La escatología de estos tiempos

Miércoles, 18/02/2026 12:25 PM

Vistas las condiciones en que se desenvuelve la actualidad, el lenguaje más adecuado ya no pertenece a la grandilocuencia sino a la escatología. Ignominia, abyección, infamia, oprobio, genocidio, tribulación: he ahí el léxico que mejor describe el clima moral de la época. Palabras propias del imaginario milenarista que dejan de ser metáfora para convertirse en descripción.

En los países de tradición judeocristiana —tradición cada vez más vilipendiada o trivializada— los patrones clásicos del pensamiento y de la conducta pública han perdido eficacia. Casi carecen de sentido o sólo sirven para uno mismo. Sirven poco para entender y menos aún para comunicarse. Todo intento de razonar con la expectativa de ser comprendido choca con una realidad impermeable a la argumentación.

La moral judeocristiana, así como la ética laica nacida de su mixtura con la filosofía grecolatina, han perdido la fuerza de obligar que permitía confiar en la reparación del ilícito. La justicia —doméstica o internacional— ya no se percibe como horizonte moral, sólo como técnica. Occidente parece funcionar apenas con el mínimo del mínimo ético: el código penal como último dique que contiene a la descomposición de la sociedad.

La incoherencia entre lo que se predica y lo que se practica se ha normalizado. Se invoca el derecho mientras se prepara su vulneración, acabando en estrategia del engaño. Se proclaman valores universales que han perdido toda la fuerza que pudieron tener. Esa fractura entre discurso y conducta es uno de los signos más elocuentes del presente. Gobernantes y opositores, desde posiciones distintas, comparten la misma forma de aturdimiento.

Las leyes internacionales, los tratados y los acuerdos continúan como arquitectura, pero con frecuencia son más escenografía que límites reales. La historia muestra que demasiadas veces han servido como fórmulas provisionales destinadas a ser incumplidas.

Pueblos enteros quedan así sometidos a decisiones que ni siquiera controlan. Un país, Cuba, cuya economía giró durante décadas en torno al azúcar y al tabaco, ha terminado sosteniéndose sólo gracias al turismo y dependiendo durante años del suministro energético venezolano. La población cubana se encuentra así en estado de sitio, expuesta al genocidio por decisión de un dirigente pervertido. Esa decisión, que asfixia económicamente a otra nación, convierte a la civilización occidental en retórica pura.

La amenaza de intervención armada, la pretensión de alterar por la fuerza el orden político de un Estado soberano o decidir el destino de su dirigencia remiten más a lógicas de poder premodernas que a la civilización jurídica que Occidente dice encarnar.

Si algo caracteriza a estos tiempos es la sensación de que el orden internacional ya no se rige por principios éticos y de razonable humanismo, sino por impulsos de desequilibrados; no por el derecho sino por la fuerza bruta. Un solo individuo, como en la antigüedad un caudillo miles, puede decidir hoy la suerte de miles de millones de seres humanos.

Heráclito enseñaba que el conflicto es padre de todas las cosas, pero también que existe una armonía invisible superior a la visible. Así es que lo inquietante de nuestra época escatológica no es el conflicto —que es eterno— sino más que la sospecha la evidencia de que ha dejado de valorar el logos que debería gobernarla. Cuando la fuerza suplanta a la razón y el poder armado sustituye al derecho, la civilización regresa a la brutalidad y el fluir de Heráclito conduce a un final infausto: su decadencia.

Su principio filosófico es: "todo fluye"; nada permanece. Pero el pensador de Éfeso no celebraba el caos: advertía que el devenir está regido por un logos, una ley profunda que ordena el conflicto. Y cuando el conflicto deja de someterse a ese logos y queda como puro impulso de fuerza, ya no estamos ante el fluir necesario del mundo, sino ante un paso más hacia su degradación.

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