Los nuevos anticapitalistas

Miércoles, 21/01/2026 06:01 AM

Desde que tomó el poder, la sinarquía del dinero, como cualquier ventajista, ha venido jugando en el terreno político a dos bandas, por lo que puede decirse que nunca pierde. Este debiera ser un principio a considerar, porque el dinero es lo que realmente manda a uno y otro lado. Por lo que, al margen de las ideologías de cual signo, para no quedarse en lo aparente, es conveniente descender al terreno real, donde pueden perder brillo al toparse con algo tan evidente como la necesidad de fondos para tratar de realizarlas. Por otra parte, no puede perderse de vista a la elite que dirige esos movimientos, puesto que los intereses de naturaleza económica muy pocas veces se apartan de la tendencia a que el personalismo trate de situarse sobre la ideología que oficialmente patrocina y la utilice en su propio interés.

Hay que tener en cuenta que lo del anticapitalismo de antaño actualmente se ha ido desgastando, pasando a ser solamente una etiqueta política más para tratar de captar votos inconformistas en el contexto general con la intención de llevarlos al terreno de las utopías de bajo coste, para ser debidamente explotadas por algún grupo de asociados con determinados intereses comerciales, también llamado partido. La ideología en cuestión se refugia en el eslogan anticapitalista, algo difícil de sostenerse porque la sociedad del consumismo no entiende otra forma de vida que el sometimiento a la ley del dinero y a los mandatos del mercado capitalista, y no se observan perspectivas de cambiar el patrón de la existencia colectiva. Visto lo del habitual juego a dos bandas, las proclamas del anticapitalismo es frecuente que estén destinadas a ser esa otra estrategia financiada por el propio capitalismo moderno para alimentar cambios sociales controlados. Se trataría de llegar al cambio sobre la base del modelo gatopardista de cambiar para que nada cambie. En todo caso, no hay riesgos porque como todo está bajo control, cualquier intento de disidencia de la línea global es inofensivo, incluso al propio capitalismo le es dado llegar a criticarse a sí mismo, porque en la práctica solo son palabras, que incluso pueden servir de llamamiento a la mesura o a un proceso de catarsis, pero sin cambiar lo sustancial.

A la vista de tales conjeturas, dedicarse políticamente, como sucede con algunos personajes que se sitúan en la parte superior de la escala de mando en un país, a criticar las maldades apadrinadas por los dueños del dinero carece de valor alguno si no siguen acciones efectivas que lo ratifiquen, y eso no sucede en la práctica. Se trata de hacer política barata, es decir, hablar y hacer alguna pirueta para deslumbrar al respetable, pero moviéndose dentro de lo previsible bajo el patrocinio capitalista y, con la mayor discreción, obtener los correspondientes beneficios económicos personales. Lo significativo de este anticapitalismo de pega, resultado de la secular política del juego a dos bandas que practica el patrón capitalista, es promover la pluralidad sujeta a un mando único, sin que quien realmente manda aparezca en escena para dar mayor verosimilitud a esa pluralidad. Valga un pequeño detalle. Los que se ofertan al mercadillo político como anticapitalistas, si realmente lo fueran, llama la atención que, en un mundo capitalista sin ambages regido por la sinarquía del dinero, tales elementos discordantes lleguen a alcanzar poder de mando en los países capitalistas sin permiso del capitalismo y, todavía más que no fueran defenestrados de inmediato de sus cargos cuando discrepan abiertamente del sistema. Sin embargo, ahí siguen, aunque podría entenderse, pese a ser una ingenuidad, que les sostiene la democracia del voto y la paradoja tiene explicación. Probablemente se trate de una jugada maestra que consiste en presentarlos como contestatarios, cuando se trata de peones del capitalismo camuflados que se disfrazan de anticapitalistas, por lo que resulta comprensible mantenerlos en el cargo. Incluso el asunto puede extenderse más allá, si resulta que el anticapitalismo ha sido pervertido por los que se camuflan como anticapitalistas y solo son oportunistas amantes del dinero, del poder y de la buena vida que postula el capitalismo.

Si se desciende a nivel de lo personal, las cosas se aclaran. Resulta que algunos políticos con poder de mando, voceros del anticapitalismo, predican sobre sus maldades, con el claro propósito de acoger el mayor número de seguidores y así explotar los beneficios políticos de la etiqueta anticapitalista, mientras, a escondidas, muestran sumisión al sistema acumulando capital particular aprovechando el cargo —de ellos hay ejemplos circulando en el terreno mediático—. Levantado el velo de la apariencia, es decir, lo que se esconde detrás de la oratoria, se descubre que el anticapitalista de rótulo tiene poco de idealista y mucho de realista, para ello basta con mirar, acudiendo a lo que ilumina la linterna mediática, sus saneadas cuentas bancarias en los conocidos paraísos fiscales como colchón económico, acaso, para cuando vengan mal dadas.

Pese a este panorama, probablemente quede espacio para la esperanza. Aunque pueda ser interpretada como una utopía más, del tipo de este anticapitalismo de titulares patrocinado por el propio capitalismo. No obstante, el anticapitalismo auténtico está claro que conserva el vigor de siempre en buena parte de la sociedad, al margen de la propaganda manipuladora, y sigue aspirando a un cambio real hacia un mundo más justo e igualitario, liberado del peso del dinero corruptor.

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