivo sería establecer relaciones comerciales mutuamente beneficiosas, nunca de subordinación.

En conclusión, el comunismo del siglo XXI no puede ser una réplica dogmática del sovietismo. Debe ser un proyecto soberanista, productivista, natalista y culturalmente cohesionador. Retiene del experimento soviético el énfasis en el Estado planificador y soberano, pero rechaza su totalitarismo político, su burocracia inhumana y su negación de las realidades nacionales. Para España, este camino implicaría una ruptura con el orden liberal-globalista y la construcción de una comunidad política fuerte, económicamente autosuficiente, socialmente justa y culturalmente arraigada, demostrando que un futuro comunista puede—y debe—ser radicalmente distinto a un pasado que, más que un modelo, es una advertencia llena de lecciones por asimilar y errores por no repetir.

Nota leída aproximadamente 218 veces.

Las noticias más leídas: